Por: Néstor Rubén Taype
—Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto.
—Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me quedara?
—Pero siquiera te hubieras despedido de mí, ¿no?
—Tú sabías que me iba a ir en cualquier momento.
—Pero no tan pronto. Realmente me has sorprendido.
—Bueno, estoy en el aeropuerto. Ya le avisé a mi hija que llego esta noche.
—¿A qué hora sale tu vuelo?
—En una hora y media.
—Voy para allá.
—No hay necesidad, nada va a cambiar. Igual me voy a ir.
—Voy, voy. Espero alcanzarte.
La universidad fue el lugar donde Gonzalo y Rebeca se conocieron. Aunque ambos estudiaban carreras diferentes, el comedor se convirtió en su punto de encuentro. Allí cruzaron las primeras miradas y fue precisamente en ese lugar donde él le cedió su sitio en la cola para comprar el menú del día.
—Pase usted, después de usted —fueron las frases que intercambiaron, parodiando al profesor Jirafales y a doña Florinda. Una anécdota que recordarían con frecuencia durante su relación.
Rebeca era una mujer muy atractiva, inteligente y de carácter fuerte. De tez clara y cabello castaño, contrastaba con el joven trigueño que era Gonzalo. Cuando el enamoramiento prosperó, él recibía con frecuencia las felicitaciones de sus amigos, quienes no ocultaban su sorpresa por haber conquistado a una mujer como ella.
Ella se graduó como contadora y consiguió un buen empleo en un ministerio del Estado. Él apenas logró avanzar hasta el sexto ciclo en Derecho, que finalmente no llegó a concluir. Sin embargo, ambos confiaban en sus posibilidades y continuaron con sus respectivos proyectos.
El embarazo, que llegó antes de lo previsto, apresuró el matrimonio. Inicialmente se instalaron en casa de los padres de Rebeca, quien disfrutaba de una situación económica bastante cómoda.
Después de un par de años de convivencia ocurrió algo inesperado. La madre de Gonzalo, quien residía en Estados Unidos desde hacía muchos años, había prometido llevarse a sus hijos. Sus dos hermanas ya se encontraban con ella y ahora le había llegado el turno a Gonzalo, quien recibió la comunicación para presentarse en la embajada estadounidense.
La noticia alteró los planes de ambos. Al principio, Gonzalo prefirió ocultársela a su esposa, temeroso de su reacción. Finalmente, una noche decidió contárselo.
Rebeca le explicó que aquel cambio complicaba los planes que venía gestionando con unos amigos para conseguirle un empleo en una empresa privada. De esa manera, él podría incorporarse al mundo laboral y terminar sus estudios de Derecho.
Sin embargo, el amor todavía estaba vigente entre ambos. Rebeca comprendió que Gonzalo tenía una oportunidad de reunirse con su madre y le permitió viajar, con la esperanza de que regresara y pudieran continuar con los proyectos que habían concebido juntos.
Gonzalo permaneció algunos meses en Estados Unidos. Aquella primera separación, aunque inicialmente parecía temporal, comenzó a abrir una distancia entre los dos.
Meses después, Gonzalo regresó a Nueva Jersey, esta vez con su residencia en regla. Así comenzaron las idas y venidas entre ambos países. Durante cinco años, aquella dinámica se convirtió en una rutina que ninguno de los dos había imaginado al casarse.
Gonzalo insistía en convencer a Rebeca para que se trasladara a Estados Unidos y comenzaran una nueva vida. Sin embargo, durante uno de sus viajes recibió una propuesta de sus dos hermanas que terminaría complicando aún más las cosas.
Ellas le plantearon que permaneciera en la casa de su madre, quien acababa de jubilarse. Ambas ya se habían casado y vivían por separado. Se comprometían a pagar el alquiler de la vivienda, mientras Gonzalo se encargaría de acompañar y cuidar a su madre.
En otras palabras, habían decidido que él asumiera una responsabilidad de la que ellas querían desentenderse.
Gonzalo aceptó, casi sin oponer resistencia. Sabía que aquella propuesta era injusta, sobre todo porque él también tenía una familia y una esposa que esperaba construir una vida a su lado. También sabía que tendría que explicárselo a Rebeca y conocía suficientemente su carácter para imaginar cuál sería su reacción.
Pero, una vez más, prefirió aceptar las circunstancias antes que enfrentarlas.
Las idas y venidas continuaron durante algunos años más, hasta que la paciencia de Rebeca comenzó a agotarse.
En una oportunidad aceptó viajar a Estados Unidos, pero puso una condición: no llevaría consigo a su hija. Se alojaría en casa de su suegra y permanecería allí durante dos meses, el tiempo que había conseguido de licencia en su empleo en Guayaquil.
Quería demostrarle a Gonzalo que estaba dispuesta a comprender su situación y hacer un esfuerzo por salvar el matrimonio.
Con su documentación de residente en regla, se inscribió en una agencia de empleos y consiguió trabajo poco después. Durante algo más de un mes pasó por diferentes factorías, mientras se alojaba en casa de su suegra.
Pero aquella experiencia terminó de colmar su paciencia. Comenzó a comprobar que el compromiso de sus cuñadas de pagar el alquiler de la vivienda no era más que una manera de dejar a Gonzalo como único responsable del cuidado de su madre. Ellas habían encontrado la forma de desentenderse de una obligación familiar, trasladándosela a su hermano, sin importarles que él también tuviera esposa e hija.
Mientras tanto, Gonzalo trabajaba casi doce horas diarias en una empresa dedicada al mantenimiento de jardines.
Rebeca comenzó a descubrir la verdadera dimensión de aquella vida. Los horarios de ambos apenas les permitían verse y los fines de semana se consumían entre el lavado de ropa, las compras en los supermercados y las tareas domésticas.
Aquello distaba mucho de la vida que ella había dejado en Guayaquil. Allí tenía un buen empleo, una profesión y una situación económica que no la obligaba a vivir con semejante sacrificio.
En conversaciones con sus amistades y familiares en su país, comenzó a expresar su malestar. La rutina le resultaba insostenible y comprendía que tendría que tomar una decisión.
Los domingos, después del mediodía, era cuando disponían de algún tiempo para conversar. Una de aquellas tardes, Rebeca decidió plantearle abiertamente que las cosas no estaban funcionando.
Le dijo que no podía soportar aquel tipo de vida, en un país que no sentía suyo y donde no encontraba razones para permanecer. En realidad, no tenía apremios económicos en Guayaquil. Allí contaba con un buen empleo, ejercía su profesión y había conseguido una estabilidad que ahora parecía haber perdido.
Volvió a proponerle que regresaran juntos. Le recordó que a él le faltaba poco para terminar su carrera y que podía ayudarlo a conseguir un empleo cuando estuvieran nuevamente en Guayaquil.
Gonzalo escuchaba, pero decía poco. Sus prolongados silencios desesperaban a Rebeca. Ella tenía la impresión de que su mayor preocupación seguía siendo el cuidado de su madre y que el matrimonio había pasado a ocupar un lugar secundario en sus prioridades.
El aeropuerto de Newark quedaba relativamente cerca y Gonzalo consiguió llegar a tiempo para darle el alcance.
Desde cierta distancia la vio sentada. Poco después, Rebeca se puso de pie, seguramente porque había llegado el momento de pasar el control de seguridad.
Gonzalo la contempló y volvió a encontrar en ella aquella belleza que tanto lo había cautivado. Recordó las bromas de sus amigos cuando comenzaron a salir, quienes le decían que la rubiecita debía ser corta de vista para haberse fijado en él.
Se acercó. Rebeca lo miró con ternura y, por un instante, su rostro pareció reflejar cierta nostalgia. Pero aquella expresión cambió repentinamente.
—Apúrate y dime qué tienes que decirme. Ya es hora de partir.
—Quédate —dijo él.
—Por Dios, no insistas. No has hecho nada por cambiar las cosas. He pasado por todos esos lugares a los que me llevó la agencia de empleos: los quesos, las pelucas, los espejos, los jamones y hasta las mudanzas. Cumplí con mi parte, pero ya está bueno.
—Sorry, así dicen aquí, ¿no?
—Sorry, pues, pero no tengo necesidad de radicar aquí. Allá estoy bien, con mi hija. Si no regresas, te pediré el divorcio. Han pasado ocho años con la misma historia. Vas y vienes para traerme unos cuantos dólares. Quédate aquí cuidando a tu mamita, que ese es el encargo que te han dado las sinvergüenzas de tus hermanas.
Rebeca lo besó en la mejilla y se marchó.
Gonzalo se quedó allí, sin saber qué más decir. Ella pensaba que aquella despedida había sido injusta, que decirle esas cosas a su esposo había sido duro, pero necesario.
Después de pasar los controles de seguridad, caminó unos pasos más y finalmente rompió a llorar.
El dolor era grande, pero no habría marcha atrás.