¿Yo te pego?

 Por: Nestor R. Taype

Entonces José, un cincuentón en aquel entonces dijo recordar su experiencia en Lima cuando estudiaba la primaria y pasó momentos difíciles con un “matoncito” que estaba convirtiendo sus días en una pesadilla. De pronto sin proponérselo había comenzado a contar su historia frente a nosotros, un auditorio improvisado, pero al parecer muy interesado que le prestaba la más absoluta atención.
“Sonó el timbre del recreo y fui al kiosco de la escuela a comprar algo para mitigar el hambre.
No podía evitar que los nervios asomaran inmediatamente después de tener en mis manos lo que pretendía ser mi refrigerio, sabía que salir al patio del colegio la pesadilla comenzaría en cualquier momento. Entonces caminé muy despacio rumbo al pequeño jardín ubicado cerca de la biblioteca cuyo cerco de ladrillos nos servía de asiento. Nunca pretendí esconderme simplemente esperaba resignado a la humillación y matonería de aquel alumno que hacía gala de fuerza y poderío contra mí. Habían pasado algunos minutos del recreo cuando alguien posó su mano sobre mi hombro y me dio un jalón para que volteara.
– Hey chibolo ¿Yo te pego?
Me quedé callado, de pronto se puso frente a mí dándome un empujón sobre mi pecho
repitiéndome la misma pregunta. Yo quedé nuevamente en silencio provocando que mi agresor me tomara el cuello y me llevara contra la pared esperando mi respuesta. Sin mayores recursos para defenderme le respondí lo que él esperaba.
-Sí, tú me pegas.
Luego de soltarme se echó a reír con su compañero diciendo que últimamente me estaba
poniendo difícil. Antes de retirarse me pidió que le “invitara” el pan con jamón al que apenas le había pegado un mordisco, luego de tomarlo se fue riendo a carcajadas. Cursaba el cuarto año de primaria y con mis diez años a cuestas sabía que esto era un drama que se tornaba insoportable. En casa ya comenzaban a hacerme preguntas por mi brusco cambio de actitud y las prolongadas encerronas en mi cuarto; el bajo rendimiento en las clases también comenzaba a hacerse evidente. Solo, postrado en mí cama pensaba como demonios iba hacer para salir de aquella pesadilla que a mi edad estaba resultando traumática.
 Como todo niño difícilmente contamos nuestras cosas por muchas razones, vergüenza, temor, inseguridad o todas estas cosas juntas que terminan por atarnos. Un día las cosas empeoraron pues el matoncito por divertirse conmigo me rodeo con un grupo de sus amigos durante el recreo, y comenzó a dárselas de boxeador haciendo amagues sobre mi rostro hasta que uno de ellos me impactó en el pómulo dejándome una pequeña hinchazón. Cuando llegué a casa mi madre me encontró llorando, entonces preguntó si había peleado 
 y le dije que sí, cuando quiso saber quién ganó le respondí que no sabía porque nos separaron muy rápido. Para mi sorpresa me dijo que si un día yo llegaba después de una pelea y le decía que había perdido, ella me daría una golpiza encima.
Pasé una semana muy tranquila sin el acoso del matoncito quien había sido suspendido 
de la escuela luego de agarrarse a golpes con un alumno en plena clase, su ausencia me permitió disfrutar en algo mis abrumados recreos. Un domingo mientras caminaba a mi cuarto después de darle las buenas noches a mi madre pensaba como haría para encarar la situación al día siguiente, sabía que él regresaría y lo tendría nuevamente frente a mí burlándose otra vez; no supe la respuesta, pero tenía fe que esa sería la última vez. El timbre sonó y me hizo saltar de mi asiento como nunca, guardé mis cosas tan lentamente como pude y salí contando los pasos, hoy no compraría nada. Uno de mis compañeros de clase me dijo que tenía unas revistas del Hombre Araña para leerlos en el jardín de la biblioteca. Parecía que no ocurriría nada y estábamos los dos cómodamente sentados cuando de pronto apareció el maldito. Era chato, tenía como trece años, estaba en quinto año y tenía la misma talla que la mía. No levanté la vista, sino que miré sus viejos y despintados zapatos negros amarrados con unos pasadores deshilachados que a duras penas sobrevivían.
De un golpe con su mano me hizo volar la revista, se inclinó y acercó su rostro frente al mío haciendo la acostumbrada pregunta de rigor - Hey chibolo ¿Yo te pego? No le respondí y sin mediar ninguna otra advertencia más sentí un brusco empujón, mientras que mi espalda se iba inclinando comencé a levantar la vista y vi su uniforme color caqui, una vieja correa sostenía su pantalón, pude apreciar su corbata que era similar a una pita sucia ajustándole el cuello de la vieja camisa y finalmente observar esa sonrisa burlona, esa mueca en el labio derecho que tanto odiaba. Caí de espaldas como un viejo costal, pero la humedad del jardín hizo que amortiguara el golpe pues pudo haber sido peor. Me senté inmediatamente y me di cuenta de que algo extraño ocurría, mi vista no veía al resto, solo a él, al maldito “chato”, a los demás los ocultaba una suerte de neblina. En esos segundos pensé en mi viejita, qué mierda le inventaría ahora que estaba enterrado de barro hasta la cabeza, de seguro no me creería y vendría hasta el colegio para averiguarlo. Me puse de pie mientras que él se reía frente a mí, entonces me dije, lo menos que se puede imaginar este enano es que me defienda. Salí del jardín, saltando el muro para tomar viada y de allí me lancé hacia él cayendo ambos pesadamente.
Antes que pudiera levantarse rápidamente me monté sobre su pecho, ahora estaba su rostro
frente a mi muy cerca de mis manos y sin pensarlo más comencé a golpear y golpear con todas mis fuerzas, en un momento sentía que mis puños se resbalaban sobre su cara, pero igual seguía dando golpes, pegando, sacándome de encima seguramente mis temores, mis miedos, mi honda timidez. De pronto me sentí en el aire, en vilo y no escuchaba ruidos solo oía los latidos de mi corazón, uno de los brigadieres me tenía en sus brazos mientras me pedía que me tranquilizara, me dijo – suave chibolo ya lo cagaste al “chato” de mierda. 
Me hizo sentar en el muro del jardín, sentí mis manos húmedas, manchadas de sangre, allí sentí como el despertar de un sueño y el griterío de los alumnos explotó en mis oídos. A él se lo llevaron sus amigos, los míos me dijeron que lo había molido a golpes y se había ido sangrando profusamente de la nariz. Igual terminé en la Dirección de la escuela, pero el testimonio del brigadier valió mucho para que la suspensión se evitara; habían llamado a mi madre que al verme no pudo ocultar una maliciosa sonrisa de aprobación, se lo habían contado todo”
Cuando terminó de contar la historia lo aplaudimos entusiastamente. De pronto apareció el
supervisor diciendo que nos habíamos tomado diez minutos más de la media hora del refrigerio. Entre bromas regresamos apurados a nuestra rutina de siempre.

Chancadito.

¡Jimmy, Jimmy the sweeper section number two, apúrate puñeta! Gritaba Rudy por el altavoz
que se escuchaba por todo el grandísimo warehouse.
Jimmy, que era su nombre real se alegraba que lo llamara su supervisor favorito y se reía de la
frase que utilizaba para hacerlo mientras repetía – puñeta, puñeta, puta que pendejo el boricua
-
Lo primero que me dijo cuándo lo conocí fue lo difícil de acostumbrarse a trabajar en el tercer
turno y que hiciera todo lo posible por mantenerme despierto. Comenzar a las nueve de la
noche y terminar a las cinco de la mañana o más no era una tarea fácil.
Durante ese tiempo las pase negras porque me dormía infinidad de veces y hasta soñaba
mientras caminaba, bastaba recostarme contra la pared para que Morfeo se hiciera presente
invitando al profundo e inmisericorde sueño.
Despertaba sobresaltado y asustado entre cajas y paletas dentro de un camión que me había
tocado trabajar preocupado por si había algún supervisor cercano que me pudiera reportar.
Jimmy me dijo entonces que era mejor turnarnos para dormir alguito siquiera una media horita.
Así buscábamos un camión en la puerta de carga más lejana y mientras uno dormía el otro
laboraba cerca para pasar la voz a tiempo y no pase nada que pudiera perjudicar nuestro
trabajo.
Al igual que yo él manejaba el montacargas o fork-lift como también se le conoce y lo hacía muy
bien, ya tenía como seis meses en el puesto y estaba bien considerado en la compañía. Siempre
me repetía que Rudy el boricua supervisor de su sección, era un excelente tipo gran
colaborador aunque bastante exigente.
- Puta hermano a mí me ha ayudado bastante este boricua por eso cuando me pide un favor yo
vuelo, sabes que le encanta la jalea y la parihuela, se muere por esos platos.
Así mientras me contaba lo del boricua íbamos a los Valles Encantados un conocido restaurante
de comida peruana a pedir la famosa parihuela para Rudy.

A las ocho y media de la noche ya estábamos en la esquina de Rodgers con la avenida Harrison
esperando el carro que nos llevaría a G.A.D. Inc. Así se llamaba la compañía donde
trabajábamos. Cuando ya tuve una semana en el puesto recordaba el primer día que Gustavo el
chofer de Abecco, nuestra agencia de empleos, me pasó la voz para este nuevo puesto en la
noche.
Llegué entonces a la esquina de siempre y encontré a Jimmy esperando también la movilidad.
Cuando llegó la camioneta y entramos pude ver a dos personas, uno se llamaba Rafael y el otro
Omar, sí, el mismo que tuvo la bronca con Charlie.
Partió el carro raudo rumbo al trabajo a pasar la primera noche, la prueba de fuego con la
consigna de no quedarse dormido.
Éramos cuatro los que estábamos designados a ese warehouse y además todos hispanos que
sentíamos muchas veces el racismo de parte del personal, especialmente de los
afroamericanos.

Jimmy era algo extraño y definitivamente ya tenía muchos demonios dentro que se
manifestaba en su trato por ratos algo hosco y violento. Conforme iba conociéndolo me di
cuenta que no tenía amigos, digamos gente que pudiera frecuentarlo. Siempre hablaba de su
estadía en California y cualquier tema lo relacionaba con California que allá era chevere, que
allá estaba su novia y siempre repetía que iba a volver para quedarse definitivamente.
Alguna vez me contó de lo difícil que fue su niñez de un padre que lo rechazaba, de las golpizas
que recibía por sus travesuras y sus malas juntas, de los problemas familiares y la marginación
de parte de ellos que lo marcaron convirtiéndolo casi en un resentido social, alguien que solo
buscaba algo de cariño donde sea donde fuera. Me decía que trabajó de todo en Lima, pasando
por ambulante, palanca de microbus y cargador de verduras y papas en la parada. De su suerte
con las mujeres frase que repetía siempre ufanándose de ser un don Juan cosa que parecía
solamente una fantasía que albergaba inocentemente en su cabeza, como una suerte de
aliento personal para su casi ausente amorío con las féminas.
Me fui dando cuenta que era difícil ser su amigo porque él consideraba la amistad casi como
una propiedad. Así, aunque parezca increíble él decía o decidía quienes podrían ser las
amistades de sus amigos.

Jimmy consideraba a Omar su enemigo por lo tanto yo estaba prohibido de hablarle y cuando lohice me gané su eterna bronca.

El warehouse era grande muy frío durante el invierno, los portones estaban siempre abiertos
para la llegada de los camiones. Había que usar botas, jackets gruesos, guantes y en lugar de
gorras era mejor un pasamontaña por que protegía el rostro, sin contar los polos y pantalones
térmicos Para calentarnos un poco íbamos a ayudar a don Pepe que era como nuestro jefe.
Él se encargaba de encender los calentadores que se colocaban en los camiones para que no se
frisen ciertos productos, estos calentadores eran una especie de cocinas delgadas y altas
impulsadas a gas.
Así pasábamos algo cómodos mientras afuera la nieve caía pacientemente derramando su
blancura por calles, techos, puentes y carreteras de esta vieja ciudad no dejando escapar ni el
recodo más escondido de un basement. El viento de cuando en cuando rompía la calma
empujando ahora la suave nevada dentro de los portones, dificultando el trabajo de cargar los
camiones imponiendo sanciones a nuestros cuerpos castigando nuestras manos.
Acabada la tarea de los calentadores regresábamos a manejar el fork-lift, manteniéndonos
siempre en movimiento por que el inmisericorde frío nos llegaba a los huesos nos congelaba
hasta el pensamiento.

Así a veces sentado en algún portón miraba el espectáculo nocturno de puentes y carreteras
que más allá desembocaban en el puerto de Newark, autos y camiones desfilando uno tras otro
interminablemente brillando sus luces como un árbol de navidad. Me preguntaba entonces
como llegué a parar aquí lejos de mi país, como podía haber salido dejando a la familia como
uno de tantos. Me preguntaba entonces que cosa vendría después, como terminaría esta
historia y cuando traería a mi familia. También asomaba el miedo a vivir solo como muchos
inmigrantes viendo crecer a sus hijos a la distancia conviviendo con sus seres queridos a través
del teléfono y el internet. Extrañaba a mis hermanos, a los amigos de toda la vida, a la Lima
querida, húmeda, nublada, sucia, con ambulantes, microbuseros y todo; igual la echaba de
menos igual los recuerdos se juntaban haciéndome un nudo en la garganta.
Encontré una noche a Jimmy trepado en uno de los andamios que se usaban para guardar la
mercadería, estaba allí agazapado con unos binoculares mirando hacia uno de los portones.
Le pregunté qué pasaba y que era lo que miraba, horas después mientras cenábamos me contó
que estuvo chequeando a un pendejo que se escapaba todas las noches. Ese tipo era Omar
apodado “Rambo” y que estaba cansado de sus jodas, decía que era un abusivo y que
finalmente uno de los dos tenía que irse luego haciendo ademanes con sus manos terminó
diciéndome
- Y por supuesto que quien se va, no es precisamente este pechito –
- Ya te he contado que yo me tumbado un montón de cabrones que se creen mucho, que se la
pegan de mandones, especialmente hispanos que son más abusivos que los gringos.
- Llevo cinco años aquí en este país y lo que he aprendido es que no te puedes dejar pisar por
nadie ni de a vainas porque estos pendejos y abusivos joden, joden a su propia gente.
- Suave Jimmy take it easy Jimmy, puta tampoco te creas tanto cabrón.
- Es que tú no sabes nada pues huevón, eres nuevito, te cuento para que no te jodan.
A Jimmy si teníamos que reconocerle que era un excelente trabajador muy disciplinado,
inteligente y perfeccionista; casi un vicioso del trabajo creo que para él ya no era un oficio era
más bien una obsesión.

Era una forma de mantenerse ocupado y que su cabeza no piense no se diera cuenta que la
soledad lo agobiaba, no quería sentir la ausencia de amigos esa falta de amor de parte de su
familia. Deseaba olvidarse de sus propios demonios de sus odios cansado de ser un marginal
deseaba simplemente estar ocupado dormir y luego comenzar otra vez.
Poco a poco iba descubriendo que perdía sus amistades y no podía controlar su genio su
carácter lo traicionaba y terminaba siempre como el escorpión, haciendo daño.
Nunca tuvo buenas relaciones con sus colegas del trabajo salvo con Don Pepe a quien si
respetaba por su edad.

Así una noche comprobó que “Rambo” se escapaba del warehouse por algunas horas en la
madrugada, continuó siguiéndole los pasos logrando que lo sorprendiera el supervisor boricua
Rudy y por lo tanto le echara el ojo hasta que finalmente una noche le comunicaron que estaba
despedido.
Omar que si tenía papeles nunca imaginó que su “lorna” e indocumentado a quien ellos lo
llamaban “chancadito” le hiciera tremenda jugada para botarlo del warehouse, cosa que se
enteraría muchos meses después.
De allí para adelante Jimmy se sintió el rey del warehouse era un pavo real que hacía
ostentación de su poder y además insinuaba que se le tenía que temer.
Un buen día muy temprano coincidimos en la panadería, siempre llena de gente haciendo cola
para el pancito y el cafecito misma casa del jabonero, el que no cae resbala. Casi todos se
conocen, ahí estaba también la famosa señora que dicen cubana, algo gordita ya entrada en
años, sentada en su mismo sitio tomando su café al lado de su inseparable bastón. Ella paraba
allí casi todos los días como parte de la escenografía de ésta concurrida panadería de la ciudad
en el 2001.
Nos saludamos con Jimmy, nos sentamos a tomar desayuno a pesar que nuestra amistad ya no
era la misma. Me estuvo comentando del trabajo, reclamándome sobre unas paletas que yo
habría movido sin su autorización. Solo me reí y le dije que no estábamos en el trabajo y que se
olvidara del asunto.

De pronto me dijo – Puta este vaso estaóáá medio quebrado voy a cambiarlo – Yo le dije que
solo estaba un poco chancadito que no era para tanto.
- Oye está chancadito como tú – le dije sonriendo.
Se molestó de la broma y me preguntó repetidas veces quien le había puesto esa chapa.
En realidad, yo sabía quién se la puso, pero no era necesario decírselo él insistía saber por qué
ese sobrenombre, yo le daba gusto con algo de maldad.
- Dicen que por la carabina compadre, ósea la pepa, el cacharro pues JImmy - El miraba como
distraído a otro lado y repetía – chancadito, no, chancadito; puta que pendejos.
Jimmy un poco alzado y vanagloriándose de su supuesto poder y de considerarse fijo en el
trabajo cometió el error de sentirse intocable.
Como ocurre siempre la temporada baja llegó y diariamente salíamos más temprano de lo
normal, pero Jimmy siempre salía más tarde para acumular sobretiempo.
Recibió un aviso de la compañía por esta acción, pero él continuo sin hacer mayor caso.
Jimmy seguía enceguecido por su vanidad y el abuso del sobretiempo paso a mayores. Una
noche al llegar a la ventanilla del gringo Fred, rutina que hacíamos todas las noches al llegar al
warehouse y éste le dio la mala noticia que ya no pertenecía a la empresa y por lo tanto sus
servicios habían terminado esa misma noche.

Estaba yo afuera del warehouse junto al camión de comida comprando un café, cuando bajo él
y me dijo algo. La noche estaba fría y aunque no había nevado soplaba un viento helado que
nos hacía temblar. En ese momento entraban una serie de camiones que llegaban para dejar su
carga haciendo un gran ruido. No lo escuche bien y cuando pasaron los camiones y el ruido me
dijo que necesitaba un taxi para ir a su casa. Él no sabía mucho de este servicio porque siempre
esperaba a alguien que lo llevara hasta el paradero más cercano para tomar su bus. Le dije que
de allí a casa le iba costar más o menos veinte dólares y luego de aceptar le pedí la movilidad.
Mientras esperábamos el carro se quedó callado y no habló absolutamente nada así estaba
Jimmy el sabelotodo el que se creía intocable estaba jodido. Quizás recordaba ese momento
nuestras conversaciones cuando hablamos que mucha gente creía que los gringos eran uno
cojudos y que uno se los podía pasear cuando quería, nada más falso y nosotros que habíamos
visto bastante lo sabíamos él lo sabía. Jimmy que había peleado contra los abusivos y pendejos
de todas las factorías había terminado igual que ellos haciendo ostentación de su poder y de
cuando en cuando jodiendo a los novatos. Cuando apareció el taxi nos acercamos y abrió la
puerta, con la mirada distraída me dio la mano mientras repetía – me botaron, puta me
botaron, que pendejos, que pendejos. De pronto inesperadamente antes de entrar al taxi me
dijo:
- Mira el faro de este carro, aquí en este costado, te diste cuenta, esta chancadito, jeje
chancadito como yo – me dijo sonriendo.
- Oye Jimmy, mientras, puedes ir a buscar chamba en Abecco o en el Mostro.
- Mira compadrito este pechito nunca, me escuchas, este pechito nunca se va a quedar sin
chamba huevón, yo mismo soy, mañana mismo me consigo otra cosa mejor que esta.
El taxi partió y se llevó a Jimmy dentro con todos sus resentimientos y sus odios, algo era cierto
Jimmy nunca se quedaría sin chamba como él decía por que la chamba era su vida el mejor
remedio para olvidar sus pesadillas.
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Casire, la tierra de Papá

 - Papito cuéntame pues como llegaste a Lima -.
Mi hijo tendría unos seis años y era como los demás nietos un engreído de mi padre quien
soltaba libremente sus sentimientos abiertos como salen las palomas a volar.
Esa carcajada y sonrisa negadas a sus hijos quizás por una actitud de padre recto y disciplinado,
ahora se rompía en risas y deslizaba sus mejores ademanes para satisfacer la curiosidad del
pequeño.


Sentado en la orilla de su cama mi padre miraba a su nieto que a su lado jugaba con sus viejos
lentes mirando a través de ellos.
- Yo vine a Lima montado en mi burrito llamado Cipriano, con mi poncho, mi chullo de colores y
llevaba en mi alforja mucha tuna y melocotones secos de mi tierra llamados “huesillos”
El niño saltaba de alegría con esas frases de su abuelo relatando su arribo a la capital.
- Papito y donde está tu chullo y tu poncho ¿Lo guardaste?
- Si hijito, tu mamita lo tiene como recuerdo.
- ¿Y Cipriano papito?
- A Cipriano se lo regalé a mi primo Simeón porque era muy flojo no quería trabajar y solo
quería regresar a su casa.
- Papito vamos un día a visitarlo pues, yo quiero conocerlo.


- Ya pasaron muchos años hijito, el regresó a Casire porque estaba enamorado de una burrita
llamada Jacinta y allá se quedó con mi hermano Abraham, ya no supe más de él.
Mi padre inventaba historias que seguramente nunca había imaginado contarlas de no ser por
la insistencia de un travieso nieto que lo bombardeaba a preguntas.
- Papito ¿Que es Casire?
- Ah Casire es el nombre de mi pueblo hijo y queda muy lejos, pero muy lejos.
- ¿Como por la China papito?
- Así es hijo tan lejos como la China.
- Y viniste solo en tu burrito o tomaste un avión también.
- No hijito solo en mi burro Cipriano y tuve que cruzar grandísimos cerros y nevados, ríos
lagunas peligrosas. El cerro más grande se llama Sara Sara, es inmenso hijito.
- ¿Sara Sara? Papito y cuánto te demoraste en venir ¿Cómo un año?
- Así es hijito lindo, me demoré como un año.
- De todas maneras yo quiero ir a tu tierra a conocer a Cipriano, de repente está todavía vivo
papito, cuando se cure tu pie me llevas ¿ya? - Le decía mi hijo mientras se colgaba de su cuello.
Papá no contaba las cosas de su tierra casi no sabíamos mucho, salvo algunas cosas que mi
madre nos decía.


Sin embargo, pudimos conocer algo más por medio de una tía llamada Emilia quien lo había
atendido de bebe y sabía todo sobre la familia de mi padre.
Mariano era el nombre de mi abuelo y Daniela de la abuela, natural de Lampa, nos había dicho
la tía que llegaba con mucha frecuencia a visitar a papá. Siempre lo trató como a un niño y
recuerdo que lo acariciaba y besaba en su frente, nosotros nos reíamos. Venía a veces con un
señor a quien mi madre le decía Don Torres, nunca supimos su nombre, nos llamaba la atención
que le dijeran Don seguido de su apellido. Él era esposo de la tía Emilia y además escuché decir
que era una autoridad de Pausa.
La tía Emilia contaba que el abuelo Mariano era arriero y comercializaba pisco y cañazo por las
punas de Ayacucho y Huancavelica. Mi padre ciertamente nunca simpatizó con el abuelo, decía
que era un buen bebedor que aparte de comercializar pisco dejaba un amor en cada pueblo.


Cuando insistíamos en saber más del abuelo papá solo mencionaba episodios poco agradables.
Contaba que una vez de niño lo acompañó a repartir su producto por las punas de Casire y él
iba montado en una de las mulas detrás de su padre. Para su mala suerte en determinado
momento se alejó del grupo y cayó del lomo del animal, al parecer se desmayó, pasado un buen
rato su primo Cosme, quien también iba en la caravana se percató de la ausencia de mi padre.
Apurando el paso de los animales la caravana regresó y encontraron a papá casi helado tirado
en el suelo después de casi media hora, según le contaron posteriormente. Papá culpaba al
abuelo y decía que por su persistente y terca embriaguez no tuvo el cuidado necesario con él, al
parecer nunca le perdonó el incidente.
Nunca regresó a su tierra y jamás supimos la razón, era por naturaleza muy callado y serio,
mamá contaba que solo una vez lo vio bailar en una de las pocas fiestas que asistieron.
Nosotros conocíamos a los hermanos de papá, al tío Juan, a la tía Bersa, al tío Abraham y luego
al tío Vicente y Felipe.


Salvo Juan y Bersa que siempre llegaban a casa, mi padre no se frecuentaba con los demás
hermanos
Un buen día, ya adulto, vi una invitación para mi padre de parte del tío Cosme, quien lo invitaba
por sus bodas de oro matrimoniales.
El tío Cosme fue uno de los primeros caserinos exitosos llegados a Lima más o menos en los
años cincuenta, quien llegó a ser un reputado y fino sastre que confeccionaba los mejores
ternos para una clientela selecta en Miraflores. Obviamente que mi padre no iba ir por lo que le
pedí asistir en su lugar, él aceptó gustosamente. Estaba yo entusiasmado por que esa fiesta me
permitiría conocer a toda la familia emparentada con mi rama paterna e iba a ser una
experiencia inolvidable.
- Papito ¿Y qué hiciste cuando llegaste a Lima?
- Bueno me fui a la casa de un paisano y me puse a trabajar como heladero.
- Y gritabas ¡Helados, ¡helados!
- Exactamente hijito de mi alma y cuando no me escuchaban me ponía a bailar un huaynito
para llamar la atención.
- A ver papito, a ver, párate papito, párate y enséñame como bailabas.
Mi padre haciendo esfuerzos y por darle gusto al nieto se ponía de pie con mucha dificultad, su
Parkinson lo tenía muy limitado en sus movimientos, pero hacia esfuerzos por mostrarle a mi
hijo como bailaba.


Entonces colocándose la palma de la mano en el pecho levantaba el pie derecho una y otra vez
y luego haciendo una venia cambiaba el paso con el otro pie.
- ¡Mamita, mamita Tula, mi papito está bailando huaynito ven, ven!!
El viejo caserino introvertido, solitario y reacio a manifestar sus emociones con sus hijos, aquel
que nos decía frecuentemente una frase muy familiar para nosotros “El hombre ha nacido para
trabajar con el ave para volar” estaba allí riendo como otro niño.
Mi hijo corrió al lado de su abuelo y abrazó su cintura mientras ambos reían, mi padre echaba
su cabeza hacia atrás soltando una carcajada mientras unas lágrimas disimuladamente se
recostaban en las orillas de sus ojos, esperando caer en cualquier momento cargados de
felicidad.

Elvis

Por: Jorge Cuba Luque


 Alguna vez John Lennon dijo que Elvis Presley murió en 1958, año en que ingresó al ejército estadounidense para cumplir el servicio militar. “Le cortaron las piernas, le cortaron la voz”, dijo el Beatle, cuya devoción por Presley empezó una tarde de 1956 en Liverpool, cuando en una radio de transistores escuchó por vez primera «Heartbreak Hotel»

Lennon fue embargado por la voz ondulante, sensual y penetrante que interpretaba ese OVNI musical indefinible que era tanto country, blues, rock and roll o todo eso junto, un ritmo irresistible, algo que de un plumazo desbarataba los estándares de la música popular anglófona y, por ende, mundial. Presley volvió a morir en 1977, a los 42 años, de tristeza, obesidad y en aroma a esclavitud a causa de su fama y su manager. Y claro, no pasemos por alto las drogas. Todas estos desbandes existenciales y el apuro por cumplir compromisos lo obligaron a hacer una música que ya no era la suya. Su última canción en público, Can’t help falling in love, la interpretó durante un concierto en Indianápolis, dos meses antes de su segunda y última muerte.

“Heartbreak hotel” no fue ni su primera canción ni su inicial gran éxito. Tras tocar aquí y allá las puertas de algunas disqueras, solo o acompañado de un par de amigos guitarristas, tocó un día las del estudio de grabaciones que poco después se llamaría Sun Records, sello que se había especializado en una cosa llamada rockabilly, algo que pronto se conocería como rock and roll. Presley y sus amigos pagaron para poder grabar; de esta fugaz empresa editaron algunas copias. En 1954, Elvis graba su primer disco comercial tras firmar un contrato con, precisamente, Sun Records. Tenía veinte años y el lado A de su oficialmente primer 45 fue un blues de los años cuarenta relativamente conocido, That’s all right, Mama, pero en un ritmo más acelerado que la versión original. Fue un éxito categórico. Su voz, que era la de un negro, cautivó de inmediato. Sin embargo, el dueño de esa voz no era negro sino un muchacho blanco de origen humilde nacido en Tupelo, en el estado de Misisipi, o sea, en el corazón del sur del país, crisol de culturas en donde musicalmente predomina la de raigambre afroamericana. La impronta negra se

volvería a evidenciar en 1955 con “Mistery train”, tema lanzado al mercado también por Sun Records dos años antes e interpretado por un blues man y que en la versión de Elvis es casi rock, ese rock de los primeros tiempos salvajes, con guitarras acústicas y eléctricas, contrabajo y batería, es decir, que nos hace pensar en el jazz de Nueva Orleans.

1956 fue clave para Presley pues de Sun Records pasa a RCA Victor, la disquera más importante de Estados Unidos, con la que lanzará “Heartbreak Hotel “, número uno durante varias semanas en la lista de los más vendidos. Vano es hacer una lista de los hits de Presley, que se imponían en medio del loco fervor del rock and roll causado, entre otros, por Bill Halley y sus Cometas con “Rock around the clock” y Carl Perkins con “Blue suede shoes“, primer disco de rock en alcanzar el millón de ventas, bajo el sello, para variar, de la discográfica Sun Records. Un acuerdo comercial hará que Elvis grabe también el tema de Perkins, a la sazón convaleciente tras un grave accidente de automóvil: el éxito de la canción será el esperado, solo que elevado al cuadrado e incluido como primer tema del primer LP de Elvis aquel mismo año.

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Si Elvis era la voz de Elvis Presley, Elvis era también sus conciertos y sus presentaciones en público: sus movimientos de cadera de evidente connotación sexual al cantar, el tupé de su negra y recia cabellera, su rostro de muchacho buena gente y anticonformista, elementos con los que repotenciaba su atractivo. No importaba si carecía de la proyección de macho a lo James Dean o Marlon Brando, sus coetáneos, ambos del mismo modo rebeldes. Elvis transmitía una sensación cariñosa, pero a la vez anárquica cuando cantaba y estaba frente a su público.

Como Dean y Brando, Elvis fue también icono sexual gracias a las películas que filmó como estrella principal. Pero a diferencia de los films de aquellos, que han marcado la historia del cine, las de Presley fueron en general muy malas. No tenían más propósito que las de hacer dinero valiéndose de su imagen y haciéndolo cantar baladas formateadas y aptas para todos. Pero no era su culpa, hasta se diría que no era totalmente consciente de lo que ocurría. El responsable era su nuevo manager, el “Coronel” Tom Parker, quien vio a Presley como una inagotable mina de oro. Todavía así, algunas de esas cintas ayudaron a una mayor difusión de temas hoy clásicos del rock: “Jailhause rock” o “Girls, girls, girls!”.

El “Coronel” Parker fue su explotador pero también lo convirtió en multimillonario, lo protegía y, cómo no, no dejaba de amargar su alma. Elvis nunca pudo separarse de él, a lo mejor nunca lo quiso. Tal vez gracias a Parker la imagen de Elvis sigue siendo un icono mundial. Por culpa de él su música perdió libertad y genio, lo alejó de sus cómplices musicales de la primera etapa de su trayectoria (por ejemplo, los Jordanaires en el coro y los letristas Jerry Leiber y Mike Stoller). Mientras que el rock y el pop, ya en los 60s, tomaban nuevos caminos, los innovadores eran ahora los Beatles, los Rolling Stones, Bob Dylan y otros.

A su vuelta del ejército, en 1960, devino en una estrella del sistema comercial. Aquí es cuando sus canciones empezaron a gustar a todos, cuando aparecía con traje y corbata en los programas de televisión como un muchacho correcto. Pero a pesar del “Coronel” Parker, a veces surgía alguna joya, como “Marie’s the name (His latest flame)” o “Little sister”. Eran joyas porque había en ellas algo del Sur Profundo que llevaba en el corazón y también denuncia social como en la tierna “In the ghetto”. Llegó entonces la hora de los conciertos, giras que Parker planeaba con avidez mercantilista; a ellas se añadía las reediciones de discos, ediciones de sus conciertos, grabaciones de sus sesiones de ensayo, trabajos sin mayor aporte musical.

Elvis, que se había casado y divorciado, que había tenido una hija, se recogía entre gira y gira en su desmesurada Graceland. Más allá de los vaivenes del trajín, en los conciertos parecía sentirse libre, frente a un público de toda edad que lo aclamaba y quería, al que no le importaba que se le viera subido de peso y que tuviera que hacer esfuerzos para cantar. Por lo demás, no hubo grande de la canción que no lo respetara ni admirara pues a fin de cuentas fue uno de los primeros en trazar el camino del rock.

En 1977, Elvis está ya agotado, pero Parker no le da respiro. Lo compromete a una serie de conciertos con una frecuencia despiadada, sin ninguna consideración por su fragilidad emocional, menos por sus problemas de salud. De esas últimas apariciones en público quedan como inolvidables la interpretación que hizo del clásico “My way” que, si en la voz de Sinatra era la perfección, en la de Elvis exhibía harto voltaje emocional y lírico. Elvis sabía que se estaba yendo para no volver. Otro momento mayor fue durante el concierto en el Centro Cívico de Dakota del Sur, el 21 de junio: Elvis anuncia que va a cantar la canción de amor “Unchained melody“, se instala ante el piano, uno de sus guitarristas, Charlie Hodge, toma el micro y se coloca a su lado… Elvis, haciendo un esfuerzo inmenso, traspirando, tal vez llorando de tristeza y de felicidad porque está con sus músicos, con su público, porque pronto los dejará. Cinco días más tarde daría su último concierto, para morir dos meses después.

Reza el dicho: a rey muerto, rey puesto, pero esto no tiene sentido alguno con Elvis. Aunque haya periodos en los que su música no se escuche y en los que lo nuevo y los efectos especiales parezcan el último orgasmo de la innovación, en el fondo todas la variantes del rock tienen una deuda, grande o pequeña, con aquel muchacho de Tupelo.

Tomado de la revista virtual MEDIUM.COM

El negro.

Por: Néstor Rubén Taype 



Aunque la religiosidad no era precisamente nuestra principal característica, aquella noche estuvimos rezando para que las cosas salieran tal como las habíamos planeado. En unas horas llegarían los coyotes para llevarnos finalmente rumbo a la frontera y cumplir el ansiado sueño de pasar a los Estados Unidos.


Mientras esperábamos, interminables horas que parecían no terminar nunca, recordaba los llantos de mi madre por el calvario que estaba pasando conmigo. Sentía sus manos acariciándome el rostro, como tantas veces lo había hecho, mientras me decía:


—Mírame a los ojos y prométeme que nunca más volverás a robar.


También recordaba la vergüenza de mi padre por mi conducta. Para colmo, él era miembro de la Guardia Civil.


Recordaba también las largas pláticas de mi padre y, después, los golpes con los que trataba de disuadirme de seguir andando con mis “malas juntas”, aquellos amigos de lo ajeno que eran mis patas.


La verdad, yo mismo nunca supe cómo demonios había llegado a esa situación. Ahora, mientras esperaba aquella noche en México, comprendía que podía costarme varios años de prisión.


Mi vida pasaba ante mis ojos como una película.


A los dieciocho años había debutado robando lunas y llantas de los autos en un lugar conocido como La Parada. Competíamos entre nosotros para ver quién podía hacerlo en el menor tiempo posible. Ensayábamos en los huecos y canchones de La Victoria, lugares donde nadie se atrevía a entrar.


Entonces todo aquello parecía un juego.


De pronto, los gritos de mis compañeros interrumpieron mis recuerdos.


Volví a estar allí, en aquella vieja casa que nos había servido de pensión y que albergaba a unas treinta personas entre hombres, mujeres y niños.


—¡Apúrense!


Ya estábamos a pocos minutos de partir. Afuera se escuchaba el ruido de los autos que comenzaban a estacionarse frente a nuestro albergue temporal.


Mis amigos y yo nos pusimos de pie, igual que el resto de la gente que esperaba nerviosa, con la esperanza de que aquella novela por fin terminara.


La puerta de la vieja casa se abrió de golpe.


Para nuestra sorpresa, apareció un grupo de uniformados y hombres armados.


—¡Al suelo! ¡Todos al suelo!


Algunos intentaron esconderse; otros buscaron desesperadamente una salida. Pero ya era demasiado tarde. La cuadra completa estaba cercada por la policía.


Con mis dos amigos intercambiamos una mirada. Ninguno intentó correr.


Estábamos cansados de huir.


Habíamos llegado hasta México tomando buses, autos y camiones, devorando kilómetros. Y ahora, amontonados en una camioneta policial, íbamos rumbo a la prisión, hasta que se aclarara nuestra lamentable situación.


Para colmo, nos habían encontrado pasaportes falsos con los que pretendíamos ocultar nuestra identidad.


Mientras permanecía tumbado en la camioneta policial, volví a recordar a mi padre.


Lo había visto con lágrimas en los ojos cuando me prometió que haría todo lo posible para sacarme de la cárcel después de que me detuvieran por pertenecer a una banda que robaba autos.


Y lo había hecho.


Mi padre negoció mi caso con el juez de turno y consiguió que me cambiaran la prisión por una detención domiciliaria. Una vez en casa, me dio una buena cantidad de dinero y me dijo:


—Sal del país. Y, si puedes, no regreses hasta que las cosas se calmen.


Llegamos a nuestra celda sin saber qué sería de nosotros.


La mayoría de aquella gente eran inmigrantes indocumentados que pretendían cruzar la frontera. Estaban mezclados con delincuentes comunes, asesinos, sicarios y drogadictos.


Por primera vez comprendí que habíamos entrado en un mundo completamente distinto.


Una tarde organizaron un pequeño campeonato de fulbito.


Tuvimos la suerte de llegar a la final.


Nuestro rival era uno de los equipos más fuertes del penal. Sus jugadores pertenecían al grupo que controlaba la mafia y buena parte de los beneficios y lujos de aquella prisión.


Para que el partido no fuera solamente por diversión, conversamos con ellos y acordamos apostar dinero y una botella de tequila.


Nos dimos la mano.


El acuerdo estaba sellado.


El partido terminó con una amplia victoria nuestra. Había sido casi una humillación frente a toda su gente.


Cuando los vimos retirarse, nos acercamos para cobrar lo acordado.


Uno de ellos, al parecer el líder, nos miró con toda desfachatez.


—No vamos a pagar nada.


Quise reclamarle, pero mis amigos me sujetaron.


—Suave, negro —me dijeron—. Estás en su casa. Si reclamas, nos van a sacar la mierda.


Comenzamos a retirarnos.


Yo también caminaba.


Pero algo dentro de mí se había quedado atrás.


Entonces pensé:


¿Y estos cabrones qué se creen?


Me sentía basureado. Herido en mi orgullo. Quizás estaba cansado de tantos golpes recibidos hasta ese momento, de tantas veces tener que agachar la cabeza.


No resistí más.


Me di vuelta, regresé corriendo y tomé del cuello al que parecía ser el líder.


Apreté con todas mis fuerzas.


Su gente comenzó a gritar y se abalanzó sobre mí.


Tenía entonces veintitrés años, medía un metro ochenta y estaba realmente fuerte.


Sentía que me estaban moliendo la espalda a patadas y golpes, pero yo no soltaba a su jefe.


Caímos al suelo. Revolcándonos entre el polvo, apenas podía respirar.


Y entonces ocurrió algo extraño.


Sentí una mano sobre mi brazo.


No era un golpe.


Eran unos golpecitos suaves.


El jefe me estaba pidiendo que lo soltara.


Estaba a punto de hacerlo cuando recordé haber visto una medalla colgada de su cuello.


Era de oro, con la imagen de la Virgen de Guadalupe.


Durante el partido la había visto mecerse varias veces sobre su pecho.


En aquel instante volví a verla.


Mis dedos encontraron la cadena.


Tiré con fuerza.


La cadena quedó entre mis manos.


Me la guardé inmediatamente.


Con ayuda de sus hombres, al tipo lo levantaron y se lo llevaron casi en vilo.


Yo continuaba en el suelo.


Mis amigos, asustados y recelosos, se acercaron para auxiliarme. No decían nada, pero sus miradas eran elocuentes. Casi parecían decirme que me lo había buscado.


A pesar de los dolores, todavía pude sonreír.


—¿Maricones? —les dije entre dientes.


Ellos me respondieron:


—Lo que pasa es que nosotros no somos cojudos como tú.


Al día siguiente enviaron un mensajero a nuestra celda.


—¿Saben algo de una cadena de oro que se le perdió al jefe?


Nos hicieron varias preguntas.


Pero no pudieron probar nada.


Yo permanecí callado.


La medalla seguía conmigo.


Una semana después, mientras descansaba solo en el pasadizo, cerca de la puerta de mi celda, vi acercarse a cuatro internos.


Eran, supuestamente, enemigos nuestros.


Pensé que venían a cobrarme la bronca de aquel partido.


Me preparé para defenderme. Esperaría a que estuvieran suficientemente cerca para golpear a dos y reducirlos. Después vería cómo me las arreglaba con los otros.


Pero, cuando estuvieron a cierta distancia, uno de ellos levantó las manos.


—Tranquilo, tranquilo.


Me hizo señas para que entendiera que venían en son de paz y que estaban desarmados.


Algo me llamó la atención.


Sus miradas no expresaban odio.


Expresaban respeto.



   —Vamos al grano —dijo uno de ellos—. El asunto es muy simple. Queremos darle un “cariñito” a unos “bueyes” que se están pasando de listos.


Hizo una pausa.


—El jefe está de muy mala onda con ellos y quiere recordarles quién es el “men”.


Lo miré sin responder.


—No hay pago de por medio. No hay “lana”. A cambio tendrás comida de primera, solo para ti, y protección para tus broders.


Entonces entendí.


No venían a cobrarme.


Venían a reclutarme.

⸻



Durante todo el tiempo que pasé en prisión trabajé para ellos.


A cambio, como habían prometido, tenía buena comida y protección.


Hice mi trabajo con profesionalismo. Nunca llegué a quitarle la vida a nadie, pero golpeé a muchos. Rompí costillas y narices para conservar el estatus que me había ganado.


Y, aunque nunca lo decía, muchas veces me sentía miserable.


Pero era parte de la guerra en la que me había metido.


Y en una guerra, pensaba entonces, a veces todo vale.



⸻


Una noche llegó uno de ellos con un mensaje preciso del jefe.


Faltaban pocos días para el Cinco de Mayo, una de las fiestas más representativas de México.


Según nos contaban, las autoridades del penal dejarían en libertad a cincuenta reos, todos extranjeros detenidos por su situación migratoria.


Recibimos la noticia con cierta incredulidad.


Pero aquella mañana inolvidable vimos una larga fila de internos y pensamos que ya no alcanzaríamos la ansiada libertad.


Entonces sucedió algo extraño.


Dos hombres se acercaron y nos llevaron directamente hasta el inicio de la fila.


Nadie de la policía intervino.


Nadie preguntó nada.




Antes de dar el primer paso y abandonar aquel lugar para siempre, apareció el jefe.


No lo había vuelto a ver desde aquel fatídico partido de fulbito.


Se acercó tranquilamente.


Me extendió la mano.


Se la estreché.


Sonrió.


Por un instante ninguno de los dos dijo nada.


Entonces me miró a los ojos.


—Cuida bien la medalla de la Virgen de Guadalupe.


Sentí un escalofrío.


No pregunté cómo sabía que la tenía.


Tampoco él explicó nada.


Solo volvió a sonreír y se alejó.


Yo me quedé allí, con la medalla escondida, mirando cómo desaparecía entre los demás internos.

Poco tiempo después conseguimos cruzar la frontera y cumplir nuestro sueño de llegar a los Estados Unidos.


Comenzábamos una nueva vida.


Durante mucho tiempo llevé conmigo aquella medalla de la Virgen de Guadalupe.


No sé si aquel hombre me dejó salir de prisión por la medalla, por la pelea o simplemente porque vio en mí algo que yo todavía no había descubierto.


Lo único que sé es que, después de todo lo que había vivido, recordé las manos de mi madre sobre mi rostro y aquella vieja promesa que tantas veces había roto.


Esta vez juré por mis padres que nunca volvería a traspasar los límites de la ley.


Y esta vez quería cumplir mi palabra.





Mi propio sendero

Sorry pues.

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