El abrigo negro.

 

No entendía mucho lo que sucedía a su alrededor, mamá saliendo y entrando al cuarto de la nona, las tías y los otros familiares; después el doctor un señor muy serio con el maletín en mano hablaba muy bajito con su madre.

- Mami tengo hambre

- Ya hijo un minuto más y te sirvo

- No, yo quiero que me sirva mi nona

- Ella está enferma y no puede atenderte hijo

- No, ella me dijo que cuando todos se fueran me iba a servir la comida.

Desde que tuvo uso de razón vio a la nona a su lado, no eran muchos los años que tenia pero había aprendido a quererla mucho, las abuelas suelen tener esa paciencia adicional que los padres no poseen, ese pedacito de tolerancia que se estira lo suficiente para escucharlos, oírlos, contemplarlos y consentirlos. El doctor reflejando preocupación en su rostro se retiró, era el médico de la familia desde hacía muchos años, de allí su pesar por el estado de salud de la nona, no era una paciente más, los unía los años de amistad hacia una persona que estimaba y que siempre le colmó de atenciones. Saber la verdad esa "verdad" era una de las cosas que más detestaba de su profesión, se irá al cielo, musitaba, no hay otro lugar para una mujer como ella. Al oír cerrar la puerta el pequeño corrió al cuarto de la nona, era la primera vez que la veía triste y no lograba comprender por qué estaba enferma, siempre la vio fuerte robusta, saludable y de buen humor, le pidió por favor almorzar con él y ella lógicamente hizo el ademán de levantarse, cuando interrumpió la mamá a decirle que de ninguna manera; le dijo al pequeño que se quedara en el cuarto y le traería la merienda para ambos, lo que él aceptó con mucho entusiasmo.

Sentía mucha pena por la cercanía de su partida había trabajado toda su vida para su familia, conjuntamente con el abuelo quien fue un tipo apuesto, hombre fino y de gustos exquisitos como buen italiano, amante de la buena comida , de los vinos añejos, joven emprendedor que un día dejó su querida Italia pasa sentar sus raíces en tierras peruanas. Estaba conforme con lo que la vida le había dado, un buen esposo e hijos y ahora disfrutaba de los nietos - regalos de Dios y que no tienen precio- solía mencionar en cada conversación. Le apenaba que en sus últimos años, los pocos que le quedaban, tuviera que atender al pequeñín, lo adoraba, bello como un ángel, decía, su cabello rubio y los ojos claros como la madre y la inocencia propia de su edad habían terminado por robarle el corazón; lamentaba que el tiempo no le alcanzara para verlo adolescente siquiera. Ahora lo tenía al frente con una tremenda sonrisa, disfrutando del almuerzo, pero más, por estar cerca de ella.

-¿Estas enfermita, te duele algo nona?

- Lo que pasa es que me ha dado la enfermedad del sueño ¿Sabes cómo es eso mi amor?

- No.

- Pues es una enfermedad que te da mucho sueño y no puedes levantarte por más que quieras, entonces para curarte te ponen en una caja especial, muy cómoda por cierto y luego te llevan a un lugar muy bonito donde te curan.

-¿Y a ti te van a llevar a ese sitio?

- Pues sí, si ya no despierto me llevaran.

- ¿Y porque tiempo nona?

- Deja tu plato un momento y acércate hijo - mientras le tomaba las manos ensayó la mejor sonrisa con el afán de cubrir su verdadero sentir - si me tardara en regresar tu podrás hacer que yo vuelva cuando tú lo quieras.

- ¿Y cómo lo voy a hacer?

- Solo tendrás que desearlo y yo vendré, nada más

- No entiendo mucho, pero creo que cerrare los ojos, cruzaré mis brazos y diré: ven nona como

hacen los magos ¿Verdad?

- Pues algo así mi querido bebe, mi pequeño ángel, entonces yo apareceré en tu mente - le dijo

casi susurrando.

- ¿En mi mente??..... Ahora si no entiendo nona ¿Y en mi mente te voy a ver?

- Claro, claro que me veras, ahora no lo entiendes mi pequeñín, pero después lo harás y vendré a tu cabecita todas las veces que tú quieras.

Él siguió preguntando y preguntando hasta que ella muy ingeniosa le dijo que le relataría un hermoso cuento italiano de un niño que vivía en un lugar llamado Venecia y no era un niño cualquiera sino un pequeño que tenía la virtud de caminar por las aguas sin hundirse, él por supuesto pegó un grito de emoción al oír esto y olvidó sus preguntas, buscó acomodarse al lado de su nona y pedir que ya mismo comenzara con la historia. Los días transcurrieron hasta que una tarde oyó a su madre decir que la nona había partido, el corrió a su cuarto y la vio en su cama, no entendía de que hablaba su madre. Ahora estaba confundido y con cierto enfado, sentado en la sala, muy cerca de la nona, quien como le había dicho, estaba en una caja, vestida con sus mejores ropas, no tenía pijama como él pensó, pues le había llegado la enfermedad del sueño. Veía mucha gente en casa, la mayoría familiares que siempre solían venir de visita, mientras miraba la caja con su nona adentro, pensaba - ahora tengo que esperar y no sé cuánto tiempo, no me dijo, espero que sea pronto nona, sino me molestare contigo - ahora quien jugara conmigo, no hay quien me cuente historias - susurraba. En un momento vio a su madre que se sentó su lado con el rostro muy triste vistiendo un abrigo negro muy grande que inexplicablemente le llamó la atención y lo distrajo un poco de sus pensamientos, se apoyó en ella. El abrigo era afelpado muy cómodo, consiguió acomodarse, como cuando solía escuchar los cuentos de su nona y quedó dormido.

- Hey baby. Wake up ¿Are you ok?

Despertó de su inconsciencia, era su novia , quien sorprendida de verlo estático y con los ojos abiertos pensaba que estaba en trance o algo parecido.

- Wake up honey come on; I've been trying to wake you up for the last two minutes, ¿Do you hear me?

Él estaba sorprendido que el tiempo pasara tan velozmente desde aquel sillón sentado junto a su madre, vestida con aquel abrigo negro tan grande, hasta el lugar donde estaba ahora, la gran ciudad de Atlanta; miró a su novia y se puso de pie, la tomó por la cintura y levantándola muy sonriente le dijo:

* - "Sai una cosa la nonna era la donna piu maravigliosa del mondo, ed io non era addormentato, parlaba con lei, e lo posso fare quando voglio” Ella lo contemplaba sorprendida pero contenta porque sabía que él estaba feliz, mientras él la mantenía en sus brazos dando giros, danzando, cantaba, cantaba en italiano y reía a carcajadas, reía en todos los idiomas.

* Sabes una cosa, la nona era la mujer más maravillosa del mundo y yo no estaba dormido, y puedo hacerlo cuando yo quiera.

Los building rojos

 El bendito despertador suena peor que nunca, vuelve a sonar con ese tono rasposo, metálico, sus timbrazos son horrorosos; en realidad el ruido que derrama es el mismo, soy yo el que las escucha en diferentes tonos por el halo de nostalgia que aun arrastro desde mi partida de Lima.Después de tomar un baño arreglo mis cosas para ir a mi segunda semana de chamba y tengo todavía en mis narices el aroma de Lima, el smog de los microbuses, los gritos de mis hijos jugando en la sala. Mi paladar alcanza a degustar el sabor del último platillo que devoré hace menos de un mes antes de salir de casa: un tacu tacu con su pancito francés y mi cafecito de cebada.

Ahora camino por unas avenidas muy limpias, autos nuevos se deslizan por sus calles y unosmodernos buses asoman por sus esquinas con paraderos en la que sus gentes esperan y subenordenadamente. La agencia de empleos queda felizmente a unas pocas cuadras del lugar dondevivo y me toma unos diez minutos en llegar, el calor es insoportable y las noticias en televisión dicen que llegaremos a un poco más de 35 grados centígrados, una temperatura aún desconocida para mí.

El lobby de la agencia está llena de hispanos y en su mayoría peruanos que están hablando de las noticias de Lima, ellos al parecer ya se conocen, yo soy el recién llegadito. Me preguntan si es cierto lo que dicen del “chino” pues según ellos es el mejor gobernante que hemos tenido y el único que derrotó al terrorismo. Yo les respondo que con ese pretexto se quiere quedar veinte años más, que todo apunta, hasta donde yo estuve, que su gobierno se venía abajo por la corrupción de su asesor de inteligencia.

La mayoría habla a su favor dicen que todo es mentira por la bronca política de sus enemigos ysin proponérmelo me veo en un carga montón inesperado, felizmente aparece Gustavo elencargado de la agencia de empleos y me salva del apuro, nos atiende muy gentilmente dándonos detalles del lugar a donde trabajaremos.

- Ok muchachos – dice- se van ir aquí nomás a los buildings rojos, Omar please, lleva tú la hoja del control de horas de los muchachos.

Todos salimos, bajamos las escaleras y vamos a la esquina donde hay una tienda de ropa muy conocida en la zona, cerca está parqueada la camioneta de Omar y subimos.

- Yo los llevo chocheras, pero cada uno se regresa por su cuenta ya saben, para quien no me conoce mi nombre es Omar pero me pueden llamar “Rambo”

Me siento al lado de Juan Carlos, es la tercera vez que lo veo y es más bien callado y muyintrovertido, tiene un castellano bien educado y es muy formal en sus conversaciones, despuésme diría que fue profesor en Perú. Omar, la pinta nomás lo delata de que es un tipo bien mosca, vivo, se la sabe todas, dicen que

fue policía en Lima, usa un pañuelo amarrado en la frente al estilo Rambo, chapa que al parecer lo disfruta mucho. Llegamos al tercer piso de estos edificios que realmente son rojos tal como los conocen, la gente se relaja y se acomoda en un cuarto que sirve de vestidor. Se sueltan las mochilas y también las bromas entre los que se conocen, la chacota peruana, el chongo infaltable. Por su carácter obviamente que Juan Carlos es el punto, le cae de todo, él solo sonríe y diríamos que trata de llevar la fiesta en paz exhibiendo una buena correa bastante fingida diría yo.

- Oye Juan Carlos porque nunca te cambias esa maldita truza roja carajo, estas pasando todo el verano con la misma cosa, si no la cambias te los voy a romper compadrito – dice Omar en tono de burla.

Éste lo mira y sonríe, su sonrisa es más bien nerviosa denota cierto temor me mira y vuelve asonreír, sabe de la fama de “Rambo” lo abusivo que es y me dice bajito que se está luciendo con la gente. Entonces sorpresivamente armándose de cierto valor para no quedar mal con el auditorio que escucha atento las burlas de Omar se anima y habla.

- Es mi ropa compadre, es mi ropa no es la tuya, ¿Cuál es tu problema?

- Cuál es tu problema huevón, cuál es tu problema, me jode que uses esa cojudez todo el

tiempo.

Omar iba a decir algo más cuando de pronto apareció el supervisor de aquel lugar llamado losbuildings rojos, un gringo desaliñado que habla algo de español y no cesa de fumar, tiene los brazos tatuados y las orejas llenas de aretes – come on guys, al almacén… mucho trabajo…poco dinero….eh – comenta con su voz nasal.

Nos dio la hora de comer, que en realidad es solo media hora, Juan Carlos me conversa y dice cosas como que ese tipo lo tiene de punto, que ya no lo iba a aguantar, que su paciencia estaba en el límite, que una más y era capaz de agarrarse a golpes. Yo lo escucho, sé que solo son palabras, Juan Carlos no va a hacer nunca nada de lo que está hablando, en el fondo está atrapado en sus propios temores, sus miedos sus fantasmas, su enorme timidez estaba a flor de piel. Alguien me contaría después que él quedó afectado de los nervios a raíz del abandono de su esposa, quien lo dejó para irse a vivir con un amigo suyo a quien dio alojamiento en su casa.

Pasadas las ocho horas de rigor regresamos al cuarto donde dejamos las mochilas y maletines. Comenzamos a cambiarnos y cuando ya la mayoría se había retirado aparece Juan Carlos, yo loestaba esperando, él toma la misma ruta que yo.Levantó su mochila que dejó en el suelo y lo abrió, saco un polo y luego su famosa trusa, el poloestaba intacto, pero la trusa estaba cortada en tiritas, como una minifalda de flecos.

- Yo te dije huevón que te la iba cortar, a ver si mañana vienes con otra cosa – le dijo Omar,

mientras se acercaba hacia él.

- ¡Te voy a acusar donde Gustavo y también te voy a llevarte a la corte por hacerme esto!

“Rambo” como gustaba que lo llamaran se acercó hasta poner su rostro frente a la de Juan Carlos, casi rozándole la nariz le dice – auméntame los cargos a la corte cabrón, acúsame por cortar tu maldito y apestoso short y también por romperte la cara; te espero afuera. Charlie estaba espantado, nervioso hasta el límite, aun así me dijo – esto es el colmo, me veré obligado a pelear con este tipo ¿Y sabes qué? Yo me tengo miedo por que cuando peleo me desconozco y puedo hacer daño, no se medirme hermano, no se medirme. Pero se negaba a salir, así que después de animarlo aceptó que lo acompañara, antes de salir le pregunté si tenía otro pantalón, me dijo que no y que se pondría solamente el que estaba hecho trizas.

Tenía yo un polo más y se lo di para que se lo amarrara en la cintura y se cubriera para regresar a casa. Mientras caminaba miraba a todas partes esperando que Omar apareciera, mientras yo le repetía que él no iba a venir. Cruzamos el puente del río Passaic y llegamos a la avenida Rodgers.

- Anda nomas tranquilo, devuélveme el polo cuando puedas – le dijeJuan Carlos siguió caminando por toda la avenida subiendo para su casa. Lo vería después muchas veces pero no volvimos a trabajar juntos, siempre educado, un caballero formal, no volvimos a a hablar sobre el incidente, yo sabía que le incomodaba en sobremanera, entonces evitaba mencionarlo.

Una mañana lo encontré en la estación de trenes de la ciudad y al parecer lucia de buen humor- ¡Cayó el chino, sabias cayó el chino! – Me dijo – fíjate que estabas en lo cierto, pero se fue al Japón, de allí nadie lo saca compadre. Entonces para despedirse se daba el trabajo de mencionar siempre alguna frase célebre de las conocidas y a veces soltaba alguna novedosa y decía – esta es de mi cosecha, escucha: ¿Quién es el peor enemigo de un hispano? Otro hispano, por lo menos aquí, no lo olvides hermano, no lo olvides, nos vemos, nos vemos.

"Sangre de Hermanos". Novela de Ignacio López-Merino

 

Comentario de Néstor Rubén Taype

Gregorio “Goyo” Olazábal es un muchacho de clase media limeña e hijo de uno de los médicos más respetados de aquella época. Si bien es cierto que goza de todas las comodidades y unespacio en la sociedad capitalina, su familia no las lleva todas consigo, pues su madre lejos detener la reputación del padre, es una mujer consumida por su debilidad alcohólica y un lastredoloroso para él y su entorno. Dentro de todo este escenario él trata de hacer su vida como lade cualquier adolescente y se enamora de una linda muchacha compañera de su niñez, pero cuando andaba gozando de esos amores primaverales propias de su juventud, se encuentra con la novedad que el Perú se estaba enfrascando en una guerra con el país vecino: Chile.

Había visto en el Internet la presentación de esta novela y me llamó la atención que alguienhubiera escrito un drama, una historia de amor dentro del marco de la guerra del pacifico. Nibien obtuve mayor información sobre este libro lo mande pedir a mis familiares de Lima, yaprovechando el viaje de un amigo conseguí en unas semanas la ansiada novela. A la par también está el personaje de Eleuterio Gómez perteneciente a una familia de hacendados del norte exactamente de Cajamarca.

Había crecido conociendo las luchas internas de su familia con sus vecinos, otros hacendadoscon quienes guardaban un antagonismo de años. Para complicar aún más la difícil situación que se vivía, Eleuterio embarazó a una de las hijas de a familia en contienda, lo que desató una guerra entre ambas y por las cuales el joven provinciano partió a Lima; y a falta de techo y comida se enroló en el ejército peruano que ya estaba dándose las primeras escaramuzas en el sur. Estuve leyendo muy concentrado varias páginas del libro viajando imaginariamente hasta esa época que el autor pinta y describe maravillosamente, estaba transportado casi como un personaje más dentro de la novela, acaso a veces como uno de los soldados o como un simple viajero o tal vez un paisano observando el Perú; ese país acosado de 1879.

De pronto me vi envuelto en la defensa de Lima y se menciona San Juan y Miraflores, aquí me detuve; me vino inmediatamente la imagen de Villa, si las Delicias de Villa, está muy cerca de San Juan, mil novecientos sesenta y tres. Estoy frente a un hueco más o menos grande de los muchísimos que había alrededor del cerro La Estrella, éramos como siete los que íbamos siempre a los cerros a jugar “Combate” nos las regíamos para ver quién era el sargento Saunders, luego Kaje y Litle John. Entonces todos estábamos mirando lo que había en esta trinchera, unos dicen ¡mira aquí hay balas, no, son balazos! oye esto es como una mochila –grita otro. Yo veo botas con la suela abierta como si quieran contar algo, como si quisieran decirnos lo que pasó pero se ahogaron de soledad y calor, también telas descoloridas que no atinamos a adivinar su color original y finalmente huesos, de todos los tamaños y de diversas formas, un rompecabezas del tiempo que mis amigos desenterraban en esa casi virginal desierto. Me sentía entre asustado y curioso a la vez cuando de pronto uno de los amigos llamado Rafael nos dijo – mi viejo dice que aquí hubo una batalla con los chilenos y todos casi al unísono preguntamos ¿Y quién ganó? - Mi viejo que ha sido soldado me contó que aquí los chilenos nos sacaron la mierda.

Mientras ocurrían una serie de sucesos previos en que el joven Gregorio Olazábal se envolvía, antes de participar como combatiente por la patria, el provinciano Eleuterio Gómez ya estaba luchando en el Morro de Arica junto con el Coronel Francisco Bolognesi, héroe de dicha batalla. El novel soldado Gómez sobrevivió para contarlo y pudo escapar antes de ser capturado, salvándose por un pelo de ser fusilado. Gregorio “Goyo” Olazábal era uno de los muchos jóvenes pertenecientes a la clase acomodada de Lima cuyos padres pretendían alejarlos de la guerra enviándolos a Europa o América. Quizás fueron muchos los que partieron con ese rumbo, como también fueron otros tantos que imbuidos en ese fervor patriótico del momento, optaron por quedarse y tomar las armas aun sabiendo que era una causa perdida.

El joven Gregorio optó por quedarse causando mucho dolor a su familia y especialmente a la novia. Su padre, reputado y distinguidísimo medico era el Supervisor General de los Hospitales de Lima que se preparaba para recibir los heridos en la defensa de la capital. Dado el cargo que ostentaba tuvo que pasar durísimas experiencias durante la ocupación lidiando con el enemigo y con el mismo Patricio Lynch quien dirigía al ejército invasor.

- Vamos – dijo Rafael, que era el Sargento Saunders el mayor de todos, doce años y estaba en primero de secundaria – vamos hasta la cumbre.

Entonces me puse de pie mirando siempre a la bota con la boca abierta y pensé que así habríamuerto el soldado, con un grito ahogado. Conté como unos treinta huecos o trincheras en la subida al cerro La Estrella todas ellas iguales, llenas de lo mismo que encontramos en la primera, seguía distraído con mi palo de escoba en la mano, que era mi metralla. Di unos pasos lentos tratando de seguir contando cuando Rafael me jaló del hombro y caímos a una de las trincheras – él siguió gritando a los demás – ¡al suelo, al suelo que los nazis están bombardeando!

Entonces le pregunté – hey sargento ¿Son los nazis o lo chilenos? Uy chucha verdad, si son los chilenos de mierda. ¡Vamos soldados, todos adelante, vamos hasta la punta del cerro ahí están los chilenos! Al llegar a la cima disparamos con todo lo que teníamos, balas y granadas y también peleamos con las bayonetas ¡pum, pak, trak, fua, zas! - ¡La metralleta, la metralleta tatatatatata!

El autor nos sumerge en las aventuras de estos dos muchachos provenientes de diferentes clases sociales y origen, describiendo sus amoríos y peripecias, recorriendo, descubriendo sus virtudes y defectos, triunfos y fracasos. Ambos luego de correrías y abriéndose paso por caminos distintos llegan a coincidir en una trinchera, agazapados en la oscuridad, oliendo a pólvora, están allí luchando por sus vidas con un enemigo en ciernes inmensamente superior, son soldados, son amigos, están manchados de sangre, sangre de hermanos. La novela describe el estado social de la época, los intereses de clase y el escenario político de ese momento y el divisionismo entre los peruanos. La ignorancia de muchos, que llegaban al extremo de preguntar quién era ese general llamado Chile. La falta de identificación como Nación, un país desordenado por el caudillismo de los militares. El papel de muchas autoridades que querían dar por terminada la invasión a como dé lugar y el heroísmo de otros que deseaban vender cara la derrota como coronel Andrés Avelino Cáceres, héroe de la resistencia peruana.

Estamos cinco parados frente al sargento Saunders, los otros dos están atrás cuidando la retaguardia. Luis que es Kaje dice – sargento, no hay ningún enemigo a la redonda matamos a todos y no hay prisioneros. Luis era el que más realismo le daba a su vestimenta, su padre le había hecho de madera una suerte de metralla, como decíamos nosotros: bien bacán. Usaba el mejor casco, se traía ceniza en una bolsita y se lo echaba por la barbilla como si fuera la barba crecida, además de un fósforo que fungía de cigarrillo, tenía como yo, ocho años de edad.

¡Aguanten, aguanten! ya no puedo ser el sargento Saunders, estamos peleando contra los malditos chilenos. – ¿Cuál va a ser tu nombre Rafa? - preguntó David, el más pequeñín, tenía siempre moco pegado en su nariz, ahora moco con arena que le caía como un bigotito, era el único que siempre llevaba puestos sus zapatos, no resistía la arena caliente, los demás estábamos descalzos.

- Ya esperen, esperen, a ver, a ver. Caminaba y miraba al cielo como si quisiera recordar algo, igualito que en la escuela cuando nos preguntaban en los exámenes orales y uno no sabía que contestar.

- Ya, soy Bolognesi, el coronel Bolognesi, no, no, no, puta él murió en el morro.

- Esta bien Rafa este es un cerro como un morro, aquí es – dijo uno

- No huevón él murió en otro morro, en el de Arica.

¡Ya me acordé, ya me acordé voy a ser el coronel Cáceres!

- Vamos división síganme todos en una sola fila y pisen en mis huellas, así engañaremos al enemigo, una sola huella. Así regresábamos a casa, bajando por el cerro la Estrella algunos años después invadido, sus pobladores lo llamaron el pueblo joven “Catalá” no sé porque del nombre, pero lo que sé es que nadie enterró a esos huesos que nosotros vimos, las balas, los trozos de tela descoloridos ni a las botas que se quedaron con las suelas abiertas con ese grito callado que se perdió en el desierto, no hubo rabonas en esta batalla. Nosotros continuamos bajando a nuestro barrio de Las Delicias de Villa, regresábamos a casa todos en una sola fila como lo había dicho el coronel Cáceres. Mil novecientos cinco, se va a dar inicio a la ceremonia de la inauguración de la Plaza Bolognesi, está el Presidente de la República y sus invitados, hay muchísima gente observando tan magno evento. Uno de los asistentes es el general Roque Sáenz Peña, argentino, sobreviviente del morro de Arica donde peleó cuando era un joven oficial al lado del Coronel Bolognesi y el otro es nada menos que el mismísimo general Andrés Avelino Cáceres.

Entre el público que rodean la plaza esta uno de los muchachos, un maduro Eleuterio Gómez y con un niño a su lado miran la ceremonia. Él observa emocionado y orgulloso de haber peleado a lado de esos hombres, tal vez esté recordando algunas imágenes de ese pasado, quizás eche de menos al amigo de sus aventuras, aquel otro joven que el destino no le dio la oportunidadde sobrevivir y contarlo.

La tía Bersa

 Por: Néstor Rubén Taype

Once y media de la noche, la casa de la tía Betsabé más la llamamos Bersa, así le decía papá.Está sentada escuchando lo que conversamos con el primo Nicasio, con el primo Jorge, con la prima Rosa, ella siempre callada como mi padre. A veces hace un gesto como aceptando el comentario luego prosigue con su tristeza andina. Siempre iba a casa desde que tengo uso de razón, siempre a ver a papá todos decíamos que venía sólo por propina. Conversaban mucho se reían pero nadie entendía nada, ni siquiera mamá; hablan diferente quechua que nosotros los ancashinos - decía mi madre. Muy tarde supimos del verdadero amor a su hermano nos siguió visitando después que murió papá, recién entendíamos su tremendo silencio, su prolongadísima mudez, siempre callando.

Ahora estábamos allí visitándola en su modesta casa de Ciudad de Dios rodeada de sus hijos, no de todos, son nueve los que tiene y hay algunos ausentes.

¡Ya pues tía salud! - le digo,

- Salud sobrino - me dice.

- Salud tía, pero una sonrisita pues tía - ella hace una mueca.

- Todavía hay dolor hijo todavía me duele el corazón.

Su acento serrano que de pequeño me incomodaba, ahora me fascinaba, el acento de la tierra, de la sierra, las erres nada perdió la tía Bersa.

– Mamá - le dice uno de mis primos:

- Un salucito mamita tienes que estar caliente, con los huesos sueltos mamá ya viene, ya viene.

- Anda viejita un salucito más, todo, todo, así, así ¡Bravo, Bravo! – Celebramos al unísono.

Ya son cerca de las doce tocan la puerta.

-Ya está aquí, ya mamá prepárate – dice uno de los primos.

Abre la puerta y aparece un señor bajito, cobrizo.

- Adelante paisano asiento, usted aquí y el arpa puede dejarlo allá - Hacen un brindis. –Paisano

hay que calentarse las manos - dice mi primo otra vez.

El músico toma el arpa, se acomoda, toca las cuerdas varias veces.

-Vamos a tener que afinarla un poquito pues – dice el arpista

Mi tía espera tranquila como sabiendo cual es el ritual, ella sabe, ella espera.

- Ven mamá, llamen a Rosa que deje de cocinar – dice el primo Nicasio.

Rosa viene se para junto a mi tía, el arpista las mira y comienza a rasgar el arpa que me suena como a un yaraví, un triste, no es nada de eso, ellas comienzan a cantar en quechua, en esalengua milenaria desconocida para mí. Entonces recuerdo la melodía, es una suerte de lamento, ciertamente muy triste. Vi una vez llorar a mi padre, cuando por casualidad vimos en televisión un especial filmado por cineastas alemanes sobre Casire, la tierra de papá. Casire, pueblito dentro de Pausa, provincia de Paucar del Sara-Sara, departamento de Ayacucho. El video mostraba las costumbres del lugar y una de ellas era la despedida a jóvenes que partían a la capital. Eran despedidos por sus esposas, madres y hermanas que sumidas en ese canto de llanto y dolor, o dolor de llanto, les decían adiós a sus seres queridos, el adiós a la tierra, a la pacha mama, a la Virgen de las Nieves, patrona del pueblo. Entonces recordé a papá y me contagié de esa pena, de esa nostalgia que él sintió aquel día que partió a los diecisiete años desu tierra y a la que nunca más regresó. La canción era una remembranza para no olvidar el día que salieron de su pueblo. La tía se sentó esperando que el ritual siguiera. El arpista comenzó a bordonear y sonaba un festivo huayno, mi primo se acercó a la tía, ella se puso de pie, siempre sería y comenzó a bailar, ora suave, ora más rápido. Mi tía baila lindo igual que mis primos, todos ellos pasaron a bailar con la tía, ella no sonreía pero yo sabía que estaba alegre. Luego me tocó bailar e hice esfuerzos por hacerlo bien, recién la tía sonrió.

Me detuve, la abracé y los dos reímos - ya aprenderás hijitu - me dijo.

A propósito de Luis Pardo



Por: Néstor Rubén Taype


Mientras leía el comentario de la periodista peruana Linda Morales Caballero sobre el libro “Luis Bandolero Luis” de Walter Ventosilla http://www.tribes.org/web/2008/08/20/rescatando-a-un-anti-h(eroe-por-linda-morales-caballero/) recordaba episodios que mi madre me había contado sobre este personaje en repetidas ocasiones cuando yo era muy pequeño.

Gracias a esa comunicación oral que recibió de sus familiares ella seguía la costumbre de contar y contar cuanto ella recordaba de niña y todo lo escuchado y lo hablado por sus tíos, tías y abuelos.Mi madre quechua-hablante dice que aprendió a escondidas de su madre quien le prohibía terminantemente hablar el quechua porque según le decía esta lengua estropearía su pronunciación del español


- Hijo -  me decía- Luis Pardo fue un famoso bandolero que era muy temido en aquellos años y era un ladrón “bueno” que robaba a los ricos para darle a los pobres. Yo imaginaba a este héroe vestido de cowboy quizás a los Gene Autry o el Llanero Solitario y seguía embelesado escuchando a mi madre.

- Para ir a Lima – decía mi madre - se viajaba primero en burro o caballo desde Chiquian hasta una zona asfaltada y se cruzaba un lugar llamado mediomundo que era muy desolado y como tal era alberge de muchos asaltantes que robaban a los viajeros, siendo uno de ellos el famoso Luis Pardo.  Yo seguía imaginando las montañas y desiertos de algún lugar de California como en las películas del oeste y continuaba escuchando.

- Una vez entró un tipo a un restaurante y pidió que le sirvieran una copita de pisco, se sentó en la barra justamente al lado de Luis Pardo que también estaba bebiendo solo y le dijo ¿sabes quién soy yo? pues nada menos que Luis Pardo - Entonces hijo – ella continuaba - el verdadero Luis Pardo se puso de pie y allí mismo le disparó al farsante.

Yo nuevamente imaginaba a John Wayne o Robert Mitchum disparando contra el villano de turno en las películas de los cincuentas.


- Así pues papito contaba mi abuelo que Luis Pardo llegaba borracho a la casa buscando a la tía Diega de quien se había enamorado; porque él veía una mujer que le gustaba y se la llevaba sin importarle que fuera casada o no.

Yo veía a Kirk Douglas llevándose a caballo a Jean Simons o a Maureen O’hara trepando las montañas de Nuevo México.

- Así fue que se la llegó a robar una noche y no la regresó hasta después de una semana, y como era de esperarse  ella quedó embarazada y tuvo una niña a la que llamó Veneranda Pardo. Él tenía muchas mujeres e hijos por todo el pueblo.

 A los diecisiete años llegué a conocer Chiquian la tierra de mi madre, tal como lo hicieron  también mis hermanos. Allí me mostró la chacra que ella tenía  prestada a la tía Jesusa, y de paso preguntarnos si  estabamos interesado en trabajarla.

- Mira hijo a este bandolero querían capturarlo y traerlo a Lima, entonces el gobierno envío una tropa a cargo de un jefe policial llamado Toromazote (el nombre me pareció inolvidable) y por traición de su hermano lo atraparon, por eso a su hermano lo llamaron “Juan Caín”. Antes de caer muerto se despachó al otro mundo a ese Toromazote y luego una andanada de balas de la tropa acabaron con su vida .

 Aquí ya no me imagine nada por que pude ver en una vieja revista la foto de Luis Pardo y el jefe Toromazote tirados en el piso rodeado de la tropa que lo capturó.

- Hijo hazme recordar que esta encomienda es para entregarle a la tía Veneranda me dijo mi madre - cosa que hice en su momento - ellas hablaron y al preguntarle a mamá  me contestó que la encomienda era un encargo de mi tío Guillermo, que era su hijo.

A la tía Veneranda la conocí  ya muy anciana pero pude darle un beso y ver aun entre sus arrugas y cabellos canos sus lindos ojos verdes; no pude conversar con ella como me hubiera gustado porque solo hablaba quechua.

 Llegando a Lima fuimos a dejarle cartas al tío Guillermo, quien es viejo vecino de San Juan de Miraflores y a quien yo ya conocía de tiempo.


 Tío – le pregunté – ¿Así que usted es nieto de Luis Pardo el famoso bandolero?

- Solo sonrió y me dijo – yo solo soy Guillermo Alvarado, sobrino –

Nunca, en realidad nunca vi que le diera la más mínima importancia ni que hiciera el más breve comentario al respecto.

Fui a Chiquian llevado por mi madre para conocer también una de las fiestas más tradicionales de este pueblo, la fiesta de Santa Rosa, patrona de la ciudad que se celebra cada 30 de Agosto.

Pude ver las corridas de toros, el desfile de bailarines, las pallas y también danzar alrededor de la plaza de armas en las famosas huaylishadas, saber también de la numerosa familia de mi madre y como no enamorarme de una de las numerosas primas que recién conocía.

 Ninguno de mis hermanos ni yo  aceptamos siquiera ir de vez en cuando a ver la chacra de mami, quien inmediatamente después de nuestra negativa traspasó su propiedad a la tía Jesusa a cambio de dos frazadas y un par de ponchos.

 Estos fueron los recuerdos que se me vinieron de pronto y contados por mi madre, a propósito del libro sobre Luis Pardo escrito por Walter Ventocilla.


Mi propio sendero

Sorry pues.

  Por: Néstor Rubén Taype  —Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto. —Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me q...