Mi propio sendero

 Por: Néstor Rubén Taype 


—¡Cobarde!

La palabra le cayó encima como una piedra.

Carlos aceleró el paso sin mirar atrás. Doblando la esquina, se detuvo apenas unos segundos. Su compañero llegó hasta él y le habló en voz baja, casi sin mover los labios.

—No te garantizo nada. Ya sabes cómo es esto: estás a favor o estás en contra. Por última vez te lo digo como amigo: lárgate y desaparece. Si me dan el encargo, lo haré sin ninguna duda.

Carlos no respondió.

Siguió caminando.

Horas después, sentado junto a la ventanilla del avión, observaba cómo Lima se hacía pequeña bajo las nubes. Los apagones, las explosiones, las reuniones clandestinas, los rostros serios y la disciplina vertical del partido quedaban atrás.

O eso quería creer.

La azafata interrumpió sus pensamientos para ofrecerle el desayuno. Carlos aceptó y comenzó a comer con un placer casi infantil. Hacía tiempo que no disfrutaba algo tan sencillo.

Entonces pensó en su nombre.

Carlos Marx.

Su padre había querido que llevara el nombre de aquel hombre que admiraba por encima de todos. Desde niño había cargado con él como quien lleva una herencia demasiado pesada.

Cuando joven su progenitor se incorporó a las guerrillas de Luis de la Puente Uceda. Creía que podía cambiar el país, acabar con las desigualdades y construir una sociedad distinta. La aventura duró poco.

Después de la muerte del líder guerrillero, el padre fue capturado y enviado a prisión. Una fotografía suya apareció en los periódicos de los sesentas esposado; cuentan que, durante el interrogatorio, se había levantado de la silla y había propinado un cabezazo al oficial que lo interrogaba.

Para su padre, aquello no era una derrota.

Era una prueba de carácter.

El indulto del primer gobierno de Belaúnde le devolvió la libertad, pero no sus sueños. Los había trasladado a su hijo.

—Tú tienes que estudiar Derecho —le repetía—. Para que puedas defender a los compañeros.

Carlos era el tercero de tres hermanos. Los otros dos habían tomado distancia de las ideas del padre. Él no.

Ingresó a San Marcos y comenzó a devorar cuanto libro encontraba. Marx, Engels, Lenin, Mao. Lecturas, discusiones, reuniones interminables.

Pero terminó graduándose en Periodismo, para disgusto de su padre.

Fue en la universidad donde el pensamiento Gonzalo comenzó a seducirlo.

Al principio todo parecía coherente.

Había un enemigo, una explicación para la pobreza, una teoría capaz de ordenar el caos y, sobre todo, la promesa de que alguien sabía hacia dónde debía caminar la historia.

Carlos quiso creer.

Participaba en las actividades políticas, distribuía propaganda y daba charlas sobre la ideología del partido. Cumplía encargos. Asistía a reuniones.

Pero había algo que no podía hacer.

No podía cruzar la línea de la violencia.

Sus compañeros comenzaron a notarlo.

—Es demasiado blando —decían.

Su mejor amigo, un joven abogado ya graduado, fue quien se lo advirtió.

—Están hablando de ti.

—¿Qué dicen?

—Que no eres confiable para las tareas difíciles.

Carlos sonrió.

—¿Y tú qué piensas?

Su amigo tardó en responder.

—Pienso que deberías irte antes de que sea demasiado tarde.

Aquella frase regresó a su memoria mientras el avión se alejaba de Lima.


Llegó a Newark con la esperanza de empezar de nuevo.

Sus familiares lo ayudaron a instalarse y, poco después, contrajo matrimonio. Regularizó su situación y comenzó a construir una vida aparentemente normal.

Una casa.

Un trabajo.

Una esposa.

Un vecindario tranquilo.

Árboles.

Calles limpias.

Nada que ver con aquella Lima de apagones y explosiones.

Sin embargo, había algo que había viajado con él.

Una noche, en medio del sueño, volvió a encontrarse en una calle de Lima.

Caminaba junto a dos compañeros.

Delante de ellos estaba un policía.

Uno de sus acompañantes abrió la mochila y sacó un revólver.

Se lo entregó.

—Acércate.

Carlos sintió que las piernas le temblaban.

—Haz tal como hemos practicado.

Avanzó.

El policía retrocedió y cayó al suelo.

—¡Dispara!

Carlos levantó el arma.

El hombre lo miró.

No había odio en sus ojos.

Tampoco desafío.

Solo sorpresa.

—¡Dispara, carajo!

Carlos no pudo.

Sintió un tirón en el brazo.

Los tres corrieron hacia un automóvil.

Entonces despertó.

Estaba empapado en sudor.

Miró el techo durante varios segundos.

—La misma mierda de siempre —murmuró.

Y volvió a dormir.


Una mañana recibió una llamada de su hermana.

—¿Te enteraste?

—¿De qué?

—Cayó Gonzalo.

Carlos guardó silencio.

—Tu jefecito —añadió ella, con ironía—. Ya viste el video. Mientras su gente se estaba muriendo de frío en las punas, él estaba muy tranquilo en una residencia.

Carlos no contestó.

Después de colgar buscó las imágenes.

Las vio una vez.

Después otra.

La operación policial había sido minuciosa.

El hombre al que alguna vez había considerado un dirigente histórico aparecía ahora reducido a una figura detenida, rodeada de policías y periodistas.

Carlos sintió algo extraño.

No era alegría.

Tampoco tristeza.

Era una sensación más difícil de nombrar.

Su antiguo compañero apareció poco después como abogado defensor del líder senderista.

Entonces Carlos comprendió que su pasado seguía encontrándolo.

Abrió un documento en la computadora.

Pensó en escribir sobre la captura para un periódico de Nueva York.

Escribió unas líneas.

Las leyó.

Borró una frase.

Después otra.

Finalmente presionó la tecla delete y mantuvo el dedo sobre ella durante unos segundos.

Hubiera querido hacer lo mismo con su vida.

Borrar.

Todo.


Pasaron los años.

El Perú cambió.

Sendero fue derrotado.

La democracia regresó.

Los gobiernos se sucedieron.

Carlos criticaba a unos y a otros. Tampoco encontraba respuestas en el país donde ahora vivía.

A veces se preguntaba qué hacía allí.

Había terminado echando raíces precisamente en la tierra que, según las ideas que le habían enseñado desde niño, representaba el imperialismo.

La ironía no podía ser más grande.

Pero lo peor era que ni siquiera podía disfrutarla.

Por las noches regresaba la pesadilla.

Siempre la misma calle.

Siempre los mismos compañeros.

Siempre el policía.

Siempre el arma.

Y siempre él incapaz de disparar.

El hombre caído lo miraba.

Carlos despertaba aterrorizado.

Con los años comenzó a buscar información en internet sobre los antiguos dirigentes de Sendero. Le sorprendía comprobar que, aun después de décadas de prisión, algunos continuaban defendiendo sus ideas.

Había imaginado muchas veces que el fracaso de Sendero le produciría alivio.

No ocurrió.

Descubrió que una parte de su identidad había quedado atrapada allí.

Había perdido una guerra en la que nunca llegó a participar completamente.

Había escapado de un país, de una organización y de una ideología.

Pero no había escapado de sí mismo.


Una noche bebió más de lo habitual.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Y la calle volvió a aparecer.

Esta vez caminaba acompañado por dos hombres.

El policía estaba allí.

Uno de ellos sacó el revólver.

Se lo entregó.

—Ahora.

Carlos sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Tal como ensayamos. Ve y hazlo.

Avanzó unos pasos.

El policía retrocedió.

Cayó.

Lo miró.

—¡Dispara!

Carlos escuchó el grito.

—¡Dispara, carajo!

Y entonces vio a su padre.

No como era al final, sino como lo había visto de niño: joven, desafiante, convencido de que la violencia podía ser el camino hacia un mundo mejor.

Carlos comprendió algo que quizá siempre había sabido.

Tal vez nunca había querido ser revolucionario.

Tal vez había pasado buena parte de su vida intentando cumplir un destino que otro había escrito para él.

Tal vez su verdadera rebelión había sido precisamente aquella incapacidad para disparar.

Pero ahora estaba cansado.

Muy cansado.

Miró al policía.

Después miró el arma.

—Esta vez sí —se dijo—. Esta vez no voy a dudar.

Levantó el revólver.

Pero no apuntó al hombre que estaba frente a él.

Lo llevó lentamente hasta su propia sien.

—Solo es un sueño.

Cerró los ojos.

Disparó.

El estampido rompió el silencio de la noche.

En la apacible villa donde vivía, algunas luces se encendieron. Los vecinos llamaron a la policía.

Cuando los agentes entraron en la habitación encontraron el cuerpo de Carlos sobre la cama.

Había muerto de un disparo en la cabeza.

Registraron la casa.

Revisaron cada habitación.

Buscaron debajo de la cama, en los armarios, en el jardín y alrededor de la propiedad.

No encontraron el arma.

Nunca pudieron explicar dónde había desaparecido.

Y quizá esa fue la última ironía de Carlos Marx:

había pasado toda su vida intentando encontrar su propio sendero.

Y al final, nadie supo exactamente si lo había encontrado.


La Muranga en las Delicias de Villa.

Por Néstor Rubén Taype 


El enorme basural estaba pasando la tercera zona de las Delicias de Villa. Oye Carlos, Juan, Rafael y Flavio el pecoso, vamos a conocer ese lugar que el chato "cuatro latas" no ha contado tanto. Y fuimos para conocer. Preparamos algunas bolsas para traernos juguetes y cosas bonitas que así contaban los chicos de la zona. Caminábamos descalzos en esas arenas casi vírgenes de la Villa de los sesenta, eran arenas santas aún. Hay que llevar las zapatillas, allí si puede haber vidrios y cosas que nos pueden dañar los pies, dijimos. Flavio el pecoso era bien aventado y se iba adelante. llevábamos palos como el tamaño de un baston porque los malditos perros salían a mordernos, cada casa tenía como dos y hasta tres perros, algunos salían moviendo la cola y otros arremetían a morder. Media hora de camino ya llegábamos, ya llegábamos. La mayoría de las casas eran de esteras y solo algunas de cemento. Por fin encontramos el famoso pozo de la tercera zona y jalamos la soga con el balde de agua y tomamos hasta saciarnos y de paso nos mojamos un poco. Oe, todavía nada Flavio?  - ya falta poco no jodan. 

Esa Villa de los sesentas con terrenos de mil metros cuadrados, eran para hacerse unas casotas, pero dicen que nuestros padres estaban obligados a tener animales, ósea, pollos, gallinas, patos, palomas y por eso en mi casa había todo eso. Un rato nos quedamos en el camino correteando a una manada de ovejas que pastaba una familia de la zona. Iban con perros pastores y una media docena de chicos entre ellas la unica mujer una chibola a quien la conocíamos como la "chivatera" era bacán ver como corrían las ovejitas y los perros las cuidaban. Se iban camino a la parte baja de Villa donde si había pasto y agua. Bajando del arenal había una gran franja verde y pantanos donde se alimentaban las ovejitas. De allí estaba separado por la pista larguísima que iba hasta Pachacamac. La pista que separaba como una frontera estaba la bellísima hacienda Venturo, enorme y llena de sembríos en la que un larguísimo camino, terminaba en la playa, una bien brava que mi mama nunca nos dejó bañarnos. La playa se llenaba de carros lujosos y muchos visitantes del club Villa que dicen eran los ricachones de Lima que venían a solearse a la playa a jugar golf y tennis, así era esa zona llamada las delicias de villa en los años sesenta.

Por fin llegamos al tremendo basural, era grandísimo, allí estaba toda la basura limeña sus desperdicios, que incluía también comidas de los restaurantes.  Con las zapatillas puestas paseamos por ese horrible lugar y buscábamos algo que sirviera. Una pelota vieja pero inflada, una raqueta rota, soldaditos y muñecas para las hermanitas. Encontramos una caja pequeña pero que tenía grabada en la tapa una figura como la de un árabe gordo. Al moverla hacia ruido y fuimos a un lado y abrirla, tenía un ganchito medio oxidado y ese sonido parecía plata o algo. después de romper el seguro con mucho cuidado lo abrimos y solo había vidrios rotos y era eso lo que hacía ruido. En un lado del basural había criadero de chanchos que comían basura del muladar, chanchos gordos y sus dueños que nos querían botar. Un chanchito salió y lo correteamos y lo agarramos, era pequeño y los acariciamos, era nuestra mascota. Salio de pronto uno de los dueños con un palo a pegarnos, soltamos chanchito.

La Muranga era enorme y la gente siempre iba a buscar cosas y los chancheros tenían comida asegurada para sus animales. No sabemos que fue después la Muranga, ya no regresamos más. Pero fue un sitio para divertirnos, como lo fue el cerro la estrella para jugar a la guerrita. Detrás del cerro la estrella en la primera zona encontramos un montón de huecos que eran de la guerra con Chile, más alla estaba San Juan de Miraflores. Esas trincheras estaban llenas de huesos y balas, mochilas y arena negra. Y abajo de la primera zona estaba también "la calichera" un abismo de arena que era nuestro lugar de aventuras. Tirarnos desde arriba y caer en la arena como si fuera un colchón. Ese lugar se llenaba de agua y servía como una piscina, el agua solo te llegaba hasta cintura, no era muy honda y era segura como para no ahogarse. Pero, había después de las trincheras del cerro la estrella, pasando otra loma, una tremenda laguna que la llamaban "La laguna de las brujas" en las que si se ahogaron muchas personas. era una laguna en pleno  desierto. 

A cada propietario de las Delicias de Villa les asignaron un terreno de mil metros cuadrados. Siempre imagine que partiendo de cero Villa sería una gran ciudad moderna, con casas hermosas y una gran metrópoli. Fuimos pioneros en esos años de colocar las primeras pistas con hormigón, ripió y piedras que los vecinos impulsaron y que nosotros niños ayudábamos como podíamos. Pero, hoy a la distancia cuando nos acercamos a sus videos vemos que el progreso no ha sido mayor, que hay pobreza y líos, robos, y una ciudad algo desordenada. Ojalá que se organicen y hagan de villa una delicia para vivir como dice su nombre original "Las Delicias de Villa"




¿Yo te pego?

 Por: Nestor R. Taype

Entonces José, un cincuentón en aquel entonces dijo recordar su experiencia en Lima cuando estudiaba la primaria y pasó momentos difíciles con un “matoncito” que estaba convirtiendo sus días en una pesadilla. De pronto sin proponérselo había comenzado a contar su historia frente a nosotros, un auditorio improvisado, pero al parecer muy interesado que le prestaba la más absoluta atención.
“Sonó el timbre del recreo y fui al kiosco de la escuela a comprar algo para mitigar el hambre.
No podía evitar que los nervios asomaran inmediatamente después de tener en mis manos lo que pretendía ser mi refrigerio, sabía que salir al patio del colegio la pesadilla comenzaría en cualquier momento. Entonces caminé muy despacio rumbo al pequeño jardín ubicado cerca de la biblioteca cuyo cerco de ladrillos nos servía de asiento. Nunca pretendí esconderme simplemente esperaba resignado a la humillación y matonería de aquel alumno que hacía gala de fuerza y poderío contra mí. Habían pasado algunos minutos del recreo cuando alguien posó su mano sobre mi hombro y me dio un jalón para que volteara.
– Hey chibolo ¿Yo te pego?
Me quedé callado, de pronto se puso frente a mí dándome un empujón sobre mi pecho
repitiéndome la misma pregunta. Yo quedé nuevamente en silencio provocando que mi agresor me tomara el cuello y me llevara contra la pared esperando mi respuesta. Sin mayores recursos para defenderme le respondí lo que él esperaba.
-Sí, tú me pegas.
Luego de soltarme se echó a reír con su compañero diciendo que últimamente me estaba
poniendo difícil. Antes de retirarse me pidió que le “invitara” el pan con jamón al que apenas le había pegado un mordisco, luego de tomarlo se fue riendo a carcajadas. Cursaba el cuarto año de primaria y con mis diez años a cuestas sabía que esto era un drama que se tornaba insoportable. En casa ya comenzaban a hacerme preguntas por mi brusco cambio de actitud y las prolongadas encerronas en mi cuarto; el bajo rendimiento en las clases también comenzaba a hacerse evidente. Solo, postrado en mí cama pensaba como demonios iba hacer para salir de aquella pesadilla que a mi edad estaba resultando traumática.
 Como todo niño difícilmente contamos nuestras cosas por muchas razones, vergüenza, temor, inseguridad o todas estas cosas juntas que terminan por atarnos. Un día las cosas empeoraron pues el matoncito por divertirse conmigo me rodeo con un grupo de sus amigos durante el recreo, y comenzó a dárselas de boxeador haciendo amagues sobre mi rostro hasta que uno de ellos me impactó en el pómulo dejándome una pequeña hinchazón. Cuando llegué a casa mi madre me encontró llorando, entonces preguntó si había peleado 
 y le dije que sí, cuando quiso saber quién ganó le respondí que no sabía porque nos separaron muy rápido. Para mi sorpresa me dijo que si un día yo llegaba después de una pelea y le decía que había perdido, ella me daría una golpiza encima.
Pasé una semana muy tranquila sin el acoso del matoncito quien había sido suspendido 
de la escuela luego de agarrarse a golpes con un alumno en plena clase, su ausencia me permitió disfrutar en algo mis abrumados recreos. Un domingo mientras caminaba a mi cuarto después de darle las buenas noches a mi madre pensaba como haría para encarar la situación al día siguiente, sabía que él regresaría y lo tendría nuevamente frente a mí burlándose otra vez; no supe la respuesta, pero tenía fe que esa sería la última vez. El timbre sonó y me hizo saltar de mi asiento como nunca, guardé mis cosas tan lentamente como pude y salí contando los pasos, hoy no compraría nada. Uno de mis compañeros de clase me dijo que tenía unas revistas del Hombre Araña para leerlos en el jardín de la biblioteca. Parecía que no ocurriría nada y estábamos los dos cómodamente sentados cuando de pronto apareció el maldito. Era chato, tenía como trece años, estaba en quinto año y tenía la misma talla que la mía. No levanté la vista, sino que miré sus viejos y despintados zapatos negros amarrados con unos pasadores deshilachados que a duras penas sobrevivían.
De un golpe con su mano me hizo volar la revista, se inclinó y acercó su rostro frente al mío haciendo la acostumbrada pregunta de rigor - Hey chibolo ¿Yo te pego? No le respondí y sin mediar ninguna otra advertencia más sentí un brusco empujón, mientras que mi espalda se iba inclinando comencé a levantar la vista y vi su uniforme color caqui, una vieja correa sostenía su pantalón, pude apreciar su corbata que era similar a una pita sucia ajustándole el cuello de la vieja camisa y finalmente observar esa sonrisa burlona, esa mueca en el labio derecho que tanto odiaba. Caí de espaldas como un viejo costal, pero la humedad del jardín hizo que amortiguara el golpe pues pudo haber sido peor. Me senté inmediatamente y me di cuenta de que algo extraño ocurría, mi vista no veía al resto, solo a él, al maldito “chato”, a los demás los ocultaba una suerte de neblina. En esos segundos pensé en mi viejita, qué mierda le inventaría ahora que estaba enterrado de barro hasta la cabeza, de seguro no me creería y vendría hasta el colegio para averiguarlo. Me puse de pie mientras que él se reía frente a mí, entonces me dije, lo menos que se puede imaginar este enano es que me defienda. Salí del jardín, saltando el muro para tomar viada y de allí me lancé hacia él cayendo ambos pesadamente.
Antes que pudiera levantarse rápidamente me monté sobre su pecho, ahora estaba su rostro
frente a mi muy cerca de mis manos y sin pensarlo más comencé a golpear y golpear con todas mis fuerzas, en un momento sentía que mis puños se resbalaban sobre su cara, pero igual seguía dando golpes, pegando, sacándome de encima seguramente mis temores, mis miedos, mi honda timidez. De pronto me sentí en el aire, en vilo y no escuchaba ruidos solo oía los latidos de mi corazón, uno de los brigadieres me tenía en sus brazos mientras me pedía que me tranquilizara, me dijo – suave chibolo ya lo cagaste al “chato” de mierda. 
Me hizo sentar en el muro del jardín, sentí mis manos húmedas, manchadas de sangre, allí sentí como el despertar de un sueño y el griterío de los alumnos explotó en mis oídos. A él se lo llevaron sus amigos, los míos me dijeron que lo había molido a golpes y se había ido sangrando profusamente de la nariz. Igual terminé en la Dirección de la escuela, pero el testimonio del brigadier valió mucho para que la suspensión se evitara; habían llamado a mi madre que al verme no pudo ocultar una maliciosa sonrisa de aprobación, se lo habían contado todo”
Cuando terminó de contar la historia lo aplaudimos entusiastamente. De pronto apareció el
supervisor diciendo que nos habíamos tomado diez minutos más de la media hora del refrigerio. Entre bromas regresamos apurados a nuestra rutina de siempre.

Chancadito.

¡Jimmy, Jimmy the sweeper section number two, apúrate puñeta! Gritaba Rudy por el altavoz
que se escuchaba por todo el grandísimo warehouse.
Jimmy, que era su nombre real se alegraba que lo llamara su supervisor favorito y se reía de la
frase que utilizaba para hacerlo mientras repetía – puñeta, puñeta, puta que pendejo el boricua
-
Lo primero que me dijo cuándo lo conocí fue lo difícil de acostumbrarse a trabajar en el tercer
turno y que hiciera todo lo posible por mantenerme despierto. Comenzar a las nueve de la
noche y terminar a las cinco de la mañana o más no era una tarea fácil.
Durante ese tiempo las pase negras porque me dormía infinidad de veces y hasta soñaba
mientras caminaba, bastaba recostarme contra la pared para que Morfeo se hiciera presente
invitando al profundo e inmisericorde sueño.
Despertaba sobresaltado y asustado entre cajas y paletas dentro de un camión que me había
tocado trabajar preocupado por si había algún supervisor cercano que me pudiera reportar.
Jimmy me dijo entonces que era mejor turnarnos para dormir alguito siquiera una media horita.
Así buscábamos un camión en la puerta de carga más lejana y mientras uno dormía el otro
laboraba cerca para pasar la voz a tiempo y no pase nada que pudiera perjudicar nuestro
trabajo.
Al igual que yo él manejaba el montacargas o fork-lift como también se le conoce y lo hacía muy
bien, ya tenía como seis meses en el puesto y estaba bien considerado en la compañía. Siempre
me repetía que Rudy el boricua supervisor de su sección, era un excelente tipo gran
colaborador aunque bastante exigente.
- Puta hermano a mí me ha ayudado bastante este boricua por eso cuando me pide un favor yo
vuelo, sabes que le encanta la jalea y la parihuela, se muere por esos platos.
Así mientras me contaba lo del boricua íbamos a los Valles Encantados un conocido restaurante
de comida peruana a pedir la famosa parihuela para Rudy.

A las ocho y media de la noche ya estábamos en la esquina de Rodgers con la avenida Harrison
esperando el carro que nos llevaría a G.A.D. Inc. Así se llamaba la compañía donde
trabajábamos. Cuando ya tuve una semana en el puesto recordaba el primer día que Gustavo el
chofer de Abecco, nuestra agencia de empleos, me pasó la voz para este nuevo puesto en la
noche.
Llegué entonces a la esquina de siempre y encontré a Jimmy esperando también la movilidad.
Cuando llegó la camioneta y entramos pude ver a dos personas, uno se llamaba Rafael y el otro
Omar, sí, el mismo que tuvo la bronca con Charlie.
Partió el carro raudo rumbo al trabajo a pasar la primera noche, la prueba de fuego con la
consigna de no quedarse dormido.
Éramos cuatro los que estábamos designados a ese warehouse y además todos hispanos que
sentíamos muchas veces el racismo de parte del personal, especialmente de los
afroamericanos.

Jimmy era algo extraño y definitivamente ya tenía muchos demonios dentro que se
manifestaba en su trato por ratos algo hosco y violento. Conforme iba conociéndolo me di
cuenta que no tenía amigos, digamos gente que pudiera frecuentarlo. Siempre hablaba de su
estadía en California y cualquier tema lo relacionaba con California que allá era chevere, que
allá estaba su novia y siempre repetía que iba a volver para quedarse definitivamente.
Alguna vez me contó de lo difícil que fue su niñez de un padre que lo rechazaba, de las golpizas
que recibía por sus travesuras y sus malas juntas, de los problemas familiares y la marginación
de parte de ellos que lo marcaron convirtiéndolo casi en un resentido social, alguien que solo
buscaba algo de cariño donde sea donde fuera. Me decía que trabajó de todo en Lima, pasando
por ambulante, palanca de microbus y cargador de verduras y papas en la parada. De su suerte
con las mujeres frase que repetía siempre ufanándose de ser un don Juan cosa que parecía
solamente una fantasía que albergaba inocentemente en su cabeza, como una suerte de
aliento personal para su casi ausente amorío con las féminas.
Me fui dando cuenta que era difícil ser su amigo porque él consideraba la amistad casi como
una propiedad. Así, aunque parezca increíble él decía o decidía quienes podrían ser las
amistades de sus amigos.

Jimmy consideraba a Omar su enemigo por lo tanto yo estaba prohibido de hablarle y cuando lohice me gané su eterna bronca.

El warehouse era grande muy frío durante el invierno, los portones estaban siempre abiertos
para la llegada de los camiones. Había que usar botas, jackets gruesos, guantes y en lugar de
gorras era mejor un pasamontaña por que protegía el rostro, sin contar los polos y pantalones
térmicos Para calentarnos un poco íbamos a ayudar a don Pepe que era como nuestro jefe.
Él se encargaba de encender los calentadores que se colocaban en los camiones para que no se
frisen ciertos productos, estos calentadores eran una especie de cocinas delgadas y altas
impulsadas a gas.
Así pasábamos algo cómodos mientras afuera la nieve caía pacientemente derramando su
blancura por calles, techos, puentes y carreteras de esta vieja ciudad no dejando escapar ni el
recodo más escondido de un basement. El viento de cuando en cuando rompía la calma
empujando ahora la suave nevada dentro de los portones, dificultando el trabajo de cargar los
camiones imponiendo sanciones a nuestros cuerpos castigando nuestras manos.
Acabada la tarea de los calentadores regresábamos a manejar el fork-lift, manteniéndonos
siempre en movimiento por que el inmisericorde frío nos llegaba a los huesos nos congelaba
hasta el pensamiento.

Así a veces sentado en algún portón miraba el espectáculo nocturno de puentes y carreteras
que más allá desembocaban en el puerto de Newark, autos y camiones desfilando uno tras otro
interminablemente brillando sus luces como un árbol de navidad. Me preguntaba entonces
como llegué a parar aquí lejos de mi país, como podía haber salido dejando a la familia como
uno de tantos. Me preguntaba entonces que cosa vendría después, como terminaría esta
historia y cuando traería a mi familia. También asomaba el miedo a vivir solo como muchos
inmigrantes viendo crecer a sus hijos a la distancia conviviendo con sus seres queridos a través
del teléfono y el internet. Extrañaba a mis hermanos, a los amigos de toda la vida, a la Lima
querida, húmeda, nublada, sucia, con ambulantes, microbuseros y todo; igual la echaba de
menos igual los recuerdos se juntaban haciéndome un nudo en la garganta.
Encontré una noche a Jimmy trepado en uno de los andamios que se usaban para guardar la
mercadería, estaba allí agazapado con unos binoculares mirando hacia uno de los portones.
Le pregunté qué pasaba y que era lo que miraba, horas después mientras cenábamos me contó
que estuvo chequeando a un pendejo que se escapaba todas las noches. Ese tipo era Omar
apodado “Rambo” y que estaba cansado de sus jodas, decía que era un abusivo y que
finalmente uno de los dos tenía que irse luego haciendo ademanes con sus manos terminó
diciéndome
- Y por supuesto que quien se va, no es precisamente este pechito –
- Ya te he contado que yo me tumbado un montón de cabrones que se creen mucho, que se la
pegan de mandones, especialmente hispanos que son más abusivos que los gringos.
- Llevo cinco años aquí en este país y lo que he aprendido es que no te puedes dejar pisar por
nadie ni de a vainas porque estos pendejos y abusivos joden, joden a su propia gente.
- Suave Jimmy take it easy Jimmy, puta tampoco te creas tanto cabrón.
- Es que tú no sabes nada pues huevón, eres nuevito, te cuento para que no te jodan.
A Jimmy si teníamos que reconocerle que era un excelente trabajador muy disciplinado,
inteligente y perfeccionista; casi un vicioso del trabajo creo que para él ya no era un oficio era
más bien una obsesión.

Era una forma de mantenerse ocupado y que su cabeza no piense no se diera cuenta que la
soledad lo agobiaba, no quería sentir la ausencia de amigos esa falta de amor de parte de su
familia. Deseaba olvidarse de sus propios demonios de sus odios cansado de ser un marginal
deseaba simplemente estar ocupado dormir y luego comenzar otra vez.
Poco a poco iba descubriendo que perdía sus amistades y no podía controlar su genio su
carácter lo traicionaba y terminaba siempre como el escorpión, haciendo daño.
Nunca tuvo buenas relaciones con sus colegas del trabajo salvo con Don Pepe a quien si
respetaba por su edad.

Así una noche comprobó que “Rambo” se escapaba del warehouse por algunas horas en la
madrugada, continuó siguiéndole los pasos logrando que lo sorprendiera el supervisor boricua
Rudy y por lo tanto le echara el ojo hasta que finalmente una noche le comunicaron que estaba
despedido.
Omar que si tenía papeles nunca imaginó que su “lorna” e indocumentado a quien ellos lo
llamaban “chancadito” le hiciera tremenda jugada para botarlo del warehouse, cosa que se
enteraría muchos meses después.
De allí para adelante Jimmy se sintió el rey del warehouse era un pavo real que hacía
ostentación de su poder y además insinuaba que se le tenía que temer.
Un buen día muy temprano coincidimos en la panadería, siempre llena de gente haciendo cola
para el pancito y el cafecito misma casa del jabonero, el que no cae resbala. Casi todos se
conocen, ahí estaba también la famosa señora que dicen cubana, algo gordita ya entrada en
años, sentada en su mismo sitio tomando su café al lado de su inseparable bastón. Ella paraba
allí casi todos los días como parte de la escenografía de ésta concurrida panadería de la ciudad
en el 2001.
Nos saludamos con Jimmy, nos sentamos a tomar desayuno a pesar que nuestra amistad ya no
era la misma. Me estuvo comentando del trabajo, reclamándome sobre unas paletas que yo
habría movido sin su autorización. Solo me reí y le dije que no estábamos en el trabajo y que se
olvidara del asunto.

De pronto me dijo – Puta este vaso estaóáá medio quebrado voy a cambiarlo – Yo le dije que
solo estaba un poco chancadito que no era para tanto.
- Oye está chancadito como tú – le dije sonriendo.
Se molestó de la broma y me preguntó repetidas veces quien le había puesto esa chapa.
En realidad, yo sabía quién se la puso, pero no era necesario decírselo él insistía saber por qué
ese sobrenombre, yo le daba gusto con algo de maldad.
- Dicen que por la carabina compadre, ósea la pepa, el cacharro pues JImmy - El miraba como
distraído a otro lado y repetía – chancadito, no, chancadito; puta que pendejos.
Jimmy un poco alzado y vanagloriándose de su supuesto poder y de considerarse fijo en el
trabajo cometió el error de sentirse intocable.
Como ocurre siempre la temporada baja llegó y diariamente salíamos más temprano de lo
normal, pero Jimmy siempre salía más tarde para acumular sobretiempo.
Recibió un aviso de la compañía por esta acción, pero él continuo sin hacer mayor caso.
Jimmy seguía enceguecido por su vanidad y el abuso del sobretiempo paso a mayores. Una
noche al llegar a la ventanilla del gringo Fred, rutina que hacíamos todas las noches al llegar al
warehouse y éste le dio la mala noticia que ya no pertenecía a la empresa y por lo tanto sus
servicios habían terminado esa misma noche.

Estaba yo afuera del warehouse junto al camión de comida comprando un café, cuando bajo él
y me dijo algo. La noche estaba fría y aunque no había nevado soplaba un viento helado que
nos hacía temblar. En ese momento entraban una serie de camiones que llegaban para dejar su
carga haciendo un gran ruido. No lo escuche bien y cuando pasaron los camiones y el ruido me
dijo que necesitaba un taxi para ir a su casa. Él no sabía mucho de este servicio porque siempre
esperaba a alguien que lo llevara hasta el paradero más cercano para tomar su bus. Le dije que
de allí a casa le iba costar más o menos veinte dólares y luego de aceptar le pedí la movilidad.
Mientras esperábamos el carro se quedó callado y no habló absolutamente nada así estaba
Jimmy el sabelotodo el que se creía intocable estaba jodido. Quizás recordaba ese momento
nuestras conversaciones cuando hablamos que mucha gente creía que los gringos eran uno
cojudos y que uno se los podía pasear cuando quería, nada más falso y nosotros que habíamos
visto bastante lo sabíamos él lo sabía. Jimmy que había peleado contra los abusivos y pendejos
de todas las factorías había terminado igual que ellos haciendo ostentación de su poder y de
cuando en cuando jodiendo a los novatos. Cuando apareció el taxi nos acercamos y abrió la
puerta, con la mirada distraída me dio la mano mientras repetía – me botaron, puta me
botaron, que pendejos, que pendejos. De pronto inesperadamente antes de entrar al taxi me
dijo:
- Mira el faro de este carro, aquí en este costado, te diste cuenta, esta chancadito, jeje
chancadito como yo – me dijo sonriendo.
- Oye Jimmy, mientras, puedes ir a buscar chamba en Abecco o en el Mostro.
- Mira compadrito este pechito nunca, me escuchas, este pechito nunca se va a quedar sin
chamba huevón, yo mismo soy, mañana mismo me consigo otra cosa mejor que esta.
El taxi partió y se llevó a Jimmy dentro con todos sus resentimientos y sus odios, algo era cierto
Jimmy nunca se quedaría sin chamba como él decía por que la chamba era su vida el mejor
remedio para olvidar sus pesadillas.
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Casire, la tierra de Papá

 - Papito cuéntame pues como llegaste a Lima -.
Mi hijo tendría unos seis años y era como los demás nietos un engreído de mi padre quien
soltaba libremente sus sentimientos abiertos como salen las palomas a volar.
Esa carcajada y sonrisa negadas a sus hijos quizás por una actitud de padre recto y disciplinado,
ahora se rompía en risas y deslizaba sus mejores ademanes para satisfacer la curiosidad del
pequeño.


Sentado en la orilla de su cama mi padre miraba a su nieto que a su lado jugaba con sus viejos
lentes mirando a través de ellos.
- Yo vine a Lima montado en mi burrito llamado Cipriano, con mi poncho, mi chullo de colores y
llevaba en mi alforja mucha tuna y melocotones secos de mi tierra llamados “huesillos”
El niño saltaba de alegría con esas frases de su abuelo relatando su arribo a la capital.
- Papito y donde está tu chullo y tu poncho ¿Lo guardaste?
- Si hijito, tu mamita lo tiene como recuerdo.
- ¿Y Cipriano papito?
- A Cipriano se lo regalé a mi primo Simeón porque era muy flojo no quería trabajar y solo
quería regresar a su casa.
- Papito vamos un día a visitarlo pues, yo quiero conocerlo.


- Ya pasaron muchos años hijito, el regresó a Casire porque estaba enamorado de una burrita
llamada Jacinta y allá se quedó con mi hermano Abraham, ya no supe más de él.
Mi padre inventaba historias que seguramente nunca había imaginado contarlas de no ser por
la insistencia de un travieso nieto que lo bombardeaba a preguntas.
- Papito ¿Que es Casire?
- Ah Casire es el nombre de mi pueblo hijo y queda muy lejos, pero muy lejos.
- ¿Como por la China papito?
- Así es hijo tan lejos como la China.
- Y viniste solo en tu burrito o tomaste un avión también.
- No hijito solo en mi burro Cipriano y tuve que cruzar grandísimos cerros y nevados, ríos
lagunas peligrosas. El cerro más grande se llama Sara Sara, es inmenso hijito.
- ¿Sara Sara? Papito y cuánto te demoraste en venir ¿Cómo un año?
- Así es hijito lindo, me demoré como un año.
- De todas maneras yo quiero ir a tu tierra a conocer a Cipriano, de repente está todavía vivo
papito, cuando se cure tu pie me llevas ¿ya? - Le decía mi hijo mientras se colgaba de su cuello.
Papá no contaba las cosas de su tierra casi no sabíamos mucho, salvo algunas cosas que mi
madre nos decía.


Sin embargo, pudimos conocer algo más por medio de una tía llamada Emilia quien lo había
atendido de bebe y sabía todo sobre la familia de mi padre.
Mariano era el nombre de mi abuelo y Daniela de la abuela, natural de Lampa, nos había dicho
la tía que llegaba con mucha frecuencia a visitar a papá. Siempre lo trató como a un niño y
recuerdo que lo acariciaba y besaba en su frente, nosotros nos reíamos. Venía a veces con un
señor a quien mi madre le decía Don Torres, nunca supimos su nombre, nos llamaba la atención
que le dijeran Don seguido de su apellido. Él era esposo de la tía Emilia y además escuché decir
que era una autoridad de Pausa.
La tía Emilia contaba que el abuelo Mariano era arriero y comercializaba pisco y cañazo por las
punas de Ayacucho y Huancavelica. Mi padre ciertamente nunca simpatizó con el abuelo, decía
que era un buen bebedor que aparte de comercializar pisco dejaba un amor en cada pueblo.


Cuando insistíamos en saber más del abuelo papá solo mencionaba episodios poco agradables.
Contaba que una vez de niño lo acompañó a repartir su producto por las punas de Casire y él
iba montado en una de las mulas detrás de su padre. Para su mala suerte en determinado
momento se alejó del grupo y cayó del lomo del animal, al parecer se desmayó, pasado un buen
rato su primo Cosme, quien también iba en la caravana se percató de la ausencia de mi padre.
Apurando el paso de los animales la caravana regresó y encontraron a papá casi helado tirado
en el suelo después de casi media hora, según le contaron posteriormente. Papá culpaba al
abuelo y decía que por su persistente y terca embriaguez no tuvo el cuidado necesario con él, al
parecer nunca le perdonó el incidente.
Nunca regresó a su tierra y jamás supimos la razón, era por naturaleza muy callado y serio,
mamá contaba que solo una vez lo vio bailar en una de las pocas fiestas que asistieron.
Nosotros conocíamos a los hermanos de papá, al tío Juan, a la tía Bersa, al tío Abraham y luego
al tío Vicente y Felipe.


Salvo Juan y Bersa que siempre llegaban a casa, mi padre no se frecuentaba con los demás
hermanos
Un buen día, ya adulto, vi una invitación para mi padre de parte del tío Cosme, quien lo invitaba
por sus bodas de oro matrimoniales.
El tío Cosme fue uno de los primeros caserinos exitosos llegados a Lima más o menos en los
años cincuenta, quien llegó a ser un reputado y fino sastre que confeccionaba los mejores
ternos para una clientela selecta en Miraflores. Obviamente que mi padre no iba ir por lo que le
pedí asistir en su lugar, él aceptó gustosamente. Estaba yo entusiasmado por que esa fiesta me
permitiría conocer a toda la familia emparentada con mi rama paterna e iba a ser una
experiencia inolvidable.
- Papito ¿Y qué hiciste cuando llegaste a Lima?
- Bueno me fui a la casa de un paisano y me puse a trabajar como heladero.
- Y gritabas ¡Helados, ¡helados!
- Exactamente hijito de mi alma y cuando no me escuchaban me ponía a bailar un huaynito
para llamar la atención.
- A ver papito, a ver, párate papito, párate y enséñame como bailabas.
Mi padre haciendo esfuerzos y por darle gusto al nieto se ponía de pie con mucha dificultad, su
Parkinson lo tenía muy limitado en sus movimientos, pero hacia esfuerzos por mostrarle a mi
hijo como bailaba.


Entonces colocándose la palma de la mano en el pecho levantaba el pie derecho una y otra vez
y luego haciendo una venia cambiaba el paso con el otro pie.
- ¡Mamita, mamita Tula, mi papito está bailando huaynito ven, ven!!
El viejo caserino introvertido, solitario y reacio a manifestar sus emociones con sus hijos, aquel
que nos decía frecuentemente una frase muy familiar para nosotros “El hombre ha nacido para
trabajar con el ave para volar” estaba allí riendo como otro niño.
Mi hijo corrió al lado de su abuelo y abrazó su cintura mientras ambos reían, mi padre echaba
su cabeza hacia atrás soltando una carcajada mientras unas lágrimas disimuladamente se
recostaban en las orillas de sus ojos, esperando caer en cualquier momento cargados de
felicidad.

Mi propio sendero

Sorry pues.

  Por: Néstor Rubén Taype  —Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto. —Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me q...