Sorry pues.

 Por: Néstor Rubén Taype 


—Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto.

—Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me quedara?

—Pero siquiera te hubieras despedido de mí, ¿no?

—Tú sabías que me iba a ir en cualquier momento.

—Pero no tan pronto. Realmente me has sorprendido.

—Bueno, estoy en el aeropuerto. Ya le avisé a mi hija que llego esta noche.

—¿A qué hora sale tu vuelo?

—En una hora y media.

—Voy para allá.

—No hay necesidad, nada va a cambiar. Igual me voy a ir.

—Voy, voy. Espero alcanzarte.

La universidad fue el lugar donde Gonzalo y Rebeca se conocieron. Aunque ambos estudiaban carreras diferentes, el comedor se convirtió en su punto de encuentro. Allí cruzaron las primeras miradas y fue precisamente en ese lugar donde él le cedió su sitio en la cola para comprar el menú del día.

—Pase usted, después de usted —fueron las frases que intercambiaron, parodiando al profesor Jirafales y a doña Florinda. Una anécdota que recordarían con frecuencia durante su relación.

Rebeca era una mujer muy atractiva, inteligente y de carácter fuerte. De tez clara y cabello castaño, contrastaba con el joven trigueño que era Gonzalo. Cuando el enamoramiento prosperó, él recibía con frecuencia las felicitaciones de sus amigos, quienes no ocultaban su sorpresa por haber conquistado a una mujer como ella.

Ella se graduó como contadora y consiguió un buen empleo en un ministerio del Estado. Él apenas logró avanzar hasta el sexto ciclo en Derecho, que finalmente no llegó a concluir. Sin embargo, ambos confiaban en sus posibilidades y continuaron con sus respectivos proyectos.

El embarazo, que llegó antes de lo previsto, apresuró el matrimonio. Inicialmente se instalaron en casa de los padres de Rebeca, quien disfrutaba de una situación económica bastante cómoda.

Después de un par de años de convivencia ocurrió algo inesperado. La madre de Gonzalo, quien residía en Estados Unidos desde hacía muchos años, había prometido llevarse a sus hijos. Sus dos hermanas ya se encontraban con ella y ahora le había llegado el turno a Gonzalo, quien recibió la comunicación para presentarse en la embajada estadounidense.

La noticia alteró los planes de ambos. Al principio, Gonzalo prefirió ocultársela a su esposa, temeroso de su reacción. Finalmente, una noche decidió contárselo.

Rebeca le explicó que aquel cambio complicaba los planes que venía gestionando con unos amigos para conseguirle un empleo en una empresa privada. De esa manera, él podría incorporarse al mundo laboral y terminar sus estudios de Derecho.

Sin embargo, el amor todavía estaba vigente entre ambos. Rebeca comprendió que Gonzalo tenía una oportunidad de reunirse con su madre y le permitió viajar, con la esperanza de que regresara y pudieran continuar con los proyectos que habían concebido juntos.

Gonzalo permaneció algunos meses en Estados Unidos. Aquella primera separación, aunque inicialmente parecía temporal, comenzó a abrir una distancia entre los dos.

Meses después, Gonzalo regresó a Nueva Jersey, esta vez con su residencia en regla. Así comenzaron las idas y venidas entre ambos países. Durante cinco años, aquella dinámica se convirtió en una rutina que ninguno de los dos había imaginado al casarse.

Gonzalo insistía en convencer a Rebeca para que se trasladara a Estados Unidos y comenzaran una nueva vida. Sin embargo, durante uno de sus viajes recibió una propuesta de sus dos hermanas que terminaría complicando aún más las cosas.

Ellas le plantearon que permaneciera en la casa de su madre, quien acababa de jubilarse. Ambas ya se habían casado y vivían por separado. Se comprometían a pagar el alquiler de la vivienda, mientras Gonzalo se encargaría de acompañar y cuidar a su madre.

En otras palabras, habían decidido que él asumiera una responsabilidad de la que ellas querían desentenderse.

Gonzalo aceptó, casi sin oponer resistencia. Sabía que aquella propuesta era injusta, sobre todo porque él también tenía una familia y una esposa que esperaba construir una vida a su lado. También sabía que tendría que explicárselo a Rebeca y conocía suficientemente su carácter para imaginar cuál sería su reacción.

Pero, una vez más, prefirió aceptar las circunstancias antes que enfrentarlas.

Las idas y venidas continuaron durante algunos años más, hasta que la paciencia de Rebeca comenzó a agotarse.

En una oportunidad aceptó viajar a Estados Unidos, pero puso una condición: no llevaría consigo a su hija. Se alojaría en casa de su suegra y permanecería allí durante dos meses, el tiempo que había conseguido de licencia en su empleo en Guayaquil.

Quería demostrarle a Gonzalo que estaba dispuesta a comprender su situación y hacer un esfuerzo por salvar el matrimonio.

Con su documentación de residente en regla, se inscribió en una agencia de empleos y consiguió trabajo poco después. Durante algo más de un mes pasó por diferentes factorías, mientras se alojaba en casa de su suegra.

Pero aquella experiencia terminó de colmar su paciencia. Comenzó a comprobar que el compromiso de sus cuñadas de pagar el alquiler de la vivienda no era más que una manera de dejar a Gonzalo como único responsable del cuidado de su madre. Ellas habían encontrado la forma de desentenderse de una obligación familiar, trasladándosela a su hermano, sin importarles que él también tuviera esposa e hija.

Mientras tanto, Gonzalo trabajaba casi doce horas diarias en una empresa dedicada al mantenimiento de jardines.

Rebeca comenzó a descubrir la verdadera dimensión de aquella vida. Los horarios de ambos apenas les permitían verse y los fines de semana se consumían entre el lavado de ropa, las compras en los supermercados y las tareas domésticas.

Aquello distaba mucho de la vida que ella había dejado en Guayaquil. Allí tenía un buen empleo, una profesión y una situación económica que no la obligaba a vivir con semejante sacrificio.

En conversaciones con sus amistades y familiares en su país, comenzó a expresar su malestar. La rutina le resultaba insostenible y comprendía que tendría que tomar una decisión.

Los domingos, después del mediodía, era cuando disponían de algún tiempo para conversar. Una de aquellas tardes, Rebeca decidió plantearle abiertamente que las cosas no estaban funcionando.

Le dijo que no podía soportar aquel tipo de vida, en un país que no sentía suyo y donde no encontraba razones para permanecer. En realidad, no tenía apremios económicos en Guayaquil. Allí contaba con un buen empleo, ejercía su profesión y había conseguido una estabilidad que ahora parecía haber perdido.

Volvió a proponerle que regresaran juntos. Le recordó que a él le faltaba poco para terminar su carrera y que podía ayudarlo a conseguir un empleo cuando estuvieran nuevamente en Guayaquil.

Gonzalo escuchaba, pero decía poco. Sus prolongados silencios desesperaban a Rebeca. Ella tenía la impresión de que su mayor preocupación seguía siendo el cuidado de su madre y que el matrimonio había pasado a ocupar un lugar secundario en sus prioridades.

El aeropuerto de Newark quedaba relativamente cerca y Gonzalo consiguió llegar a tiempo para darle el alcance.

Desde cierta distancia la vio sentada. Poco después, Rebeca se puso de pie, seguramente porque había llegado el momento de pasar el control de seguridad.

Gonzalo la contempló y volvió a encontrar en ella aquella belleza que tanto lo había cautivado. Recordó las bromas de sus amigos cuando comenzaron a salir, quienes le decían que la rubiecita debía ser corta de vista para haberse fijado en él.

Se acercó. Rebeca lo miró con ternura y, por un instante, su rostro pareció reflejar cierta nostalgia. Pero aquella expresión cambió repentinamente.

—Apúrate y dime qué tienes que decirme. Ya es hora de partir.

—Quédate —dijo él.

—Por Dios, no insistas. No has hecho nada por cambiar las cosas. He pasado por todos esos lugares a los que me llevó la agencia de empleos: los quesos, las pelucas, los espejos, los jamones y hasta las mudanzas. Cumplí con mi parte, pero ya está bueno.

—Sorry, así dicen aquí, ¿no?

—Sorry, pues, pero no tengo necesidad de radicar aquí. Allá estoy bien, con mi hija. Si no regresas, te pediré el divorcio. Han pasado ocho años con la misma historia. Vas y vienes para traerme unos cuantos dólares. Quédate aquí cuidando a tu mamita, que ese es el encargo que te han dado las sinvergüenzas de tus hermanas.

Rebeca lo besó en la mejilla y se marchó.

Gonzalo se quedó allí, sin saber qué más decir. Ella pensaba que aquella despedida había sido injusta, que decirle esas cosas a su esposo había sido duro, pero necesario.

Después de pasar los controles de seguridad, caminó unos pasos más y finalmente rompió a llorar.

El dolor era grande, pero no habría marcha atrás.





Carolita se fue.

 Por: Néstor Rubén Taype 

El barrio quedó sorprendido. La noticia corrió como pólvora y doña Bertha, radio bemba de la cuadra, se había esmerado como nunca en pasar la voz. Era, en realidad, una primicia caliente: Carolita se había largado a su país, a su Guatemala querida, acompañada de sus dos hijos. Ya no regresaría jamás.

La gente que la conocía no podía creerlo. Carolita era tan trabajadora como su esposo y ambos llevaban casi diez años viviendo en este país. Todos se preguntaban si alguien había logrado llamarla después de su sorpresivo viaje y, sobre todo, cómo se había enterado doña Bertha, la chismosa oficial de la cuadra, de semejante noticia antes que nadie. Después de todo, ni siquiera se hablaba con Carolita, quien la detestaba precisamente por falsa y lengüilarga.

El círculo de amigos y familiares más cercanos de Carolita y su esposo Valentín estaba ligado al oficio de la limpieza. Desde que llegaron en busca del sueño americano, ambos se dedicaron a esta labor, aunque fue él quien primero consiguió trabajo en una importante empresa. Gracias a su empeño y esfuerzo, Valentín logró alcanzar una posición estratégica: se convirtió nada menos que en el brazo derecho del manager de la zona norte de Nueva Jersey.

Entre las principales actividades de la compañía figuraba el mantenimiento de una amplia cartera de clientes: oficinas, edificios, centros comerciales, residencias para jubilados, clubes deportivos y otros establecimientos. Por esa razón, la demanda de trabajadores era constante y Valentín, gracias a sus contactos, conseguía reunir el personal necesario para atender las necesidades de la empresa. Algunos de esos trabajadores seguramente eran indocumentados como él, a quienes ayudaba de manera especial y desinteresada.

Habían llegado muy jóvenes desde Guatemala: él tenía veintidós años, ella apenas dieciocho y el nene, cuatro. Los tres estaban convencidos de que podrían hacer realidad sus sueños. La iniciativa de viajar, cruzar la frontera y jugársela como fuera había nacido de Valentín. A los quince años ayudaba a su padre en la crianza de puercos, hasta que un buen día vio cómo el patrón lo castigaba con una soga, sin que su padre hiciera nada por defenderse.

Desde aquel día le juró a su padre que, apenas cumpliera la mayoría de edad, se iría a América a trabajar. Quería ganar dinero y comprar su propia finca para dedicarse a criar y vender sus cerdos, sin tener que soportar humillaciones, abusos ni bajezas.

Desde que ingresó a la empresa de limpieza, Valentín aprendió rápidamente el oficio. Era hábil y veloz, y nada parecía detenerlo ni desanimarlo. Cualquiera que fuese la situación, siempre terminaba su trabajo dejándolo todo en las mejores condiciones.

Así pues, caían rendidos a sus pies ventanas, pisos, elevadores, escaleras, techos, baños, retretes y cuanto se le pusiera por delante. Valentín conocía perfectamente los instrumentos y líquidos que debía utilizar para cada labor.

Cuando se trataba de ventanas altas, daba cátedra. Era un artista limpiándolas; su destreza hacía incluso que los demás dejaran sus labores para observarlo. Les mostraba cómo manejaba aquella varilla larguísima con la que primero extendía la espuma y removía la suciedad, para después pasar la delgada navaja de jebe que, como una hoja de afeitar, retiraba la espuma de los vidrios.

Así se ganó el respeto y el cariño de sus compañeros. Aunque sabían que no tenía un nombramiento oficial, todos reconocían que, en la práctica, era una especie de supervisor.

Sin embargo, la ilegalidad comenzaba a hacerse sentir en el hogar. Aquel fantasma que los había acompañado desde su llegada empezaba su inexorable labor de desgaste.

La falta de una licencia de conducir obligaba a Valentín a invertir demasiado tiempo en llegar a los lugares donde le asignaban trabajo. Las interminables conexiones entre trenes y autobuses, las subidas y bajadas en las estaciones, el calor inclemente del verano y el duro abrazo del invierno, con su nieve, granizo y terribles aguaceros, convertían el regreso a casa en una verdadera odisea. Su familia comenzaba a sentir cada vez más su ausencia.

Carolita, que también trabajaba, sentía que el peso del hogar recaía cada vez más sobre ella. Cuando nació su segundo hijo, los quehaceres domésticos se multiplicaron. Sin embargo, pese a todas las dificultades, se mantuvo firme y consiguió sacar adelante a sus hijos, distribuyendo su tiempo entre las labores de la casa y el trabajo.

Un buen día, Carolita decidió dejar de trabajar para pasar más tiempo en casa. Se lo comunicó a su esposo y, después de conversar y explicar sus razones, ambos estuvieron de acuerdo.

Había tomado esa decisión porque cada vez le resultaba más difícil comunicarse con su hijo mayor, que ya había entrado en la adolescencia. El muchacho se mostraba rebelde y hacía caso omiso de las recomendaciones de su madre. En cierta ocasión, cuando ella se atrevió a darle un par de cachetadas por su insolencia, recibió como respuesta una amenaza: si volvía hacerlo, llamaría a la policía, tal como le habían enseñado en la escuela.

Carolita se quejaba ante sus amigas más íntimas de cuánto extrañaba a su esposo debido a las excesivas responsabilidades que este asumía en el trabajo.

—Prácticamente, a veces no lo veo durante una semana entera —les decía.

Valentín no sabía decirle que no a su manager y aceptaba todas las responsabilidades que le asignaban. Su jornada incluía sábados, domingos y cuantos días feriados hubiera durante el año.

Carolita no se quejaba del dinero. Gracias al esfuerzo de ambos, ya habían comprado en Guatemala las hectáreas necesarias para el futuro criadero de puercos que habían proyectado. El problema era otro: todavía era joven y sentía que aquellos diez años se le habían pasado demasiado rápido. Casi todos los días eran iguales: mucho trabajo en casa y mucho más fuera de ella.

La situación migratoria irregular era el principal obstáculo para el desarrollo de la familia, sobre todo para el futuro de su hijo. La falta de un vehículo, la imposibilidad de contar con un seguro médico y la ausencia de documentos les cerraban las puertas a empleos mejor remunerados.

Al principio, Carolita había creído en las noticias de los diarios sobre una reforma migratoria que se venía gestando desde el año dos mil, pero que nunca llegó a concretarse. Sentía que, cada vez que se organizaban marchas multitudinarias, las cosas parecían empeorar y los resultados terminaban siendo contrarios a lo que se buscaba.

Además, le parecía ingenuo pensar que bastaba con salir a las calles, gritar y proclamar que merecían la residencia para que se la concedieran así de fácil.

Después se ilusionó con la promesa de Obama de impulsar una reforma migratoria durante los primeros cien días de su gobierno. Pero esos cien días fueron pasando, convirtiéndose en mil y quizás en diez mil, ya con quién sabe qué gobierno. La esperanza se fue transformando en desencanto.

También le molestaba que se calificara a los inmigrantes indocumentados de muertos de hambre, vagos o delincuentes, y que se los acusara de sobrecargar al gobierno con los gastos de charity care.

Carolita se enorgullecía de que nunca les hubiera faltado el dinero. Habían trabajado y pagado sus impuestos, aun sabiendo que, después de diez años de contribuciones, probablemente no recibirían beneficios en el futuro. Sus gastos médicos los habían cubierto con su propio dinero, pese al elevado costo de la atención sanitaria. Además, conocía a muchos inmigrantes indocumentados que habían logrado reunir un buen capital e incluso montar pequeños negocios, pero que se resistían a invertir más por temor a ser detenidos y deportados.

Fue así como Carolita decidió regresar a su Guatemala querida con sus dos hijos, dejando a su esposo trabajando en Estados Unidos por un tiempo.

Cuenta Valentín que, al principio, pensó que se trataba de una broma. Una de aquellas madrugadas en que llegó a casa, encontró a Carolita despierta en la sala, esperándolo para darle la noticia de su partida.

En realidad, no era ninguna novedad. Ella se lo había advertido en varias oportunidades, pero él creía que la posibilidad de que diera semejante paso era muy, pero muy lejana.

La discusión se prolongó durante un buen rato. El intercambio de palabras y algunos gritos terminaron despertando a uno de sus hijos. Cuando ambos se calmaron, Carolita logró hacerle comprender a su esposo que era necesario dejar América por el bien de los muchachos. Le aclaró que su decisión no respondía a una rabieta ni a un arrebato de mal humor, y mucho menos a un capricho pasajero.

Algo tarde, Valentín entró en razón. Comprendió que se había entregado por completo al trabajo, olvidando que las horas transcurridas no regresan. Su ausencia había terminado por envolver todo el hogar, y ahora aquel vacío le estaba pasando una dolorosa factura.

El sacrificio de trabajar tantas horas fuera de casa para llevar el pan al hogar no era excusa suficiente para resolver la situación que se les había presentado. Al fin y al cabo, el dinero no lo era todo.

Carolita fue muy clara. Le dijo que, una vez en Guatemala, se encargaría del terreno que habían comprado y que el dinero que él enviara serviría para poner en marcha todo lo necesario para el criadero de puercos.

Ella no pensaba limitarse a recibir el dinero. También trabajaría allá y, mientras tanto, podría dejar a sus hijos al cuidado de sus padres.

Carolita le concedió un año más para quedarse en Estados Unidos. Le advirtió que, si al cumplirse ese plazo no regresaba, tendrían que volver a conversar para decidir qué harían con sus vidas.

La partida de Carolita se convirtió en la comidilla del barrio latino durante muchas semanas. Se hablaba de ella en los bares, los restaurantes, los supermercados, las fiestas y en cualquier reunión donde hubiera ocasión para comentar la noticia.

 Todo el mundo seguía preguntándose cómo había sido posible que una esposa tan noble, amable, trabajadora y abnegada tomara una decisión tan drástica como regresar a su país con sus hijos.

Y otra pregunta seguía sin respuesta: ¿cómo se había enterado doña Bertha, la dueña de la lengua más viperina de la cuadra, de semejante noticia antes que nadie?

Hasta hoy, el misterio continúa. Ante tanta insistencia, cuentan que doña Bertha dio una respuesta muy profesional:

—No puedo delatar mis fuentes.

La visitadora

 

Por: Néstor Rubén Taype 

Genoveva dudaba antes de dirigirse al área donde trabajaba José Francisco. Era una mujer separada que luchaba por sacar adelante a sus dos hijos, todavía pequeños. Trabajaba en una factoría, propiedad de unos empresarios judíos, en los suburbios de Nueva York. Dos años habían pasado desde que su esposo la abandonara, tiempo durante el cual había aprendido a sobrevivir a las exigencias de la vida en este país. En más de una ocasión pensó en regresar a su tierra centroamericana, pero la avergonzaba la idea de volver derrotada y convertirse en el comentario obligado de los chismes familiares.

A las dificultades de vivir sola y sacar adelante a sus hijos se había sumado un problema inesperado. Sentada en su cama, poco antes de elevar la oración que acostumbraba hacer junto a sus pequeños, comprendió que se había enamorado nuevamente. Al principio se resistió a aceptarlo. No podía ser, se decía; semejante complicación era lo último que necesitaba. No era una novata en asuntos del amor y sabía perfectamente dónde terminaba el bien y dónde comenzaba el mal.

El cuerpo le temblaba y experimentaba emociones que no había previsto cada vez que lo veía. Le parecía increíble volver a sentirse así y, en ocasiones, hasta se avergonzaba de su propia reacción. Aquella noche, antes de acostarse, dijo para sí: «No voy a orar; me siento pecadora». Acostó a sus hijos y se fue a dormir, intentando apartar de su mente aquellos pensamientos. Pero los días pasaron y el sentimiento no desapareció. Una semana después había conseguido que José Francisco compartiera con ella el refrigerio, coincidiendo con uno de los horarios establecidos por la empresa.

Genoveva sabía que sus esfuerzos por acercarse a José Francisco habían dado resultado. Entre ambos parecía crecer una complicidad que ya no pasaba inadvertida. Él también era casado y tenía dos hijos. A diario, ella visitaba su sección con cualquier pretexto relacionado con el trabajo; cuando no encontraba ninguno, iba simplemente para estar a su lado. No ignoraba los comentarios que provocaba su conducta, pero se mantenía firme. En la factoría todos sabían que pretendía al boricua casado.

Las miradas que intercambiaban decían mucho más de lo que ambos se atrevían a expresar. Sus continuos encuentros en la sección de José Francisco ya no tenían una justificación convincente. Una tarde, a la hora del refrigerio, ninguno de los dos apareció en el comedor. Transcurrido el tiempo establecido, regresaron como si nada hubiera sucedido. Genoveva había cruzado finalmente la frontera que hasta entonces solo se había atrevido a contemplar. Con cualquier pretexto, ambos se habían dirigido al automóvil de él. No necesitaban decirse lo que tantas veces se habían comunicado con la mirada.

En la soledad del estacionamiento, el automóvil se convirtió en el refugio de sus deseos. El encuentro fue breve y silencioso, condicionado por el temor a ser descubiertos, el espacio reducido y la obligación de regresar a sus puestos de trabajo. Precisamente aquellos apuros y el riesgo de ser sorprendidos hicieron que Genoveva guardara el episodio como un recuerdo inolvidable. Mientras tanto, en la factoría, su nombre seguía alimentando los chismes y los comentarios maliciosos.

Después de aquel encuentro, Genoveva continuó con su rutina de visitar a José Francisco en su sección. Permanecía junto a él el tiempo que consideraba prudente y luego regresaba a sus labores, sin mostrar preocupación por los comentarios que su conducta despertaba.

Con una sonrisa en el rostro, Genoveva recorría la factoría y no faltaba a la hora del refrigerio que compartía con el boricua. Por las noches, antes de acostarse, volvía a rezar. Ya no sentía la culpa de los primeros días. Dios, se decía, tenía que comprender su situación. Después de todo, ella seguía pidiendo lo mismo de siempre: salud y bienestar para sus hijos.

La chama

Por: Néstor Rubén Taype 

Pese al mal tiempo, el avión arribó al aeropuerto aquella madrugada. El cielo, todavía oscuro, descargaba una lluvia torrencial, tan intensa como el llanto que había acompañado a Amanda durante todo el viaje desde su país. No podía haber un escenario más apropiado para reflejar su estado de ánimo.

Cumplidos los trámites de salida del aeropuerto de Nueva York, recogió sus maletas y salió bajo la lluvia para abordar el automóvil de su esposo, que la esperaba para llevarla a casa. Mario, consciente de la importancia que había tenido aquel viaje para ella, no le hizo preguntas, aunque sospechaba que las cosas no habían salido bien.

Quince años antes, en un barrio de Caracas, Amanda había tomado la decisión definitiva de emigrar a los Estados Unidos. No quería seguir viviendo con su pareja, a quien había sorprendido en otra relación. La vida familiar había resultado un fracaso, pese a los dos hijos que tenían: uno de cinco años y el otro recién nacido.

La principal opositora a su partida fue su madre, quien le rogaba que reconsiderara su decisión y pensara en los niños, que constituían su mayor responsabilidad. Amanda argumentaba que lo hacía precisamente por ellos, para ofrecerles una vida más apacible y estabilidad económica. Les enviaría dinero para que no les faltara nada.

La decisión estaba tomada. Fijó la fecha de partida sin vacilar. Se sentía joven y segura de sí misma; no estaba dispuesta a seguir soportando las humillaciones de un hombre que no la respetaba. Las infidelidades se habían repetido desde el primer embarazo.

—¡No más! —se dijo.

El día de su partida brillaba un sol esplendoroso. Su madre la acompañó junto con sus dos hijos y otros familiares. Amanda abrazó a todos y, sintiéndose fuerte, se tragó las lágrimas. El mayor de sus hijos la miraba sin comprender del todo lo que estaba sucediendo. Años después, él se lo recordaría.

Su ingreso a los Estados Unidos se produjo sin inconvenientes, como el de tantos turistas que llegaban al país. Su hermana la esperaba en el aeropuerto y la recibió en su casa.

Después comenzó una rutina que nunca olvidaría: trabajar, ahorrar y enviar dinero a Venezuela. Aprendió a salir a trabajar pese al frío, la lluvia y la nieve, soportando todas las inclemencias de un clima al que no estaba acostumbrada.

El invierno, aquel terrible invierno, le enseñó a vestirse por capas: jackets, chalina, guantes, gorros, orejeras, cremas para evitar la resequedad de las manos y la piel, protector labial, ropa térmica y poleras. También aprendió a desplazarse por la ciudad. Cuando todavía no existían las aplicaciones ni el GPS, debía confiar en los itinerarios impresos de las empresas de transporte público. Y cuando había que ahorrar, siempre quedaba la otra alternativa: caminar, caminar y caminar, cuadra tras cuadra.

Cada fin de semana tenía una cita obligada con la librería de la ciudad, donde podía acceder a una computadora y conectarse a internet para comunicarse con su familia por correo electrónico. También recurría a las cabinas telefónicas que alquilaban las casas de envío de dinero. Por cada depósito que realizaba, le correspondían cinco minutos de llamada.

Bajo esa rutina transcurrieron algo más de cinco años. Amanda procuraba conseguir los mejores empleos y se esmeraba en hacer bien su trabajo para obtener los ocasionales aumentos de sueldo. A todo ello se sumaba la lucha constante contra su situación migratoria irregular, que representaba una de sus mayores preocupaciones.

Finalmente, logró cierta estabilidad al conseguir un buen empleo en un warehouse de ropa. Todos los días tomaba el tren de regreso a casa y, desde la estación, caminaba unas quince cuadras. A veces lo hacía sola; otras, acompañada por sus compañeras de trabajo, quienes, al conocer su nacionalidad, comenzaron a llamarla «la Chama».

Las nuevas amistades le permitieron salir del círculo rutinario del trabajo y la casa. Amanda era una mujer alegre y participaba con entusiasmo en las fiestas y reuniones que organizaban sus colegas.

Compartir con sus amistades la hacía sentirse mejor, aunque procuraba no involucrarse sentimentalmente con nadie. El asedio de algunos pretendientes le ocasionaba dificultades, pero Amanda tenía muy claros sus objetivos y no estaba dispuesta a iniciar una relación amorosa hasta conseguirlos.

Sin embargo, la vida tenía preparadas algunas sorpresas para ella.

La avenida principal de la ciudad estaba llena de negocios, restaurantes, talleres automotrices, locales de comida china y clínicas dentales. Entre aquellos establecimientos había un minimercado en el que uno de los empleados había comenzado a interesarse por una mujer que pasaba todos los días, casi a la misma hora.

A esa hora, el hombre acostumbraba interrumpir sus actividades para vigilar la llegada de aquella dama. La observaba aparecer con el bolso al hombro, caminando con paso firme y apresurado, sin imaginar que alguien esperaba diariamente su paso.

El compañero de Mario se había percatado de las inquietudes sentimentales del español, un hombre maduro que andaba buscando novia. Solía justificar sus intenciones parafraseando aquella frase bíblica de la creación: no era bueno que el hombre estuviera solo.

—Otra vez, Mario, soñando con la muchacha.

—Tengo que armarme de valor y presentarme algún día.

—Claro. De paso, te apareces con un ramo de rosas.

—¿Y por qué no? No es mala idea. Ya verás, ¡claro que iré!

En una de sus conversaciones telefónicas con su hijo, que estaba próximo a cumplir diez años, Amanda le prometió un lindo regalo que ya había coordinado con su madre. Quería entusiasmarlo y, quizá sin medir las consecuencias, le hizo una pregunta de la que después se arrepentiría.

—¿Qué otra cosa quieres que te regale, aparte de la sorpresa que te daré con tu abuelita?

—La respuesta del niño fue inmediata:

Que vengas, mamita. Que vengas un ratito y después te vas, pero ven.

La conversación terminó, pero para Amanda todo había cambiado. Su situación migratoria irregular todavía no le permitía regresar a Venezuela. Aquella noche no pudo dormir, atormentada por el deseo de su pequeño.

Durante la hora del almuerzo, las conversaciones en el trabajo giraban con frecuencia en torno a los problemas personales de cada compañero. Amanda escuchaba a uno decir que ya había ahorrado lo suficiente y que había llegado el momento de regresar a su país. Incluso tenía fijada la fecha de partida: cinco años habían sido suficientes.

Otro contaba que llevaba diez años sin ver a sus hijos y que ya no pensaba regresar. Su prolongada ausencia había cambiado demasiadas cosas y ahora intentaba comenzar una nueva vida en los Estados Unidos.

Amanda comprendía que la emigración causaba estragos en las familias. No solo en aquellas que se habían separado cuando uno de sus miembros partía solo, sino también en las que habían emigrado juntas. Algunas parejas, pese a haber llegado con sus hijos, terminaban separándose, convencidas de que cada cual debía buscar su propio futuro.

Una de sus compañeras solía repetir una afirmación que Amanda escuchaba con temor:

—Si vienes sola y dejas a tus hijos allá, tarde o temprano tendrás que escoger. O eres madre o eres mujer. Te quedas y haces una nueva vida, o regresas con los tuyos.

Una tarde de verano, bajo un sol esplendoroso, el español decidió que no esperaría más. Su corazón, se dijo, había sufrido bastante y el plazo de la espera había terminado.

Ansioso, se asomó varias veces a la enorme ventana para comprobar si Amanda aparecía al final de la calle.

Finalmente la vio aparecer, caminando, como siempre, a paso apresurado. Sabía que pasaría frente al minimercado, aunque por la otra acera, y que podría verla una vez más sin que ella sospechara que llevaba días esperando aquel momento.

Sin pensarlo más, salió a la calle y la esperó. Cuando Amanda estuvo a su altura, comenzó a hacerle señas con las manos. Ella ni siquiera lo miró; probablemente ni se había percatado de su presencia.

Desesperado al comprobar que sus gestos no surtían efecto, Mario soltó un silbido. Amanda volteó, sorprendida. Por unos segundos se miraron en silencio. Él se quedó mudo y ella, después de observarlo brevemente, continuó caminando.

El español no se dio por vencido. Cruzó apresuradamente la calle y corrió tras ella. Pero al subir a la vereda tropezó y trastabilló. Fue entonces cuando Amanda volvió la cabeza y no pudo evitar sonreír. Habría querido soltar una carcajada al ver cómo aquel hombre luchaba por no caer de bruces. Después de unos pasos torpes, Mario consiguió recuperar el equilibrio y mantenerse en pie.

—Por favor, espéreme.

Amanda se detuvo y lo miró con desconfianza.

—¿Usted me conoce?

—No, no. Soy Mario Zabalaga, español. Trabajo como encargado de un minimercado aquí en Nueva Jersey.

Le extendió la mano, intentando recuperar la compostura.

—Mucho gusto —respondió ella, todavía con cierto recelo.

Mario se disculpó por la forma en que se había presentado e intentó mostrarse lo más formal posible.

Pese a la manera tan peculiar en que se habían conocido, entre ambos pareció surgir cierta química. Amanda sintió que aquel hombre tenía algo diferente de los otros pretendientes que había conocido. No sabía exactamente qué era, pero le agradaron su educación y la forma respetuosa en que la trataba.

Aceptó intercambiar sus números telefónicos con la intención de conocerse un poco más. La Chama decidió aceptar el reto que la vida le ponía delante. Después de todo, aquel encuentro había sido tan inesperado que valía la pena arriesgarse.

La relación prosperó y, con el tiempo, terminó formalizándose.

Comenzaron a vivir juntos con la intención de casarse más adelante, algo que finalmente ocurrió. Una vez resuelta su situación migratoria, la Chama consiguió un empleo estable y, como tantos otros inmigrantes, pudo cumplir uno de sus sueños: comprarse un automóvil que le permitiera desplazarse con mayor libertad por el país.

Durante el noviazgo, antes de casarse, ambos hablaron de sus vidas pasadas, como suele ocurrir en las relaciones que comienzan a encaminarse hacia el matrimonio. Se contaron sus experiencias y procuraron dejar las cosas claras para evitar futuros reclamos.

Mario llevaba muchos años divorciado y tenía una hija que vivía con su madre en otro estado y a quien veía muy poco. Amanda, por su parte, le habló de sus dos hijos y de su mayor deseo: traerlos a vivir con ella cuando estuviera en condiciones de hacerlo.

La propuesta no era del todo del agrado de Mario. Estaba acostumbrado a vivir solo, a manejar sus horarios y a disfrutar de una tranquilidad que durante años había considerado indispensable. La idea de compartir su hogar con dos muchachos a quienes no conocía le resultaba incómoda.

Sin embargo, había aceptado esa posibilidad por amor a ella, su ahora esposa.

La Chama comenzó a adaptarse a su nueva vida matrimonial mientras preparaba el viaje a Venezuela para reencontrarse con sus hijos. Nunca había dejado de comunicarse con ellos ni había descuidado el envío de dinero para que vivieran con comodidad, dentro de las posibilidades que ofrecía un país sacudido por graves conflictos políticos y económicos.

Cuando terminó los preparativos para aquel viaje tan esperado, le recordó a su esposo que, si las circunstancias lo permitían, su intención era traer a los muchachos a vivir con ellos. Confiaba en contar con su apoyo.

Mario era un hombre solitario. Amanda había sido la única persona capaz de alterar una rutina que durante años había considerado inamovible. Aquella mujer le había ofrecido una segunda oportunidad sentimental, una posibilidad que ya creía perdida.

La idea de vivir con hijos ajenos, sin embargo, no terminaba de convencerlo. Su soledad había llegado a convertirse en una parte esencial de su vida, y compartir el hogar con dos muchachos desconocidos suponía un cambio que no había buscado.

Aun así, por amor a su esposa, estaba dispuesto a intentarlo.

Finalmente, llegó el día de la partida. Amanda había comunicado previamente a su madre la fecha de su llegada y le había pedido que avisara a sus hijos y a los demás familiares.

Llevaba la maleta llena de regalos y el corazón desbordado de ansiedad. No quiso que nadie la acompañara al aeropuerto. Ni su hermana ni su esposo. Prefirió tomar un taxi.

El trayecto hacia Newark transcurría bajo un sol esplendoroso. En un semáforo, mientras el automóvil esperaba la luz verde, Amanda observó junto a la carretera a una pata que avanzaba entre los arbustos, seguida por sus pequeños patitos en una fila ordenada.

La escena la emocionó.

Al llegar al aeropuerto, todo le resultaba familiar y, al mismo tiempo, distinto. Observaba a las parejas que viajaban con sus hijos, las escenas de despedida y los reencuentros, aquellos abrazos prolongados acompañados de las inevitables lágrimas.

Estaba anocheciendo cuando el avión aterrizó en Caracas. El descenso le había parecido interminable, como si nunca fuera a llegar el momento de tocar tierra.

Finalmente salió al vestíbulo del aeropuerto y divisó a su madre, rodeada de familiares que la saludaban agitando las manos. Los abrazos fueron interminables, especialmente el de su madre, que no dejaba de besarla y acariciarla.

Amanda hizo lo mismo con su hijo mayor, estrechándolo entre sus brazos, tratando quizá de recuperar en unos segundos los años que habían permanecido separados.

Cuando se tranquilizó un poco, preguntó por el menor. Le explicaron que, debido a un resfriado, se había quedado en casa.

Durante los dos días siguientes, las conversaciones familiares fueron constantes. Preguntaba por unos y otros, por aquellos que habían fallecido y por quienes también habían emigrado, empujados por los problemas del país.

Finalmente, cuando estuvo a solas con sus hijos, estos le contaron que su padre había llevado a varias mujeres a la casa, aunque nunca se había quedado con ninguna. Algunas, según le dijeron, habían sido muy buenas con ellos.

Al principio, Amanda se resistió a aceptar que algo no funcionaba como había imaginado. La relación con sus hijos no fluía de la manera que esperaba. Se comportaban con ella como cuando conversaban por teléfono: eran cordiales, pero mantenían cierta distancia.

El encuentro no estaba resultando como lo había soñado. La respuesta más dolorosa llegaría del menor, que apenas la conocía en persona.

Amanda había creído que las fotografías, las llamadas y las facilidades de comunicación de los últimos años ayudarían a mantener vivo el vínculo. Ahora comenzaba a comprender que aquellas herramientas no habían podido sustituir la convivencia.

—Soy tu madre —le dijo Amanda.

El muchacho la miró y respondió con cordialidad:

—Me da mucho gusto conocerte, mamá. Te agradezco todos los regalos que me has enviado. Nunca me faltó nada gracias al dinero que mandabas a la abuela.

Amanda lo abrazó repetidas veces, esperando sentir en aquellos abrazos la misma emoción que la embargaba a ella. Pero esa reciprocidad no llegaba.

Cuando finalmente se quedó a solas con el mayor, Amanda sintió deseos de culpar a su ex pareja. Por un momento pensó que él podía haberla desprestigiado ante los muchachos, predisponiéndolos en su contra. Sin embargo, prefirió callar.

—¿Quieres venir conmigo y con tu hermano a los Estados Unidos? —le preguntó.

—No, mami. Sabía que esa sería la pregunta. Además, ya me la habías insinuado varias veces. Estoy en el primer año de Derecho y quiero continuar aquí.

—Hijo, las cosas no están bien.

—Lo sé, mami, pero te repito que no queremos irnos.

Amanda guardó silencio unos instantes.

—Está bien, no voy a insistir. Ya eres todo un joven, y muy guapo, hijo —le dijo mientras le acariciaba el cabello.

El muchacho la miró y le recordó:

—Mami, yo tenía cinco años cuando te fuiste. Ahora has vuelto y tu familia está aquí. ¿Por qué no te quedas?

—Ya te lo he explicado muchas veces, hijo. Lamentablemente, no puedo.

Amanda necesitaba desahogarse. Le dolía comprobar que sus hijos no respondían a sus muestras de cariño como ella había imaginado durante tantos años. Su madre intentaba consolarla, explicándole que los muchachos la querían a su manera y que debía comprender lo que significaba para ellos haber crecido sin su presencia cotidiana.

Amanda regresó a Nueva York deprimida. En el aeropuerto la esperaba Mario. Durante el trayecto, mientras la lluvia caía torrencialmente sobre la carretera, ninguno de los dos encontró palabras para romper el silencio.

Miraba por la ventana y repasaba una y otra vez lo ocurrido durante aquellos quince días. Había pasado años trabajando, ahorrando y enviando dinero, convencida de que algún día podría reunir a su familia. Sin embargo, ahora comprendía que la vida no siempre devuelve aquello que uno sacrifica por ella.

No podía culpar únicamente a las circunstancias, ni tampoco a los demás. Había tomado sus propias decisiones, convencida de que eran las mejores para sus hijos y para ella. Quizá lo habían sido en algunos aspectos; en otros, el precio resultaba mucho más alto de lo que había imaginado.

Mario conducía en silencio. Estaba allí, a su lado, como le había prometido. Amanda sabía que podía contar con él, pero también comprendía que había dolores que ni siquiera el amor de otra persona podía aliviar por completo.

Entonces recordó las palabras de una compañera de trabajo:

—O eres madre o mujer, tú decides.








Cojín.

Por: Néstor Rubén Taype 


Rodó como ruedan los troncos en el agua, dando vueltas hasta terminar en la orilla, convertido en una masa de arena. Las olas lo habían revolcado tal como él quería. Levantó la mirada para vernos allí donde estábamos.

—Oe, ya pe', carajo, falta una más. No se hagan los cojudos —gritó.

Nos acercamos riéndonos y, nuevamente, Lucho y yo lo tomamos de los brazos y las piernas. Estuvimos quietos, esperando una buena ola, y lo lanzamos al agua con todas nuestras fuerzas. Cojín cayó como un saco de arena contra la ola. Nos quedamos vigilándolo, porque la marea estaba un poco alta y temíamos que esta lo jalara mar adentro.

—Ya pe', ¿qué chucha? No hay que movernos pa' tazarlo —dijo Lucho.

Felizmente, la ola lo sacó nuevamente a la orilla. Moviéndose como un lobo marino, se arrastró hasta donde el agua apenas besaba la arena. Se quedó allí, mirando la playa y haciendo cerritos de arena. De vez en cuando nos llamaba, señalando a las chicas que pasaban y haciendo gestos con las manos para indicarnos que las fulanas tenían buen trasero o buenos pechos.

Conocí a Cojín cuando teníamos unos doce años. Estábamos peloteando en la pista, calentando antes de jugar al fulbito. Esperábamos a los demás amigos que habíamos llamado para comenzar el partido. Cuando terminó toda la ceremonia de escoger a los jugadores y decidir de qué lado jugaríamos —porque el fulbito tiene sus reglas, que todo el mundo respeta, aunque no haya árbitro—, uno de ellos me preguntó si quería tener a Cojín en nuestro equipo. Le dije que sí.

—Váyanse a la mierda —fue su respuesta.

Yo no entendía la razón de su respuesta. Por lo demás, no le di importancia y comenzamos a jugar como si nada.

Cuando terminó el partido, nos fuimos todos al jardín de enfrente a tomar agua de la manguera. No había cosa más deliciosa que beber aquella bendita agua sin parar.

Pregunté por qué Cojín se había molestado. Entonces, uno de ellos me explicó:

—A ese huevón no le gusta jugar de «camote». Quiere que lo cuenten y por eso se fue a la «J». Allá los malosos sí lo hacen.

Vivíamos en una urbanización recién estrenada, a fines de los años sesenta. Cada cadena de edificios estaba señalada con una letra.

Una noche, mientras jugábamos bolero —uno de aquellos juegos que se han ido perdiendo con el tiempo— con la gente del barrio, escuchamos una bronca en el grupo que estaba junto a nosotros.

Cojín estaba sentado en una de las bancas, que eran una suerte de adoquines de concreto con los que se adornaba el parque. De pronto, lo vimos caer al piso.

Corrimos a ver qué estaba pasando. Todavía en el suelo, Cojín puteaba y exigía que lo levantaran. Estaban jugando «cachito», con dados, y al parecer alguien no había querido aceptar la derrota.

—¡Cojo pendejo! ¡Quieres ganar con trafa! —se escuchó gritar.

—¡Ahora nos agarramos, huevón! Me empujaste desprevenido.

Uno de los padrinos intervino:

—Escoge el tuyo, cabrón —le dijo a su contendor.

Se dirigieron al jardín, donde había suficiente pasto. Cojín se acomodó después de dejar sus muletas a un lado, como ya era su costumbre. Era la única manera en que podía pelear.

El otro muchacho se sentó a su lado. Ambos quedaron frente a frente, con los torsos inclinados, mirándose mientras se acomodaban para el combate.

—Jura por tu madre que no vas a usar las piernas para pelear contra Cojín —le dijo uno de los padrinos.

—Ya lo juro, pe', carajo —respondió el otro.

Ambos mantenían las manos hacia atrás, sujetadas por los padrinos, quienes contaron al unísono:

—¡Uno, dos, tres, ya!

Inmediatamente comenzaron a golpearse, mientras la gente se arremolinaba a su alrededor. Las luces del jardín parecían iluminarse más, alumbrando las figuras de aquellos dos cuerpos que se revolcaban, jadeantes, sin darse tregua.

La figura de san Martín de Porres, una estatua de un metro de alto refugiada en su gruta e iluminada por un par de fluorescentes, parecía ser un espectador silencioso de aquel enfrentamiento.

De pronto, vimos que Cojín agarraba una de sus piernas con la prótesis  y se la lanzaba a su oponente. Este pegó un grito y, dando un salto, se puso de pie. Luego, entre insultos, pateó ferozmente a Cojín, hasta que los padrinos corrieron a protegerlo.

No era la primera vez que Jacinto, a quien llamaban Cojín, terminaba rompiendo las reglas de una pelea. Afectado por la polio, usaba unos fierros en las piernas que le servían de soporte, pero que también empleaba como arma de defensa cuando lo consideraba oportuno. Y, claro, hacían daño.

Jacinto era, básicamente, un incorregible picón.

Sin duda, Cojín era un personaje del barrio por muchas razones. Para empezar, nunca se sintió un inválido ni se consideró disminuido en ningún sentido. Era atrevido y malcriado para pedir las cosas; además, pagaba por cualquier servicio y no rogaba para que lo aceptaran.

Ir a la playa, por ejemplo, era una de las cosas que más le gustaban, y previamente hacía todos los arreglos para su estadía. Pagaba para que lo movilizaran si había que caminar mucho. Entonces lo colocaban sobre una tabla con ruedas, precursora de las patinetas modernas.

Una vez en la playa, pagaba para que lo lanzaran al agua contra las olas. Un sol costaban tres tiradas, pero tenía que pagarles a dos personas.

Plata era lo único que jamás le faltaba. La conseguía pidiendo limosna en los mercados del centro de Lima, donde algunas veces me lo encontré.

—Circula, pe', carajo. ¡Puta, no me mires, que estoy chambeando, pe', huevón! —decía a media voz.

Cojín vivió su adolescencia sin reparos. Nada le impedía divertirse como cualquier otro y, ante cualquier dificultad, siempre encontraba una salida.

Sus visitas al conocido prostíbulo «La Nene» eran todo un acontecimiento, y siempre las anunciaba con mucha bulla.

—¡Hoy me toca cachar, carajo! ¿A ver quién viene conmigo?

Los ayayeros abundaban, porque él pagaba la entrada y la coima para que les permitieran ingresar, pues todavía eran menores de edad.

Los fines de semana eran los que más caros le salían. Después de la borrachera que se iba a pegar, necesitaba gente que lo llevara a su casa. El gasto era doble: una sola persona no podía dejarlo en su domicilio.

—Te pago adelantado por dos. Tú consigues al otro. No falles, huevón. Me buscas en el jardín de la «K», como a las dos de la mañana. No te olvides de recogerme y dejarme en mi jato.

Fallarle podía ser muy peligroso. Cualquiera de los malandros y achorados de la zona, con quienes Cojín se llevaba bien, podía caerle encima y dejarle unos buenos recuerdos.

En los años setenta, cuando andábamos por los quince años, llegó al barrio la novedad de la marihuana, traída por los maleados de la quinta zona.

Después de un partido de fulbito, uno de ellos repartió unos puchitos entre todos, diciendo que eran muestras gratis.

—Pa' que conozcan la vida, cabrones —había dicho.

Esa misma noche, Cojín se fumó una buena cantidad de tronchos. El asunto terminó con él convertido en un loco que agarraba a muletazos a todo el que tenía cerca.

La gente lo dejó solo en el jardín de la «J». No le pegaron, pero, una vez que se quedó dormido, se cuadraron frente a él como un pelotón de fusilamiento y miccionaron sobre su cuerpo.

Días después, ya repuesto de aquella tremenda mala noche, juró que nunca más volvería a meterse un troncho. Tampoco reclamó por el reguero de orines que le habían dejado encima.

El trato de Cojín con los demás solía ser despectivo y arrochador. Otros dirían que era creído y, cómo no, vanidoso.

Era aliancista a morir. Cuando ganaba su equipo, invitaba trago; cuando perdía, desaparecía del barrio durante varios días.

Cuando dejamos atrás la adolescencia, Cojín había cambiado un poco. Trabajaba como recepcionista en una zapatería del mercado del barrio. Otras veces lo hacía en una notaría del centro de Lima, llevando papeles de una oficina a otra.

Un buen día me dijo que se iría a la Argentina con unos amigos para buscar nuevos horizontes. Y así fue: Cojín desapareció del barrio durante una buena cantidad de años.

La historia quedó allí. Cuando alguien preguntaba por él:

—Oe, ¿cómo era el Cojo? ¿Verdad que...?

Antes de que terminara la frase, llegaba la inmisericorde respuesta de siempre:

—Ese cojo era un conchasumadre.

Cojín nunca permitió que lo compadecieran ni que lo miraran con lástima por andar con sus muletas. Tampoco consiguió despertar demasiadas simpatías. Solo quería ser como cualquier otro.







Mi propio sendero

Sorry pues.

  Por: Néstor Rubén Taype  —Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto. —Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me q...