Por: Néstor Rubén Taype
Genoveva dudaba antes de dirigirse al área donde trabajaba José Francisco. Era una mujer separada que luchaba por sacar adelante a sus dos hijos, todavía pequeños. Trabajaba en una factoría, propiedad de unos empresarios judíos, en los suburbios de Nueva York. Dos años habían pasado desde que su esposo la abandonara, tiempo durante el cual había aprendido a sobrevivir a las exigencias de la vida en este país. En más de una ocasión pensó en regresar a su tierra centroamericana, pero la avergonzaba la idea de volver derrotada y convertirse en el comentario obligado de los chismes familiares.
A las dificultades de vivir sola y sacar adelante a sus hijos se había sumado un problema inesperado. Sentada en su cama, poco antes de elevar la oración que acostumbraba hacer junto a sus pequeños, comprendió que se había enamorado nuevamente. Al principio se resistió a aceptarlo. No podía ser, se decía; semejante complicación era lo último que necesitaba. No era una novata en asuntos del amor y sabía perfectamente dónde terminaba el bien y dónde comenzaba el mal.
El cuerpo le temblaba y experimentaba emociones que no había previsto cada vez que lo veía. Le parecía increíble volver a sentirse así y, en ocasiones, hasta se avergonzaba de su propia reacción. Aquella noche, antes de acostarse, dijo para sí: «No voy a orar; me siento pecadora». Acostó a sus hijos y se fue a dormir, intentando apartar de su mente aquellos pensamientos. Pero los días pasaron y el sentimiento no desapareció. Una semana después había conseguido que José Francisco compartiera con ella el refrigerio, coincidiendo con uno de los horarios establecidos por la empresa.
Genoveva sabía que sus esfuerzos por acercarse a José Francisco habían dado resultado. Entre ambos parecía crecer una complicidad que ya no pasaba inadvertida. Él también era casado y tenía dos hijos. A diario, ella visitaba su sección con cualquier pretexto relacionado con el trabajo; cuando no encontraba ninguno, iba simplemente para estar a su lado. No ignoraba los comentarios que provocaba su conducta, pero se mantenía firme. En la factoría todos sabían que pretendía al boricua casado.
Las miradas que intercambiaban decían mucho más de lo que ambos se atrevían a expresar. Sus continuos encuentros en la sección de José Francisco ya no tenían una justificación convincente. Una tarde, a la hora del refrigerio, ninguno de los dos apareció en el comedor. Transcurrido el tiempo establecido, regresaron como si nada hubiera sucedido. Genoveva había cruzado finalmente la frontera que hasta entonces solo se había atrevido a contemplar. Con cualquier pretexto, ambos se habían dirigido al automóvil de él. No necesitaban decirse lo que tantas veces se habían comunicado con la mirada.
En la soledad del estacionamiento, el automóvil se convirtió en el refugio de sus deseos. El encuentro fue breve y silencioso, condicionado por el temor a ser descubiertos, el espacio reducido y la obligación de regresar a sus puestos de trabajo. Precisamente aquellos apuros y el riesgo de ser sorprendidos hicieron que Genoveva guardara el episodio como un recuerdo inolvidable. Mientras tanto, en la factoría, su nombre seguía alimentando los chismes y los comentarios maliciosos.
Después de aquel encuentro, Genoveva continuó con su rutina de visitar a José Francisco en su sección. Permanecía junto a él el tiempo que consideraba prudente y luego regresaba a sus labores, sin mostrar preocupación por los comentarios que su conducta despertaba.
Con una sonrisa en el rostro, Genoveva recorría la factoría y no faltaba a la hora del refrigerio que compartía con el boricua. Por las noches, antes de acostarse, volvía a rezar. Ya no sentía la culpa de los primeros días. Dios, se decía, tenía que comprender su situación. Después de todo, ella seguía pidiendo lo mismo de siempre: salud y bienestar para sus hijos.
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