Casarme quiero.

Por: Néstor Rubén Taype 


 Nueva York es una ciudad maravillosa que, cuando uno la visita, transmite un dinamismo tremendo. Es una ciudad que desborda vida. Inmensas masas de gente desfilan interminablemente por sus calles, sin importar la hora. Times Square espera con los brazos abiertos a los visitantes, en su selva de cemento y luces de neón.

En esta capital del mundo, las excentricidades no tardan en aparecer. Un esbelto Tarzán toma por sorpresa a una turista, que suelta un grito entre la alegría y el asombro, mientras sus amigas apuntan sus celulares para grabar el momento y hacerlo eterno. Más allá, una pareja de afroamericanos, con un saxo y una suerte de batería ambulante, ensaya un tema desconocido al ritmo del jazz. Un poco más lejos están los infaltables sudamericanos, con sus atuendos típicos, tocando música folclórica y arrancando de unas enormes zampoñas el viento de los Andes.

Ramiro camina entre la multitud rumbo a la estación, diez cuadras más abajo, donde tomará el tren que lo llevará a Harrison, una pequeña ciudad de Nueva Jersey en la que reside. Ha salido temprano hacia Nueva York, buscando un respiro mental, una manera de comprobar que el mundo sigue girando a pesar de sus dramas personales.

Hace cinco años llegó huyendo del Perú, agobiado por las deudas que habían terminado por ahogar a su familia. Vino con la ilusión de conseguir trabajo y aliviar sus problemas económicos. Dejaba en Lima a su conviviente y a sus tres hijos. Tenía treinta y cinco años.

Después de conseguir pagar sus deudas en el Perú, comenzó a hacer planes para regularizar su situación migratoria. Sin embargo, ya había perdido la esperanza de que el gobierno aprobara alguna ley que amparase a los indocumentados. Las marchas y la propaganda de los activistas no parecían dar resultado alguno. Además, sospechaba que algunos de ellos eran simples charlatanes y figurettis.

La vida le tenía preparado un derrotero inesperado. Sin saber muy bien cómo ni cuándo, terminó involucrándose sentimentalmente con una joven divorciada que tenía dos hijas.

A pesar de sus precauciones para no involucrarse más de la cuenta, y mucho menos con una mujer que ya tuviera familia, la soledad lo había castigado demasiado. Se resistía a regresar a su cuarto alquilado para pasarse las horas leyendo periódicos o metido en internet. La compañía de una mujer, asistir a reuniones y celebrar las fiestas acompañado durante el año lo habían hecho sentirse muy bien.

Trataba de poner en orden sus pensamientos. ¿Se estaba enamorando de verdad o se trataba, más bien, de un acercamiento interesado que le permitiría arreglar su situación migratoria? Por un lado, reconocía que estaba realmente enamorado de aquella mujer, pese a que tuviera dos hijas. Pero, al mismo tiempo, sentía culpa por la familia que había dejado en Lima.

Tenía que tomar una decisión pronto.

Ramiro se consideraba un padre responsable. Enviaba dinero semanalmente y mantenía una comunicación fluida con su esposa y sus hijos. Aquel día, el sol resplandecía como pocas veces, iluminando el tumulto y el incesante ir y venir de la gente, cuyo movimiento parecía detenerse únicamente ante los semáforos de cada esquina.

No podía creer lo que le estaba sucediendo. Mucho menos podía creer que, para ser honesto consigo mismo, hubiera decidido llamar ese mismo día a su pareja de Lima y comunicarle su decisión. De pronto, pensó que quizá sería mejor no decirle nada, tal como le había aconsejado su amigo y paisano:

—No, no le digas nada choche. Hazlo primero y después le cuentas, no vaya a ser que te desanimes. Tú eres medio zanahoria, por no decirte medio huevón. La vida es una lucha, una guerra, y esta es tu guerra. Y en la guerra se mata. Claro, no vas a matar personas, pero sí sentimientos. Cásate, causita, y luego le avisas. Métetelo bien en la cabeza: cásate, compadrito, y después llama a tu ex y cuéntale todo.

De pronto, entre la muchedumbre que esquivaba para abrirse paso, un tipo se le acercó y le entregó un folleto publicitario de una obra de Broadway: Mamma Mia. Ramiro lo tomó como una ironía del destino. Quizás aquella expresión era justamente lo que habría querido exclamar al pensar en el lío en que estaba metido: «¡Mamma mia! ».

Ya a bordo del tren, Ramiro meditaba cómo demonios iba a comenzar a decirle a su pareja que todo había terminado, que todo se había derrumbado, como en aquella canción de Emmanuel: Todo se derrumbó dentro de mí.

Frente a él viajaban varias personas. Para distraerse, intentaba adivinar su procedencia y se decía: «Este pata es hindú, definitivamente. Esos dos de allá son boricuas».

De pronto, una muchacha habló con su acompañante. Por las frases que alcanzó a escuchar, Ramiro reconoció inmediatamente el acento colombiano.

«Colombiana», pensó. «Y, de paso, guapísima, como casi todas ellas».

Poco después, un hombre de rasgos asiáticos le preguntó algo. Ramiro recibió la pregunta como en cámara lenta. El acento, que le pareció japonés, le impidió comprenderla a la primera. Durante unos segundos, su cabeza intentó descifrar aquel sonido extraño, hasta que finalmente reconoció la frase:

—¿Train go Newark?

—Yes, yes, yes. Last stop, last stop —contestó apresuradamente.

El tiempo había transcurrido rápidamente y Ramiro estaba cerca de su estación. Pronto tendría que bajarse. Desde allí, la caminata hasta su casa le tomaría los quince minutos de siempre.

Sentía que la cabeza le iba a explotar de preocupación.

En esos momentos, Ramiro pasaba frente a la iglesia del pueblo y decidió entrar. Se sentó en la última fila de bancas y, desde allí, contempló el púlpito, que le pareció lejano. Luego comenzó a rezar, pidiéndole perdón a Dios por lo que estaba a punto de hacer.

—Señor, quiero confesarme y decirte humildemente que he decidido casarme con mi nueva pareja y después avisarle a mi exmujer lo que hice. No tengo el valor de contárselo antes porque, de repente, como dice mi amigo, me voy a desanimar.

Además, mira, Señor, yo me fui a vivir con ella porque salió embarazada y, ni modo, tuve que cumplir nomás. Ella no quería usar ningún método anticonceptivo; o sea, no quería cuidarse porque el padrecito le había dicho que una buena católica nunca debía usar nada, sino solamente el método natural. Y con ese método natural nacieron dos más.

Maybe yo no estaba enamorado, Señor. Quizás no la quería de veras, como debía ser. A mis hijos sí los amo, y te prometo que, ni bien arregle mi situación, los traigo al toque.

Sumido en su conversación con Dios, Ramiro hablaba en voz alta, convencido de que sus únicos acompañantes eran los santos enclavados en las paredes de la iglesia, iluminados por pequeños y pálidos focos de luz. Una luz tan pálida como su estado de ánimo.

De pronto, una voz lo estremeció.

—¿Y tú crees que tu mujer te va a dejar traer a sus hijos, pedazo de sinvergüenza?

Ramiro dio un respingo y casi perdió el equilibrio. Se puso de pie y miró a una señora entrada en años que también estaba arrodillada cerca de él. No se había dado cuenta de su presencia.

La mujer lo miraba con una expresión iracunda. Ramiro pensó que se había ganado aquella reprimenda con toda su oración, su confesión y todo el cuento. Apuradamente, se desplazó hasta el otro extremo de la larguísima banca para terminar su plegaria.

—Señor todopoderoso, que todo lo sabes, lee mi corazón sincero. He depositado ante ti todos mis pesares y sufrimientos, y sé de antemano que me vas a perdonar. Ahora me voy, Señor, porque me siento liberado. Gracias, Señor, gracias.

Ramiro salió disparado de la iglesia y apuró el paso hasta llegar a la esquina. Allí lo detuvo la luz roja del semáforo. Impaciente, miraba la señal como si pudiera apresurarla.

De pronto, volvió a escuchar la voz destemplada de la señora, que le gritaba desde cierta distancia:

—¡Desvergonzado! ¡Mal padre! ¡Desgraciado! ¡Ojalá te mueras!

Mi propio sendero

 Por: Néstor Rubén Taype 


—¡Cobarde!

La palabra le cayó encima como una piedra.

Carlos aceleró el paso sin mirar atrás. Doblando la esquina, se detuvo apenas unos segundos. Su compañero llegó hasta él y le habló en voz baja, casi sin mover los labios.

—No te garantizo nada. Ya sabes cómo es esto: estás a favor o estás en contra. Por última vez te lo digo como amigo: lárgate y desaparece. Si me dan el encargo, lo haré sin ninguna duda.

Carlos no respondió.

Siguió caminando.

Horas después, sentado junto a la ventanilla del avión, observaba cómo Lima se hacía pequeña bajo las nubes. Los apagones, las explosiones, las reuniones clandestinas, los rostros serios y la disciplina vertical del partido quedaban atrás.

O eso quería creer.

La azafata interrumpió sus pensamientos para ofrecerle el desayuno. Carlos aceptó y comenzó a comer con un placer casi infantil. Hacía tiempo que no disfrutaba algo tan sencillo.

Entonces pensó en su nombre.

Carlos Marx.

Su padre había querido que llevara el nombre de aquel hombre que admiraba por encima de todos. Desde niño había cargado con él como quien lleva una herencia demasiado pesada.

Cuando joven su progenitor se incorporó a las guerrillas de Luis de la Puente Uceda. Creía que podía cambiar el país, acabar con las desigualdades y construir una sociedad distinta. La aventura duró poco.

Después de la muerte del líder guerrillero, el padre fue capturado y enviado a prisión. Una fotografía suya apareció en los periódicos de los sesentas esposado; cuentan que, durante el interrogatorio, se había levantado de la silla y había propinado un cabezazo al oficial que lo interrogaba.

Para su padre, aquello no era una derrota.

Era una prueba de carácter.

El indulto del primer gobierno de Belaúnde le devolvió la libertad, pero no sus sueños. Los había trasladado a su hijo.

—Tú tienes que estudiar Derecho —le repetía—. Para que puedas defender a los compañeros.

Carlos era el tercero de tres hermanos. Los otros dos habían tomado distancia de las ideas del padre. Él no.

Ingresó a San Marcos y comenzó a devorar cuanto libro encontraba. Marx, Engels, Lenin, Mao. Lecturas, discusiones, reuniones interminables.

Pero terminó graduándose en Periodismo, para disgusto de su padre.

Fue en la universidad donde el pensamiento Gonzalo comenzó a seducirlo.

Al principio todo parecía coherente.

Había un enemigo, una explicación para la pobreza, una teoría capaz de ordenar el caos y, sobre todo, la promesa de que alguien sabía hacia dónde debía caminar la historia.

Carlos quiso creer.

Participaba en las actividades políticas, distribuía propaganda y daba charlas sobre la ideología del partido. Cumplía encargos. Asistía a reuniones.

Pero había algo que no podía hacer.

No podía cruzar la línea de la violencia.

Sus compañeros comenzaron a notarlo.

—Es demasiado blando —decían.

Su mejor amigo, un joven abogado ya graduado, fue quien se lo advirtió.

—Están hablando de ti.

—¿Qué dicen?

—Que no eres confiable para las tareas difíciles.

Carlos sonrió.

—¿Y tú qué piensas?

Su amigo tardó en responder.

—Pienso que deberías irte antes de que sea demasiado tarde.

Aquella frase regresó a su memoria mientras el avión se alejaba de Lima.


Llegó a Newark con la esperanza de empezar de nuevo.

Sus familiares lo ayudaron a instalarse y, poco después, contrajo matrimonio. Regularizó su situación y comenzó a construir una vida aparentemente normal.

Una casa.

Un trabajo.

Una esposa.

Un vecindario tranquilo.

Árboles.

Calles limpias.

Nada que ver con aquella Lima de apagones y explosiones.

Sin embargo, había algo que había viajado con él.

Una noche, en medio del sueño, volvió a encontrarse en una calle de Lima.

Caminaba junto a dos compañeros.

Delante de ellos estaba un policía.

Uno de sus acompañantes abrió la mochila y sacó un revólver.

Se lo entregó.

—Acércate.

Carlos sintió que las piernas le temblaban.

—Haz tal como hemos practicado.

Avanzó.

El policía retrocedió y cayó al suelo.

—¡Dispara!

Carlos levantó el arma.

El hombre lo miró.

No había odio en sus ojos.

Tampoco desafío.

Solo sorpresa.

—¡Dispara, carajo!

Carlos no pudo.

Sintió un tirón en el brazo.

Los tres corrieron hacia un automóvil.

Entonces despertó.

Estaba empapado en sudor.

Miró el techo durante varios segundos.

—La misma mierda de siempre —murmuró.

Y volvió a dormir.


Una mañana recibió una llamada de su hermana.

—¿Te enteraste?

—¿De qué?

—Cayó Gonzalo.

Carlos guardó silencio.

—Tu jefecito —añadió ella, con ironía—. Ya viste el video. Mientras su gente se estaba muriendo de frío en las punas, él estaba muy tranquilo en una residencia.

Carlos no contestó.

Después de colgar buscó las imágenes.

Las vio una vez.

Después otra.

La operación policial había sido minuciosa.

El hombre al que alguna vez había considerado un dirigente histórico aparecía ahora reducido a una figura detenida, rodeada de policías y periodistas.

Carlos sintió algo extraño.

No era alegría.

Tampoco tristeza.

Era una sensación más difícil de nombrar.

Su antiguo compañero apareció poco después como abogado defensor del líder senderista.

Entonces Carlos comprendió que su pasado seguía encontrándolo.

Abrió un documento en la computadora.

Pensó en escribir sobre la captura para un periódico de Nueva York.

Escribió unas líneas.

Las leyó.

Borró una frase.

Después otra.

Finalmente presionó la tecla delete y mantuvo el dedo sobre ella durante unos segundos.

Hubiera querido hacer lo mismo con su vida.

Borrar.

Todo.


Pasaron los años.

El Perú cambió.

Sendero fue derrotado.

La democracia regresó.

Los gobiernos se sucedieron.

Carlos criticaba a unos y a otros. Tampoco encontraba respuestas en el país donde ahora vivía.

A veces se preguntaba qué hacía allí.

Había terminado echando raíces precisamente en la tierra que, según las ideas que le habían enseñado desde niño, representaba el imperialismo.

La ironía no podía ser más grande.

Pero lo peor era que ni siquiera podía disfrutarla.

Por las noches regresaba la pesadilla.

Siempre la misma calle.

Siempre los mismos compañeros.

Siempre el policía.

Siempre el arma.

Y siempre él incapaz de disparar.

El hombre caído lo miraba.

Carlos despertaba aterrorizado.

Con los años comenzó a buscar información en internet sobre los antiguos dirigentes de Sendero. Le sorprendía comprobar que, aun después de décadas de prisión, algunos continuaban defendiendo sus ideas.

Había imaginado muchas veces que el fracaso de Sendero le produciría alivio.

No ocurrió.

Descubrió que una parte de su identidad había quedado atrapada allí.

Había perdido una guerra en la que nunca llegó a participar completamente.

Había escapado de un país, de una organización y de una ideología.

Pero no había escapado de sí mismo.


Una noche bebió más de lo habitual.

Se acostó.

Cerró los ojos.

Y la calle volvió a aparecer.

Esta vez caminaba acompañado por dos hombres.

El policía estaba allí.

Uno de ellos sacó el revólver.

Se lo entregó.

—Ahora.

Carlos sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—Tal como ensayamos. Ve y hazlo.

Avanzó unos pasos.

El policía retrocedió.

Cayó.

Lo miró.

—¡Dispara!

Carlos escuchó el grito.

—¡Dispara, carajo!

Y entonces vio a su padre.

No como era al final, sino como lo había visto de niño: joven, desafiante, convencido de que la violencia podía ser el camino hacia un mundo mejor.

Carlos comprendió algo que quizá siempre había sabido.

Tal vez nunca había querido ser revolucionario.

Tal vez había pasado buena parte de su vida intentando cumplir un destino que otro había escrito para él.

Tal vez su verdadera rebelión había sido precisamente aquella incapacidad para disparar.

Pero ahora estaba cansado.

Muy cansado.

Miró al policía.

Después miró el arma.

—Esta vez sí —se dijo—. Esta vez no voy a dudar.

Levantó el revólver.

Pero no apuntó al hombre que estaba frente a él.

Lo llevó lentamente hasta su propia sien.

—Solo es un sueño.

Cerró los ojos.

Disparó.

El estampido rompió el silencio de la noche.

En la apacible villa donde vivía, algunas luces se encendieron. Los vecinos llamaron a la policía.

Cuando los agentes entraron en la habitación encontraron el cuerpo de Carlos sobre la cama.

Había muerto de un disparo en la cabeza.

Registraron la casa.

Revisaron cada habitación.

Buscaron debajo de la cama, en los armarios, en el jardín y alrededor de la propiedad.

No encontraron el arma.

Nunca pudieron explicar dónde había desaparecido.

Y quizá esa fue la última ironía de Carlos Marx:

había pasado toda su vida intentando encontrar su propio sendero.

Y al final, nadie supo exactamente si lo había encontrado.


Mi propio sendero

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