Tantas veces Chiquián

 Por: Néstor Rubén Taype.

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Me levanté una mañana muy temprano a desayunar para ir a la escuela, era mi primer año de secundaria si mal no recuerdo. Llegué al comedor y estaban todos los primos allí juntos alrededor de la mesa, en total eran nueve, siete varones y dos mujeres. Desde el primo mayor pasando por los gemelos que yo siempre confundía los nombres, más el último bebé a quien llamábamos Pocho. Cada quien tenía una función específica como poner la mesa, colocar los platos en orden y luego proceder a servir los respectivos desayunos. Una vez terminado cada quien seguía con la tarea asignada como lavar las tazas, platos y guardarlos ordenadamente. Era Chorrillos del 67 ¿El lugar? La nueva Urbanización Los Laureles en la que el tío Víctor había comprado un chalet para instalarse definitivamente en Lima, luego de su prolongada estadía en un lugar llamado Chiquian, nombre que yo había escuchado repetidas veces de labios de mi madre desde que había tenido uso de razón.

Ese año mi familia mudó de Las Delicias de Villa hacia el centro de Lima y yo estaba matriculado en la Gran Unidad Escolar José de la Riva Agüero a cursar mi primer año de secundaria. La distancia desde mi nueva casa a Chorrillos era bastante lejos y mi madre hizo los arreglos con la tía Teodora para quedarme durante este primer año escolar en su casa de Chorrillos. Tengo los mejores recuerdos de esa época en la que nos divertíamos con todos los primos jugando pelota, trepando el Morro Solar y bajando a la playa Agua Dulce. El primo Hugo era el segundo de la numerosa familia y que yo además de convivir en la casa de los tíos, lo veía diariamente en el Riva Agüero donde ambos estudiábamos, yo iniciando la secundaria y él terminándola.

Por cuestiones de afinidad en la edad Hugo mantuvo mucha comunicación con mi hermana y así a pesar de la distancia y las esporádicas veces que nos vimos, supimos siempre de sus andares como cuando ingresó en 1969 a la Escuela Militar de Chorrillos donde hizo una brillante carrera militar, alcanzando el grado de Coronel del Ejército Peruano. Pero el primo nunca olvidó su paso por este lugar llamado Chiquian donde seguramente guardaba los mejores recuerdos de su niñez y adolescencia. A pesar de tantos años en la capital no opacaron ningún detalle de lo vivido en este pueblo enclavado a 3390 m.s.n.m. y del que nunca se desligó.

Él, hace unos años publicó un libro titulado “30 DE AGOSTO EN EL PUEBLO DE CHIQUIAN” Donde ha hecho un serio y excelente trabajo de investigación sobre este maravilloso lugar describiéndolo todo, desde su reseña histórica pasando por sus costumbres, tradiciones, pintorescos lugares, sus comidas típicas y toda la parafernalia que compone la celebración de sus fiestas, especialmente la del 30 de Agosto día de Santa Rosa Patrona del pueblo. Tuve la suerte de conocer Chiquian a los diecisiete años justamente para la fiesta de Santa Rosa y logré disfrutar de toda la celebración incluida una corrida de toros y danzar alrededor de la plaza, además de conocer a la numerosa familia de mi madre. Ojear y releer nuevamente este libro desde esta parte del mundo nos trae a la memoria numerosos recuerdos que de pequeño escuchaba sobre la vida y las costumbres de la tierra de mi mamá.

Ya me era familiar escuchar hablar sobre Luis Pardo y sus aventuras de bandolero que robaba a los pobres para dar a los ricos. Saber que la tía Veneranda Pardo era unas de sus numerosas hijas atribuidas a este icono chiquiano. Frases como Rumiñahui, Pallas, Mayordomos, me sonaban cercanos, también los apellidos como Ñato, Bracale, Aldave, Gamarra siempre llegaron a mis oídos con mucha continuidad por los relatos que tantísimas veces contaba mi madre sobre la fiesta principal del pueblo. Y aunque el libro no hable esto, también recuerdo los cuentos de “aparecidos” y “fantasmas” que mis hermanos le pedían a mamá que cuente, especialmente en las noches y que ella comenzaba diciendo “Una noche en la hacienda de fulano de tal se le apareció una mujer muy bella a un caminante” yo y mis hermanos estábamos trenzados, casi trepados sobre mama, metidos en su cama escuchando atentos la misteriosa historia que ya sabíamos que el final nos iba poner los pelos de punta.

El libro, además de describir detalladamente, como hemos explicado líneas arriba, todo sobre Chiquian, va acompañado de una colorida y variada cantidad de fotos que realmente resalta cada página y nos sumerge prácticamente a ser protagonista y estar allí en el mismo pueblo disfrutando de sus bondades. Entonces al ver algunas fotografías me recuerda la imagen del tío Alico Calderón, el viejo tío que era como el tronco de la familia con su viejo saco y su típico sombrero, así algo barbado y que aún logré ver como desgarraba con sus dedos mi pequeña guitarra y le sacaba algunas notas de uno que otro yaraví y otros huaynos. La chicha de maní que la tía Jesusa preparaba y vendía en su pequeña tienda acompañada de la prima Hilda y que yo alguna vez ayudé a su preparación, aunque solo echándole el azúcar al gusto.

Es Chiquian esa tierra que yo guardo recuerdos que mi madre siempre nos inculcó, el lugar de nuestros viejos tíos de esa raíz de la familia materna. La tierra de Papa Alico de Mama Diega hermanos mayores de esa generación que sería larguísimo mencionar. Lugar donde no olvido la costumbre de usar unos diminutivos en los nombres como la prima Beacha por Beatriz, el tío Anacho por Anatolio y también el de mi madre Aquilina a quien llamaban Aquicha. La tierra que una vez un cajamarquino como el tío Víctor que llegó seguramente a cumplir su servicio como miembro de la Guardia Civil y que nunca imaginó enamorarse de una linda chiquiana como la tía Teodora. Una historia de amor que a mi madre le cupo como tía mayor darla en matrimonio al joven enamorado que daría como fruto de amor, nueve hijos.

"Jugó bien, mereció ganar, pero perdió" de Fernando Morote



Por: Néstor Rubén Taype


En un principio el título me pareció total y absolutamente futbolístico y relacionado exclusivamente a nuestra selección peruana. Muy parecido y dicho de otra forma lo que afirmaba el locutor argentino Oscar Artacho afincado en Lima, cuando nos narraba los partidos de la selección con ese típico acento gaucho que nunca lo abandonó “Que bonito que esta jugando Perú, que va perdiendo dos a cero” 

Aunque las historias están divididas en términos futboleros, ya dentro nos encontramos con una cantidad de personajes muy variopintos. Por ser peruano y limeño puedo identificar muchos lugares conocidos en donde se desarrollan estas escenas, pero, las situaciones que se describen pueden suceder en cualquier parte del planeta. 


El autor delata las debilidades y aciertos  del que solemos tener los seres humanos, nuestras contradicciones y puntos de vista que pueden parecer poco coherentes con la realidad. Sin embargo así somos, una suerte de sorpresas de relaciones humanas imprevistas ante cada evento que se nos presenta. Apunta directamente con dichos o afirmaciones que serian dignos de figurar en su obra anterior “Poesía Metal Mecánica. La narrativa comienza con esta frase “ Cometo errores, pero cada vez me equivoco” verso que va dejando al lector su libre interpretación y que cada quien lo tome a su modo. El tema se desarrolla como si la vida se diera en una cancha de futbol en la que cometemos infracciones y que si tuviéramos un juez (que no sea Dios), te sancione de acuerdo a tus faltas que pueden ser: una posición adelantada, una tarjeta tarjeta roja o un autogol. 


Creo sinceramente que todas estas caídas no necesariamente necesitamos un juez omnipresente, sino mas bien acorde con la lectura encontramos que nosotros mismos nos damos cuenta que la vida esta llena de faltas, aciertos  y mayormente de contradicciones, pero nunca claudicar, nunca dimitir (“Arrójenme a los lobos y volveré siendo el lidere la manada”)

Debo decir que el autor nos describe diferentes escenarios con historias sueltas,(“me gustan los cambios no los procesos”)  y eso encontramos en la lectura. Luego viene una  parte interesante: el de la identificación, una suerte de conversación  con uno mismo y decirse “esta escena es mía, la he vivido, quizás con otro componentes, pero me auto defino como protagonista” 

 

Cualquier lector se va sentir identificado con estas historias que aparecen como si estuvieras viendo un Tik Tok en el celular, escenas absolutamente imprevistas, sin saber como será la siguiente. Considero también que existe una descripción del ciudadano de a pie, que en una sociedad con trampas y juego sucio, trata de salir adelante. De ser un emprendedor que no necesariamente por jugar limpio consigue el éxito, y busca como justificación que sus derrotas son simplemente por ser un incomprendido o quizás un tipo demasiado entendido. Hemos recorrido inevitablemente en plena lectura muchas calles de Lima, en especial el Paseo Colón y los viejos edificios que lo rodeaban (descritos por el autor sin mencionar sus nombres) con ambientes tugurizados y lugares de venta de todo tipo, como una suerte de mercado de pulgas; un lugar en la que solamente faltaba que alguien vendiera las letras del abecedario, como se describía en el cuento de un notable escritor del boom latinoamericano. 


Fernando Morote escribe desde Nueva York, donde reside. Nos cuenta estas historias desde la selva de cemento, capital del mundo, que paradójicamente lo acerca mas al Perú.



 

La Nena

¿Mami, porque no tocas la puerta?

Estela se quedó de una pieza, impresionada sorprendida ante el espectáculo que sus ojos veían. Nunca en su vida imaginó ver a su pequeña, a su nena y engreída hija, en aquella escena que solo se ven en las películas, en la televisión, en esos melodramas hechos por algún guionista pervertido. Como de costumbre salió esa mañana a trabajar como ejecutiva en un centro comercial. Aquel día la empresa había programado la refacción de las oficinas y los trabajadores llegarían poco más de la una de la tarde, razón por la cual le dijeron que podía retirarse a esa hora. Tomó de muy buena gana la noticia y pensaba en aprovechar el día con su hija, como almorzar juntas, pero no en casa sino en el restaurante que ella eligiera.

Subió a su auto y partió rumbo al hogar. El verano ya asomaba después de una primavera lluviosa muy propia de Nueva York, el sol se mostraba inclemente con sus rayos, encendiéndolo todo, calles, parques, avenidas, voluntades y sentimientos. Iba dejando una larguísima estela verde de árboles y vegetación donde las casas estaban a muchos metros de distancia entre ellas. El auto devoraba rápidamente la enorme autopista que la llevaría a otra ciudad tan diferente a la que dejaba. Así tomó la salida hacia la derecha y subiendo ya podía observar el barrio donde vivía, lleno de edificios, semáforos, calles llenas de transeúntes que obligaban a disminuir la velocidad.

A los pocos minutos llegó a casa y parqueó en el lugar de siempre. Afuera el calor seguía siendo insoportable, se quedó en el auto recordando cómo había pasado el tiempo para aquella chica que laboraba con mucha dedicación en una agencia de viajes y ahora estaba muy lejos de su país viviendo otra realidad. Atrás quedaron los viajes de trabajo y placer a los diferentes lugares, los traslados al aeropuerto, a los hoteles, los circuitos turísticos, esa etapa que an ella le seguía pareciendo maravillosa. Habían transcurrido quince años desde su arribo a este país y cinco desde que se separó de su siempre complicado y controvertido marido. Fugaces fueron algunos amoríos después de su divorcio, pero la vida le había dado un punto y coma bastante prolongado en el amor, extrañaba una caricia masculina sobre sus manos, un hombro solidario y fraterno en la que dejase recaer su cabeza, descansar y compartir preocupaciones, deseos si, esos deseos. Criada en una familia muy conservadora se avergonzaba de sentir lo que su cuerpo le estaba insinuando. Stop, stop - repitió – Estela, ya está bueno – se dijo. Bajó del auto y camino apuradamente hacia la puerta. Después de introducir la llave, esta no lograba abrirse – otra vez esta cosa que no funciona – dijo- volvió a intentar pero nada – siempre digo que voy a pedirle a la dueña que me arregle esta bendita puerta y se me pasa, ay Dios – Después de varios intentos por fin cedió e ingresó apuradamente, tiró la cartera sobre el sofá de la sala y se encaminó hacia la cocina, se sirvió un jugo de naranja que le pareció incomparablemente delicioso. Se extrañó que su hija no saliera a recibirla, a pesar que había hecho suficiente ruido, supuestamente ya debería estar en la casa.

La hora que marcaba el microondas decía dos de la tarde. Cuando estaba acercándose a su cuarto escuchó un leve gemido y se detuvo, ¿Hay alguien en mi cuarto? Se preguntó. Nuevamente se dejó escuchar otro más, eran quejidos muy leves, no quiso pensar eso que se le vino inmediatamente a la cabeza y abrió la puerta. Su cama lucía un celeste claro, el color de sus sabanas, el cubrecama descansaba en el suelo. La foto colgada en su cuarto que graficaba el inolvidable viaje a Rio de Janeiro con sus amigas, era también mudo testigo de lo que sucedía en la habitación. La radio encendida, se escuchaba casi musitando a Franco de Vita cantar "..Y te dado todo lo que tengo, hasta quedar en deuda conmigo mismo… y todavía preguntas si te quiero…”

Estaba a punto de decir algo, cuando su hija le repitió nuevamente ¿Mami, acaso no sabes tocar la puerta? Su pequeña, que en realidad ya no lo era sino más bien una hermosa joven de dieciocho años, había estado sentada en los muslos del muchacho, pero, ante la imprevista aparición de su madre, se acomodó automáticamente al borde de la cama, quieta y desnuda. Ante este movimiento instintivo, dejó al joven descubierto y con el arma en ristre, quien inmediatamente cogió una almohada para cubrir lo más notorio que su cuerpo mostraba. Había transcurrido unos segundos desde que ingresó a la habitación y su cabeza era un remolino de sentimientos, le provocó ir encima de ellos y desfogar su ira, su frustración. Dentro de ese desconcierto que la abrumaba sintió cierta tranquilidad al haber visto que el joven tenía puesto un preservativo de color verde limón. ¿Mami, puedes salir y dejarnos solos por favor? Estela no respondió y mirando fijamente al muchacho le dijo – quiero a tus padres mañana mismo aquí en mi casa, o de lo contrario yo voy a la tuya.

No pudo ignorar lo que su hija le pidió, ¿Qué salga de mi propia habitación, que se habrá creído? dijo. La frase le había llegado al corazón, atravesándoselo. Buscó la mirada de su hija, pero ella solo miraba a su acompañante. Sintió que ya no tenía nada que hacer allí, había que salir inmediatamente. – Eres menor de edad, no te olvides, tus padres mañana – le volvió decir y salió finalmente de la habitación, de su habitación. Caminando muy lentamente llegó hasta su jardín interior y se sentó en uno de los sillones. Los ojos se le inundaron de lágrimas y con mucha rabia aceptó que ya no podía evitarlo. Se dio cuenta que ella estaba esperando que su hija fuera exactamente igual que ella, que llegó virgen al matrimonio. Las comparaciones estaban por demás, su hija estaba en un país desarrollado no solo económicamente, sino con un sistema de vida que ella no podía controlar. Libertad sexual, y vaya que las chicas se lo tomaban muy en serio. Recordaba que a los veinte años en una fiesta familiar mientras bailaba el tema “Sexo” un rock noventero del grupo chileno “Los Prisioneros” su madre la sorprendió, y le dio tremenda golpiza. – ¿Para qué me cuidaste tanto mami, de que sirvió esa moral barata y cucufata que seguramente me limitó tanta diversión? seguía hablando consigo misma – el único error de mi hija ha sido hacer el amor en mi cama ¿Por qué demonios no lo hizo en su cuarto? Y yo pensando que mi princesa no pasaba de besos y abrazos. Hizo esfuerzos por pensar y razonar como una madre moderna que no puede escandalizarse con estas cosas que suelen ocurrir en las mejores familias. Se arrepentía de no haberle preguntado por su primera vez, de no haber estado a la par con la modernidad, por sentir “vergüenza” de tocar esos “temas” Luego sin poder evitarlo recordó la imagen del jovenzuelo desnudo y le pareció una belleza aquella irreverente erección, el preservativo verde lo imaginó fosforescente, como las espadas de las guerras de las galaxias. Luego se sintió abochornada, nuevamente incomoda – que tonterías se me vienen a la cabeza – dijo. Cerró los ojos para ver si el sueño podría apaciguar sus calores, pero, una coqueta sonrisa apareció en sus labios. 

El abrigo negro.

 

No entendía mucho lo que sucedía a su alrededor, mamá saliendo y entrando al cuarto de la nona, las tías y los otros familiares; después el doctor un señor muy serio con el maletín en mano hablaba muy bajito con su madre.

- Mami tengo hambre

- Ya hijo un minuto más y te sirvo

- No, yo quiero que me sirva mi nona

- Ella está enferma y no puede atenderte hijo

- No, ella me dijo que cuando todos se fueran me iba a servir la comida.

Desde que tuvo uso de razón vio a la nona a su lado, no eran muchos los años que tenia pero había aprendido a quererla mucho, las abuelas suelen tener esa paciencia adicional que los padres no poseen, ese pedacito de tolerancia que se estira lo suficiente para escucharlos, oírlos, contemplarlos y consentirlos. El doctor reflejando preocupación en su rostro se retiró, era el médico de la familia desde hacía muchos años, de allí su pesar por el estado de salud de la nona, no era una paciente más, los unía los años de amistad hacia una persona que estimaba y que siempre le colmó de atenciones. Saber la verdad esa "verdad" era una de las cosas que más detestaba de su profesión, se irá al cielo, musitaba, no hay otro lugar para una mujer como ella. Al oír cerrar la puerta el pequeño corrió al cuarto de la nona, era la primera vez que la veía triste y no lograba comprender por qué estaba enferma, siempre la vio fuerte robusta, saludable y de buen humor, le pidió por favor almorzar con él y ella lógicamente hizo el ademán de levantarse, cuando interrumpió la mamá a decirle que de ninguna manera; le dijo al pequeño que se quedara en el cuarto y le traería la merienda para ambos, lo que él aceptó con mucho entusiasmo.

Sentía mucha pena por la cercanía de su partida había trabajado toda su vida para su familia, conjuntamente con el abuelo quien fue un tipo apuesto, hombre fino y de gustos exquisitos como buen italiano, amante de la buena comida , de los vinos añejos, joven emprendedor que un día dejó su querida Italia pasa sentar sus raíces en tierras peruanas. Estaba conforme con lo que la vida le había dado, un buen esposo e hijos y ahora disfrutaba de los nietos - regalos de Dios y que no tienen precio- solía mencionar en cada conversación. Le apenaba que en sus últimos años, los pocos que le quedaban, tuviera que atender al pequeñín, lo adoraba, bello como un ángel, decía, su cabello rubio y los ojos claros como la madre y la inocencia propia de su edad habían terminado por robarle el corazón; lamentaba que el tiempo no le alcanzara para verlo adolescente siquiera. Ahora lo tenía al frente con una tremenda sonrisa, disfrutando del almuerzo, pero más, por estar cerca de ella.

-¿Estas enfermita, te duele algo nona?

- Lo que pasa es que me ha dado la enfermedad del sueño ¿Sabes cómo es eso mi amor?

- No.

- Pues es una enfermedad que te da mucho sueño y no puedes levantarte por más que quieras, entonces para curarte te ponen en una caja especial, muy cómoda por cierto y luego te llevan a un lugar muy bonito donde te curan.

-¿Y a ti te van a llevar a ese sitio?

- Pues sí, si ya no despierto me llevaran.

- ¿Y porque tiempo nona?

- Deja tu plato un momento y acércate hijo - mientras le tomaba las manos ensayó la mejor sonrisa con el afán de cubrir su verdadero sentir - si me tardara en regresar tu podrás hacer que yo vuelva cuando tú lo quieras.

- ¿Y cómo lo voy a hacer?

- Solo tendrás que desearlo y yo vendré, nada más

- No entiendo mucho, pero creo que cerrare los ojos, cruzaré mis brazos y diré: ven nona como

hacen los magos ¿Verdad?

- Pues algo así mi querido bebe, mi pequeño ángel, entonces yo apareceré en tu mente - le dijo

casi susurrando.

- ¿En mi mente??..... Ahora si no entiendo nona ¿Y en mi mente te voy a ver?

- Claro, claro que me veras, ahora no lo entiendes mi pequeñín, pero después lo harás y vendré a tu cabecita todas las veces que tú quieras.

Él siguió preguntando y preguntando hasta que ella muy ingeniosa le dijo que le relataría un hermoso cuento italiano de un niño que vivía en un lugar llamado Venecia y no era un niño cualquiera sino un pequeño que tenía la virtud de caminar por las aguas sin hundirse, él por supuesto pegó un grito de emoción al oír esto y olvidó sus preguntas, buscó acomodarse al lado de su nona y pedir que ya mismo comenzara con la historia. Los días transcurrieron hasta que una tarde oyó a su madre decir que la nona había partido, el corrió a su cuarto y la vio en su cama, no entendía de que hablaba su madre. Ahora estaba confundido y con cierto enfado, sentado en la sala, muy cerca de la nona, quien como le había dicho, estaba en una caja, vestida con sus mejores ropas, no tenía pijama como él pensó, pues le había llegado la enfermedad del sueño. Veía mucha gente en casa, la mayoría familiares que siempre solían venir de visita, mientras miraba la caja con su nona adentro, pensaba - ahora tengo que esperar y no sé cuánto tiempo, no me dijo, espero que sea pronto nona, sino me molestare contigo - ahora quien jugara conmigo, no hay quien me cuente historias - susurraba. En un momento vio a su madre que se sentó su lado con el rostro muy triste vistiendo un abrigo negro muy grande que inexplicablemente le llamó la atención y lo distrajo un poco de sus pensamientos, se apoyó en ella. El abrigo era afelpado muy cómodo, consiguió acomodarse, como cuando solía escuchar los cuentos de su nona y quedó dormido.

- Hey baby. Wake up ¿Are you ok?

Despertó de su inconsciencia, era su novia , quien sorprendida de verlo estático y con los ojos abiertos pensaba que estaba en trance o algo parecido.

- Wake up honey come on; I've been trying to wake you up for the last two minutes, ¿Do you hear me?

Él estaba sorprendido que el tiempo pasara tan velozmente desde aquel sillón sentado junto a su madre, vestida con aquel abrigo negro tan grande, hasta el lugar donde estaba ahora, la gran ciudad de Atlanta; miró a su novia y se puso de pie, la tomó por la cintura y levantándola muy sonriente le dijo:

* - "Sai una cosa la nonna era la donna piu maravigliosa del mondo, ed io non era addormentato, parlaba con lei, e lo posso fare quando voglio” Ella lo contemplaba sorprendida pero contenta porque sabía que él estaba feliz, mientras él la mantenía en sus brazos dando giros, danzando, cantaba, cantaba en italiano y reía a carcajadas, reía en todos los idiomas.

* Sabes una cosa, la nona era la mujer más maravillosa del mundo y yo no estaba dormido, y puedo hacerlo cuando yo quiera.

Los building rojos

 El bendito despertador suena peor que nunca, vuelve a sonar con ese tono rasposo, metálico, sus timbrazos son horrorosos; en realidad el ruido que derrama es el mismo, soy yo el que las escucha en diferentes tonos por el halo de nostalgia que aun arrastro desde mi partida de Lima.Después de tomar un baño arreglo mis cosas para ir a mi segunda semana de chamba y tengo todavía en mis narices el aroma de Lima, el smog de los microbuses, los gritos de mis hijos jugando en la sala. Mi paladar alcanza a degustar el sabor del último platillo que devoré hace menos de un mes antes de salir de casa: un tacu tacu con su pancito francés y mi cafecito de cebada.

Ahora camino por unas avenidas muy limpias, autos nuevos se deslizan por sus calles y unosmodernos buses asoman por sus esquinas con paraderos en la que sus gentes esperan y subenordenadamente. La agencia de empleos queda felizmente a unas pocas cuadras del lugar dondevivo y me toma unos diez minutos en llegar, el calor es insoportable y las noticias en televisión dicen que llegaremos a un poco más de 35 grados centígrados, una temperatura aún desconocida para mí.

El lobby de la agencia está llena de hispanos y en su mayoría peruanos que están hablando de las noticias de Lima, ellos al parecer ya se conocen, yo soy el recién llegadito. Me preguntan si es cierto lo que dicen del “chino” pues según ellos es el mejor gobernante que hemos tenido y el único que derrotó al terrorismo. Yo les respondo que con ese pretexto se quiere quedar veinte años más, que todo apunta, hasta donde yo estuve, que su gobierno se venía abajo por la corrupción de su asesor de inteligencia.

La mayoría habla a su favor dicen que todo es mentira por la bronca política de sus enemigos ysin proponérmelo me veo en un carga montón inesperado, felizmente aparece Gustavo elencargado de la agencia de empleos y me salva del apuro, nos atiende muy gentilmente dándonos detalles del lugar a donde trabajaremos.

- Ok muchachos – dice- se van ir aquí nomás a los buildings rojos, Omar please, lleva tú la hoja del control de horas de los muchachos.

Todos salimos, bajamos las escaleras y vamos a la esquina donde hay una tienda de ropa muy conocida en la zona, cerca está parqueada la camioneta de Omar y subimos.

- Yo los llevo chocheras, pero cada uno se regresa por su cuenta ya saben, para quien no me conoce mi nombre es Omar pero me pueden llamar “Rambo”

Me siento al lado de Juan Carlos, es la tercera vez que lo veo y es más bien callado y muyintrovertido, tiene un castellano bien educado y es muy formal en sus conversaciones, despuésme diría que fue profesor en Perú. Omar, la pinta nomás lo delata de que es un tipo bien mosca, vivo, se la sabe todas, dicen que

fue policía en Lima, usa un pañuelo amarrado en la frente al estilo Rambo, chapa que al parecer lo disfruta mucho. Llegamos al tercer piso de estos edificios que realmente son rojos tal como los conocen, la gente se relaja y se acomoda en un cuarto que sirve de vestidor. Se sueltan las mochilas y también las bromas entre los que se conocen, la chacota peruana, el chongo infaltable. Por su carácter obviamente que Juan Carlos es el punto, le cae de todo, él solo sonríe y diríamos que trata de llevar la fiesta en paz exhibiendo una buena correa bastante fingida diría yo.

- Oye Juan Carlos porque nunca te cambias esa maldita truza roja carajo, estas pasando todo el verano con la misma cosa, si no la cambias te los voy a romper compadrito – dice Omar en tono de burla.

Éste lo mira y sonríe, su sonrisa es más bien nerviosa denota cierto temor me mira y vuelve asonreír, sabe de la fama de “Rambo” lo abusivo que es y me dice bajito que se está luciendo con la gente. Entonces sorpresivamente armándose de cierto valor para no quedar mal con el auditorio que escucha atento las burlas de Omar se anima y habla.

- Es mi ropa compadre, es mi ropa no es la tuya, ¿Cuál es tu problema?

- Cuál es tu problema huevón, cuál es tu problema, me jode que uses esa cojudez todo el

tiempo.

Omar iba a decir algo más cuando de pronto apareció el supervisor de aquel lugar llamado losbuildings rojos, un gringo desaliñado que habla algo de español y no cesa de fumar, tiene los brazos tatuados y las orejas llenas de aretes – come on guys, al almacén… mucho trabajo…poco dinero….eh – comenta con su voz nasal.

Nos dio la hora de comer, que en realidad es solo media hora, Juan Carlos me conversa y dice cosas como que ese tipo lo tiene de punto, que ya no lo iba a aguantar, que su paciencia estaba en el límite, que una más y era capaz de agarrarse a golpes. Yo lo escucho, sé que solo son palabras, Juan Carlos no va a hacer nunca nada de lo que está hablando, en el fondo está atrapado en sus propios temores, sus miedos sus fantasmas, su enorme timidez estaba a flor de piel. Alguien me contaría después que él quedó afectado de los nervios a raíz del abandono de su esposa, quien lo dejó para irse a vivir con un amigo suyo a quien dio alojamiento en su casa.

Pasadas las ocho horas de rigor regresamos al cuarto donde dejamos las mochilas y maletines. Comenzamos a cambiarnos y cuando ya la mayoría se había retirado aparece Juan Carlos, yo loestaba esperando, él toma la misma ruta que yo.Levantó su mochila que dejó en el suelo y lo abrió, saco un polo y luego su famosa trusa, el poloestaba intacto, pero la trusa estaba cortada en tiritas, como una minifalda de flecos.

- Yo te dije huevón que te la iba cortar, a ver si mañana vienes con otra cosa – le dijo Omar,

mientras se acercaba hacia él.

- ¡Te voy a acusar donde Gustavo y también te voy a llevarte a la corte por hacerme esto!

“Rambo” como gustaba que lo llamaran se acercó hasta poner su rostro frente a la de Juan Carlos, casi rozándole la nariz le dice – auméntame los cargos a la corte cabrón, acúsame por cortar tu maldito y apestoso short y también por romperte la cara; te espero afuera. Charlie estaba espantado, nervioso hasta el límite, aun así me dijo – esto es el colmo, me veré obligado a pelear con este tipo ¿Y sabes qué? Yo me tengo miedo por que cuando peleo me desconozco y puedo hacer daño, no se medirme hermano, no se medirme. Pero se negaba a salir, así que después de animarlo aceptó que lo acompañara, antes de salir le pregunté si tenía otro pantalón, me dijo que no y que se pondría solamente el que estaba hecho trizas.

Tenía yo un polo más y se lo di para que se lo amarrara en la cintura y se cubriera para regresar a casa. Mientras caminaba miraba a todas partes esperando que Omar apareciera, mientras yo le repetía que él no iba a venir. Cruzamos el puente del río Passaic y llegamos a la avenida Rodgers.

- Anda nomas tranquilo, devuélveme el polo cuando puedas – le dijeJuan Carlos siguió caminando por toda la avenida subiendo para su casa. Lo vería después muchas veces pero no volvimos a trabajar juntos, siempre educado, un caballero formal, no volvimos a a hablar sobre el incidente, yo sabía que le incomodaba en sobremanera, entonces evitaba mencionarlo.

Una mañana lo encontré en la estación de trenes de la ciudad y al parecer lucia de buen humor- ¡Cayó el chino, sabias cayó el chino! – Me dijo – fíjate que estabas en lo cierto, pero se fue al Japón, de allí nadie lo saca compadre. Entonces para despedirse se daba el trabajo de mencionar siempre alguna frase célebre de las conocidas y a veces soltaba alguna novedosa y decía – esta es de mi cosecha, escucha: ¿Quién es el peor enemigo de un hispano? Otro hispano, por lo menos aquí, no lo olvides hermano, no lo olvides, nos vemos, nos vemos.

Mi propio sendero

Sorry pues.

  Por: Néstor Rubén Taype  —Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto. —Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me q...