Al vuelo



 

Por Néstor Rubén Taype 

A las cuatro de la tarde era mi horario de salida y acostumbraba a tomar una larga caminata hasta la estación de trenes, en uno de los suburbios del estado de Nueva Jersey. El paisaje al salir del condominio era muy lindo: el camino cruzaba un larguísimo campo verde, parecido a los de golf, y detrás se encontraba un puerto donde acoderaban barcos de lujo y los llamados cruceros.


Digamos que, para llegar desde el condominio hasta la estación, había unos quince minutos caminando sin apuro.


Aquel día estaba vigilado por un sol esplendoroso que disfrutaba bañándonos con sus rayos y abrazándonos con un calor insoportable. El gran campo estaba lleno de visitantes que, como acostumbraban, llegaban durante sus migraciones: los patos.


Tratando de calcular cuántos habría, me pareció que eran más de un ciento. Estaban por todo el camino y, mientras yo avanzaba, se iban apartando, no sin antes mirarme con mucha desconfianza.


No podía evitar cierto temor y recordar la película Los pájaros, de Alfred Hitchcock. Me preguntaba si acaso aquellos animales terminarían atacándome.


Creo que allí comenzó mi drama. Seguramente los nervios me estaban traicionando y, al parecer, ese miedo empezaba a transmitirse a los animales. Mis pasos se hicieron torpes, cabreando a aquellos patos que encontraba en mi camino.


Ya estaba un poco más de la mitad de mi ruta cuando, de pronto, sentí la mirada atrevida de un pato más grande que los demás. No sé si realmente era más grande o si yo lo veía de esa manera.


Estaba a mi costado, como a unos cinco pasos de distancia, y mientras yo caminaba, él me seguía.


Luego me dieron ganas de correr, pero no lo hice.


—¡Qué vergüenza! —me dije.


Apuré el paso y el bendito pato comenzó a acercarse hacia mí, respirando agitadamente.


—Ya —dije—. Este fulano me va a atacar y la mancha se me va a venir encima.


Traté de serenarme y mantener el control del caso. A lo lejos veía los autos pasando por la avenida, sin importarles lo que me estaba sucediendo. De pronto apareció un helicóptero que pasó fugazmente, sin percatarse de mi drama.


Yo quería gritarles:


—¡Auxilio!


Así, como en las películas.


Pero al final me chupaba.


¡Qué vergüenza!


El pato, que supongo sería el jefe, estaba ya a unos dos pasos de distancia. Lo sentía jadear y parecía dispuesto a atacarme.


De pronto fue interceptado por otro pato, algo más pequeño y diferente a los demás, que parecían copias hechas en serie.


Este era distinto, pero pato al fin.


Miró de reojo lo que estaba aconteciendo y, para mi sorpresa, vi que había logrado calmar al otro. Ya no venía hacia mí; más bien se quedó en su lugar, enterrando la cabeza en el pasto.


Me sentí aliviado y continué caminando, ahora más seguro de que nada me sucedería. Sin embargo, no podía evitar el profuso sudor de mi frente y creo que de todo el cuerpo.


Cuando ya me alejaba, escuché una voz que me llamaba:


—¡Compare, compare! ¡Hey, choche!


Di la vuelta, algo impresionado.


Vi al pato que era diferente a los demás llamándome.


¿Choche?


Me había dicho choche.


—¿Tú eres el pato que me ha llamado?


—Claro, yo mismo. ¿Ya estás tranquilo?


No salía de mi asombro al escuchar hablar a ese pato. Quise detenerme, pero él me dijo:


—Sigamos caminando sin roche.


Nos detuvimos casi al final del camino, donde había unas bancas para los transeúntes.


Pasada la impresión, le dije que eso de choche era muy peruano y que yo lo entendía porque también era peruano.


Él se alegró mucho.


—Si no estás apurado, me gustaría conversar un rato. No hablo con un paisano desde hace mucho tiempo.


Le pregunté qué hacía allí, cómo se llamaba, cómo había llegado desde tan lejos y que no sabía que los animales también migraban individualmente.


—Son muchas preguntas juntas —me respondió.


Me dijo que su nombre aquí era Mike, adoptado por las circunstancias, pero que en realidad su nombre en Perú era Fido.


—Y, por favor, no te rías, porque ya sé que es nombre de perro.


—No —le dije—, para nada.


Entonces le pedí que me contara cómo había llegado a Estados Unidos desde tan lejos.


Se quedó unos segundos en silencio.


—Yo vengo de allá —me dijo finalmente—, de los cerros que rodean Lima, de aquellos lugares pobres y olvidados de la capital.


Y comenzó su historia.


m—Yo vengo de la pobreza extrema, donde los animales no tenemos jaulas ni nada. Todos dormimos en la cocina, que también es comedor y dormitorio. De chiquito solo me acuerdo de mi mamá y de dos hermanitos con los que jugábamos en la tierra. El agua solo la conocíamos para tomarla cuando la señora nos daba con mamadera. Nos abría el pico y nos daba agua con un chisguete, de esos de carnavales.


»“No se puede desperdiciar el agua, hijitos”, nos decía.


—¿Y qué pasó con tu familia?


—Un día mis hermanos desaparecieron y mi mamá me dijo que se habían ido a vivir a otras casas. Otro día mi mamá también desapareció. Por ahí me dijeron que fue un buen arroz con pato, pero eso me lo dijo el gallo borracho, que era uno de mis amigos.


—¿Entonces qué pasó después?


—Ya más joven tenía mi gente, o sea, una collera con la que nos reuníamos siempre allá en el cerro.

—¿Y quiénes eran esos patas tuyos?


—Una mancha maldita. Mira, primero estaba Gallo Viejo; Pavaso, que era, por supuesto, un pavo; luego Rocky, el gallo de pelea, que era un borracho de mierda. Pekín, que era eso: un Pekín. Me decía que él no era un pato, sino un Pekín. Según él, más fino. Me caía pesado y para mí era medio huevón. Y, por último, Cayito, que era un cuy bien pendejo.


»Esa era nuestra mancha. Nos reuníamos detrás de alguna choza de nuestros dueños.


—¿Me decías que el combo no abundaba? ¿Que vivían en la pobreza? ¿De qué se alimentaban?


—El combo era poco y no se comía todos los días. Mi dueña criaba también una gallina con dos pollitas y un par de conejos. Yo andaba más afuera con mi mancha, pero todos eran buena gente, especialmente una pollita. Ya te contaré mi historia con ella.


Comíamos el arroz que sobraba del combo de la dueña, sus cuatro hijos y su marido vago. Pero la tía, los domingos, nos daba Nicovita. No sé cómo la conseguía, pero ¡qué rico era comer los domingos!


Cuando estaba con mi mancha me jodían y a veces me decían pato seco, porque nunca había conocido el agua; o sea, un lago, un río o un lugar donde se supone que yo debía nadar.


Gallo Viejo, que era el sabio del grupo, se compadecía de mí.


—Pobre muchacho —me decía—. ¿Cómo es posible que esa patas tuyas nunca hayan navegado?


Y me explicaba por qué tenían esa forma mis patas.


—Hijo, ese cuerpo tuyo nunca se ha zambullido en el líquido elemento. ¡Qué desgracia! No sabes, hijo mío, que las características de tu biotipo son para que disfrutes de las bondades del agua que te es negada.


»Pero huye, hijo. Lárgate de este horroroso lugar y descubre el mundo. Y vuela. Cosa que nunca has hecho, a pesar de que también naciste para volar.


Yo no entendía lo que hablaba el tío sabio porque era un bruto, pues.


¿Qué mundo?


Si mi mundo estaba rodeado de cerros, gente pobre y animales que sobrevivíamos como podíamos.


¿Cómo podíamos volar?


No.


Solo vuelan los pajaritos.

Pero yo tenía mi mancha. Éramos pocos, pero bien unidos. Allí estaba Rocky, un gallo de pelea que su dueño había comprado muy pequeño y que resultó ser un gran peleador. Ganó muchos campeonatos y le hizo ganar a su dueño bastante plata con las apuestas.
Pero el tiempo pasó y un día Rocky comenzó a perder y perder. Entonces lo hicieron descansar un tiempo, dándole una última oportunidad para pelear. Su dueño apostó fuerte y se la jugó por su gallo; le tenía fe. Pero la fe no era suficiente. Rocky ya estaba viejo y perdió.
Enterró el pico y, al toque, bien mosca, su gente lo recogió. Respiraba todavía y, por milagro, lo salvaron.
Cuando se curó, su dueño lo engañó. Le dijo que, casi desfalleciendo, había acabado con su contrincante. Desde entonces lo celebraron con una tranca endemoniada de la que Rocky nunca quiso salir. Chupaba casi todos los días, pero los fines de semana era a morir: él y su dueño.
Andaba tan borracho que una vez quiso pisar a Gallo Viejo. El sabio, ofendido en su honor, mandó llamar a dos patos negros del barrio maleado para que le sacaran la mierda a Rocky. Casi lo matan si no fuera porque mi patrona le salvó la vida.
Desde entonces, Gallo Viejo le tenía bronca.

Gallo Viejo era otra historia. Nadie sabía, ni él mismo se acordaba, cuántos años tenía. Solo sabía que ya estaba viejo y que nadie se lo iba a comer, a no ser que se encontrara con alguno de los perros vagos y hambrientos de la zona, esos que no creían en nadie.

Decía que había sido el mejor cantador de aquellos cerros baldíos que comenzaban a poblarse de pobreza. Todas las mañanas cantaba a voz en cuello y su grito, a veces de barítono y otras de tenor, anunciaba el amanecer en los cerros de aquella Lima gris.

Había vivido con tres familias que lo fueron regalando por distintas razones: unas veces para pagar una deuda, otras porque alguien quería un gallo cantor que diera la hora exacta, virtud que, según él, le había concedido la madre naturaleza.

Además, había aprendido a leer. Leyó muchos libros que alguna vez tuvo uno de sus dueños, un profesor de escuela.

Gallo Viejo decía que los humanos, o sea ustedes, eran unos miserables y depredadores de la madre naturaleza.

—¿Qué significa eso de depredadores? —le pregunté una vez.

—Algún día lo entenderás, hijo —me respondió.

Pero todos lo respetaban, incluso Rocky después de aquella paliza. Gallo Viejo estaba siempre presente en nuestras reuniones y hasta en las trancas que a veces nos dábamos. Era altivo, hablaba poco y siempre tenía algún consejo que dar.

Claro que, cuando ya estábamos todos bien borrachos, se retiraba. No quería que le faltaran el respeto y nos disculpaba por la tranca.

Una vez Cayito, el cuy, estaba hablándole y Gallo Viejo se había quedado dormido. Cuando despertó, el cuy le dijo:

—Mira, tío, si quieres morirte, ándate a otro lado y no nos cagues la fiesta. Encima casi te mueres y ni siquiera avisas.

Claro, todo el mundo se cagó de risa.

Pero él, sacudiéndose las alas y muy serio, se retiró diciendo:

—Los perdono, sarta de bestias ignorantes.

También estaba Pavaso. Pavaso era eso: un pavaso menso. Siempre que lo veía lucía saludable, sano, gordito, bien papeado.

Rocky le recordaba que era un pavo al que estaban preparando para una cena de Navidad, cosa que él negaba. Él afirmaba ser el engreído de la familia, de aquella numerosa familia que eran sus dueños.

Como prueba de ello, un día llegó bien borracho, comentando que se había metido una tranca con su dueño.

Rocky le decía que eso era falso, que solamente lo estaban cebando y que le invitaban vino para que se acostumbrara y no desconfiara.

—Un día te darán vuelta, Pavaso —le repetía.

Pero el pavo se la creía y así vivía feliz.

Días antes de emigrar, la mancha nos pasó la voz de que el pavito ya no estaba. Encontraron en la basura toda su ropita, o sea, sus plumas, y cualquiera podía reconocer que eran de él.

No habían botado nada.

Había sido comida para los nueve hijos de la familia que, con esfuerzo, lo habían alimentado.

No dejaron nada, ni las patas. Y si no se comieron las plumas fue porque no había cómo.

Cayito contó haber visto cómo tiraban su cabeza dentro de la olla de sopa.

Cayito era otra historia. Era líder de una manada de cuyes, bien mosca y datero de todas las novedades. Por su tamaño podía entrar en cualquier sitio.

Sabía que era un machito necesario para dar crías y, por eso, tenía cierta tranquilidad de que no le dieran vuelta. Era rockero y salsero. Siempre nos daba un show de baile.

Pero Cayito fue atrapado por un maldito perro hambriento del vecindario, que no le dejó ni los huesitos.

Allá, en los cerros de la pobreza, nadie está libre.

Los dueños de Cayito fueron a la casa del maldito perro, que era su vecino. Estos les exigieron una prueba de que su perro se había comido al cuy, cosa que nunca se pudo demostrar.

Nosotros, desde el techo de nuestra casa, insultábamos al maldito perro negro que se había comido a Cayito.

El perro, enseñando los dientes y ladrando fuerte, nos decía:

—Tú serás el próximo, patito huevón. Cuídate, cuídate, que yo no dejo huellas.

Y estaba Pekín.

Pekín era un pato como yo, pero tenía un color algo amarillento y era un sobrado de mierda. No me caía para nada. Lo detestaba.

Siempre me miraba como si yo fuera menos que él y eso me molestaba.

Un día lo cuadré y le pregunté qué se creía.

—No pasa nada —me dijo—. Yo solo soy un fino Pekín. Sé que mi origen es noble, de un país llamado Alemania, y algún día me iré de este muladar.

Para tranquilidad mía, un familiar de la dueña se lo compró. Era una tía que siempre andaba muy elegante y vivía por la zona de los platudos de Lima.

Se largó por fin ese Pekín, hijo de su madre, que se creía la gran cosa, el muy basura.

La historia había sido larga y yo estaba asombrado de todo lo sucedido. Pero todavía faltaba la historia de aquel pato migrante que tenía frente a mí.

Después de contarme todo aquello con paciencia, se quedó pensativo, callado. Parecía cansado, como si hubiera volado diez kilómetros.

Para romper el silencio le pregunté por qué lo llamaban Fido.

Como si hubiera despertado de un prolongado sueño, sonrió y rio ante la pregunta, al parecer inesperada.

—Sorry, paisano, sorry.

—¿Pero por qué Fido?

—Te voy a contar la historia mía. ¿Viste? Dije “la historia mía”, en lugar de decir “mi historia”. Cosas del lenguaje que uno aprende aquí, como si hablara inglés.

Bueno, comienzo.

Al parecer, los dueños tuvieron una mascota, un perrito llamado Fido, que murió de rabia. Mi dueña, encariñada y recordando a su perrito, me clavó a mí su bendito nombre.

Una noche, cuando conversaba con Gallo Viejo, me contaba de la época de guerra que había pasado por la zona. Hablaba de unos patas comunistas a los que llamaban terroristas. Llegaban por las noches a robar gallinas y todo lo que podían y amenazaban a la gente para que se uniera a su lucha.

Otras veces venían solamente a matar a los vecinos.

Y otras veces, decía, llegaban los militares.

Entonces él me repetía:

—Los humanos son una basura, una mierda. No pueden vivir en paz.

En determinado momento me hizo jurar que debería irme, huir de aquel lugar. Que me fuera a conocer los mares y lagos del mundo, que supiera que había lugares donde vivían muchos patos y solo patos, y que conociera otros animales, pero en libertad.

Yo, un poco confundido, juré que lo haría.

Él, sabiamente, al verme confundido, me aconsejó:

—Vete al mar, a los puertos. Vete al Callao. Allí hay un puerto y podrás tomar el barco que salga al extranjero.

Yo igual me preguntaba:

—¿Y qué será “extranjero”?

Gallo Viejo era un sabio. Me abrazó y me dijo:

—Bon voyage. Have a good trip. Buen viaje, muchacho. Vuela. Te estoy diciendo en francés y en inglés lo mismo que te estoy diciendo en español.

Yo, más confundido todavía, pensaba: francés, inglés… ¿qué chucha será eso?

Mi dueña había dejado a su marido vago y se había empatado con otro, un colorao que venía siempre bien vestido, bien tela y, al parecer, con plata. Después me enteraría de que era un estafador.

La comida mejoró y algunas esteras de la casa fueron cambiadas por otras nuevas. Los tres hijos de la doña también tenían mejor ropita.

Un día, este colorao me agarró desprevenido, puso su cara frente a la mía y me dijo:

—Patito, ya estás algo grandecito. Creo que en un mes más ya debes estar listo para la olla. Mmmm… hueles rico, pero sazonado olerás mejor.

Y me tiró al suelo.

¿Sabes?

¡Puta, allí sí me asusté!

Supe que había llegado la hora de irme, tal como me lo había recomendado Gallo Viejo, a quien la muerte había sorprendido una noche cuando la peste pasó por su corral.

Sus dueños no lo comieron. Era viejo, decían. Además, había muerto de peste y era peligroso. Decían que podía dar cáncer.

Lo ataron como una momia con periódicos, cartones viejos y lo metieron en muchas bolsas para luego tirarlo a la basura.

Ni los perros que rebuscaban en los basurales se lo quisieron comer.

Así terminó la vida de Gallo Viejo, el intelectual, sabio y conocedor de muchas historias de aquellos cerros hambrientos.

Murió como un apestado.

Muy triste final para un honorable gallo.

Tomando la recomendación del viejo gallo y a punta de empeño y esfuerzo, no sé cómo, pero llegué al puerto.

Fueron días y días de hambre. Tenía que ir escondiéndome, pero, como me habían dicho antes, yo tenía la facultad de volar.

Y volé.

Me alimentaba de desperdicios de los mercadillos del puerto y, en algunas tardes desoladas, los pelícanos me preguntaban qué hacía allí. Las gaviotas también.

Los viejos, como siempre, aconsejando.

Uno de ellos, un viejo pelícano, al contarle mi propósito, me dio datos muy buenos para salir del país. Me contaba de los barcos que llegaban y hacia dónde iban.

Me dijo que lo mejor era tomar un barco que iba para Nueva York. Llegaba en un mes y era muy grande, así que yo podía camuflarme perfectamente.

Un mes de espera me parecía demasiado, pero aprendí a moverme bien por las orillas del mar.

Todo iba bien hasta que un día, al atardecer, cuando el sol se estaba zambullendo en el mar, conocí a una gaviota muy linda.

Conversábamos mucho y poco a poco nos hicimos bien patas. Volábamos juntos, aunque yo no con tanta habilidad como ella, quien cortésmente me conseguía pescadillos para alimentarme.

Y yo, cómo no, con cierto recelo, los aceptaba.

No tenía otra. El hambre apuraba.

Allí tuve la oportunidad de posarme sobre las aguas del inmenso mar y nadar y patalear con las herramientas que la naturaleza me había dado: mis patas.

Pero el movimiento de las aguas era demasiado fuerte y, asustado, levantaba vuelo entre las sonrisas de la gaviota, que me decía que yo jamás podría hundirme.

Así nació el amor.

Y ciertamente me enamoré de la gaviota, a quien llamé Tita.

—¿Te viniste con ella aquí? —pregunté.

—No —me dijo, y prosiguió con su historia.

Su familia no me quería. Su viejo vino a decirme de dónde se me había ocurrido enamorar a su hija, si no teníamos nada en común, absolutamente nada.

No permitiría esa relación.

Incluso me amenazó con traer a unos gallinazos salvajes que, por unos cuantos pescados de pago, podrían llevarme al otro mundo.

—Pero, Mike, ¿cómo te enamoras de una gaviota, por Dios?

—Mira, he sido bien piña. En el cerro, o sea, allá en mi casa, me salí enamorando de una pollita más rica y recontra traviesa. Esa no creía en nadie. Venía y me buscaba cuando el gallinero estaba vacío y allí nomás yo mismo era.

Pero partí sin decirle adiós y me imagino que hoy me debe estar odiando.

Ahora, como si se repitiera la historia, la fecha se acercaba y yo otra vez padeciendo de amor.

Pero aquí sí era amor verdadero.

La gaviota era finita, amable y me había jurado amor eterno. Y yo también, aunque sabía que aquel juramento de no dejarla nunca era una miserable falsedad.

El viejo pelícano me avisó una tarde que el barco llegaba al día siguiente y que estuviera listo. Dijo que él conocía a toda la tripulación de animales que llegaban allí, desde sus hermanos pelícanos hasta los ratones.

Así pues, con todo el dolor de mi corazón, me embarqué una tarde lluviosa allá en el puerto del Callao.

La lluvia incesante anunciaba que los vientos se asomarían y, al partir, el barco se mecía de un lado a otro como una mecedora.

Inesperadamente, mientras veía cómo la figura del puerto se alejaba, apareció frente a mí Tita, la bella gaviota.

Por unos segundos me quedó mirando en silencio.

Una mirada que preguntaba: ¿por qué?

Y súbitamente levantó vuelo.

Desde ese momento tengo el corazón quebrado y no ha podido curarse con otros amores, ni con todas las patas que ves tú aquí en la manada.

Yo, un poco cándido, le pregunté si regresaría alguna vez a la patria, al Perú.

—Hey, ¿cómo voy a regresar? Será para terminar en un plato de comida. Ni hablar. Quiera o no quiera, moriré por estos lares o en manos de algún cazador furtivo que no respete las prohibiciones de temporada de caza y me meta un tiro inesperado.

Ahora yo… sorry, sorry por esa estúpida pregunta.

—Dime, ¿cómo te tratan aquí los americanos?

Sonrió.

—Mira, no ha sido fácil. Un día me metí a la manada, ya guiado por un pato que me acompañó desde el puerto de Newark. O sea, tú sabes, el pelícano viejo de allá me recomendó a otro pelícano amigo de acá y este, a su vez, al pato amigo.

Me llevaron al jefe y luego vino con dos patos más, que me miraban dando vueltas alrededor de mí. Me miraban primero con desprecio y después con algo de compasión.

Yo no manyaba el inglés, que fui aprendiendo poco a poco.

Me dijeron que estaba muy flaco, que eso daba mala impresión a la manada y que no saldría a volar con ellos hasta que tuviera un peso adecuado.

Me preguntaron de dónde era y si todavía podía crecer.

A todo respondí con ayuda del amigo que me trajo y que manyaba su español.

Así me fui integrando a la mancha y ya después era el pato extranjero que llamaba la atención, especialmente de las patitas que me buscaban.

He cambiado de manadas varias veces y esta es una de ellas.

El jefe aquí es buena gente. Casi se te fue encima, pero, como viste, lo tranquilicé.

Aquí se vive bien, se come rico y, si no hay, migramos.

Siempre con cuidado de no estrellarnos con alguna avioneta desubicada.

Ya se hizo tarde, Mike. Tengo que irme.

Ha sido un gran gusto haberte conocido y gracias por salvarme la vida. También gracias por contarme tu historia.

—¿Quieres decirme algo más?

—Sí.

Una vez nos metimos una tranca con los jefes. Una tranca con vodka.

Ya borracho, les dije que si querían conocer los cerros que circundaban Lima. Los cerros, los enormes cerros llenos de chozas.

Ellos se reían y no sabían de qué hablaba, pero me dijeron:

—¡Ya, vamos!

Y salió uno a pasar la voz de que nos íbamos a un largo viaje.

Al final no se hizo.

Era una broma.

No volamos tanto.

Pero ¿te imaginas doscientos patos volando sobre los cerros pobres de Lima?

Puta, hubiera sido una muerte honorable, sacrificándonos por el amor al prójimo.

¡De la puta madre, cuánta gente comería pato!

Y has visto, estos tienen un tremendo tamaño. Con uno solo se alimentarían diez personas.

—¡Jajaja!

Quizás algún día lo hagamos.

Que no te sorprenda si alguna vez lees que allá, en los cerros, aparecieron doscientos patos volando bajo, volando como kamikazes por el hambre del pueblo peruano.

Dejé al pato peruano, migrante que había salido de los cerros de la pobreza limeña para vivir mejor con otros de su especie, tal como lo hacemos los humanos.

Pero quizás nosotros no somos tan solidarios como ellos.

Ni escogeríamos morir como ellos.

 




Tantas veces Chiquián

 Por: Néstor Rubén Taype.

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Me levanté una mañana muy temprano a desayunar para ir a la escuela, era mi primer año de secundaria si mal no recuerdo. Llegué al comedor y estaban todos los primos allí juntos alrededor de la mesa, en total eran nueve, siete varones y dos mujeres. Desde el primo mayor pasando por los gemelos que yo siempre confundía los nombres, más el último bebé a quien llamábamos Pocho. Cada quien tenía una función específica como poner la mesa, colocar los platos en orden y luego proceder a servir los respectivos desayunos. Una vez terminado cada quien seguía con la tarea asignada como lavar las tazas, platos y guardarlos ordenadamente. Era Chorrillos del 67 ¿El lugar? La nueva Urbanización Los Laureles en la que el tío Víctor había comprado un chalet para instalarse definitivamente en Lima, luego de su prolongada estadía en un lugar llamado Chiquian, nombre que yo había escuchado repetidas veces de labios de mi madre desde que había tenido uso de razón.

Ese año mi familia mudó de Las Delicias de Villa hacia el centro de Lima y yo estaba matriculado en la Gran Unidad Escolar José de la Riva Agüero a cursar mi primer año de secundaria. La distancia desde mi nueva casa a Chorrillos era bastante lejos y mi madre hizo los arreglos con la tía Teodora para quedarme durante este primer año escolar en su casa de Chorrillos. Tengo los mejores recuerdos de esa época en la que nos divertíamos con todos los primos jugando pelota, trepando el Morro Solar y bajando a la playa Agua Dulce. El primo Hugo era el segundo de la numerosa familia y que yo además de convivir en la casa de los tíos, lo veía diariamente en el Riva Agüero donde ambos estudiábamos, yo iniciando la secundaria y él terminándola.

Por cuestiones de afinidad en la edad Hugo mantuvo mucha comunicación con mi hermana y así a pesar de la distancia y las esporádicas veces que nos vimos, supimos siempre de sus andares como cuando ingresó en 1969 a la Escuela Militar de Chorrillos donde hizo una brillante carrera militar, alcanzando el grado de Coronel del Ejército Peruano. Pero el primo nunca olvidó su paso por este lugar llamado Chiquian donde seguramente guardaba los mejores recuerdos de su niñez y adolescencia. A pesar de tantos años en la capital no opacaron ningún detalle de lo vivido en este pueblo enclavado a 3390 m.s.n.m. y del que nunca se desligó.

Él, hace unos años publicó un libro titulado “30 DE AGOSTO EN EL PUEBLO DE CHIQUIAN” Donde ha hecho un serio y excelente trabajo de investigación sobre este maravilloso lugar describiéndolo todo, desde su reseña histórica pasando por sus costumbres, tradiciones, pintorescos lugares, sus comidas típicas y toda la parafernalia que compone la celebración de sus fiestas, especialmente la del 30 de Agosto día de Santa Rosa Patrona del pueblo. Tuve la suerte de conocer Chiquian a los diecisiete años justamente para la fiesta de Santa Rosa y logré disfrutar de toda la celebración incluida una corrida de toros y danzar alrededor de la plaza, además de conocer a la numerosa familia de mi madre. Ojear y releer nuevamente este libro desde esta parte del mundo nos trae a la memoria numerosos recuerdos que de pequeño escuchaba sobre la vida y las costumbres de la tierra de mi mamá.

Ya me era familiar escuchar hablar sobre Luis Pardo y sus aventuras de bandolero que robaba a los pobres para dar a los ricos. Saber que la tía Veneranda Pardo era unas de sus numerosas hijas atribuidas a este icono chiquiano. Frases como Rumiñahui, Pallas, Mayordomos, me sonaban cercanos, también los apellidos como Ñato, Bracale, Aldave, Gamarra siempre llegaron a mis oídos con mucha continuidad por los relatos que tantísimas veces contaba mi madre sobre la fiesta principal del pueblo. Y aunque el libro no hable esto, también recuerdo los cuentos de “aparecidos” y “fantasmas” que mis hermanos le pedían a mamá que cuente, especialmente en las noches y que ella comenzaba diciendo “Una noche en la hacienda de fulano de tal se le apareció una mujer muy bella a un caminante” yo y mis hermanos estábamos trenzados, casi trepados sobre mama, metidos en su cama escuchando atentos la misteriosa historia que ya sabíamos que el final nos iba poner los pelos de punta.

El libro, además de describir detalladamente, como hemos explicado líneas arriba, todo sobre Chiquian, va acompañado de una colorida y variada cantidad de fotos que realmente resalta cada página y nos sumerge prácticamente a ser protagonista y estar allí en el mismo pueblo disfrutando de sus bondades. Entonces al ver algunas fotografías me recuerda la imagen del tío Alico Calderón, el viejo tío que era como el tronco de la familia con su viejo saco y su típico sombrero, así algo barbado y que aún logré ver como desgarraba con sus dedos mi pequeña guitarra y le sacaba algunas notas de uno que otro yaraví y otros huaynos. La chicha de maní que la tía Jesusa preparaba y vendía en su pequeña tienda acompañada de la prima Hilda y que yo alguna vez ayudé a su preparación, aunque solo echándole el azúcar al gusto.

Es Chiquian esa tierra que yo guardo recuerdos que mi madre siempre nos inculcó, el lugar de nuestros viejos tíos de esa raíz de la familia materna. La tierra de Papa Alico de Mama Diega hermanos mayores de esa generación que sería larguísimo mencionar. Lugar donde no olvido la costumbre de usar unos diminutivos en los nombres como la prima Beacha por Beatriz, el tío Anacho por Anatolio y también el de mi madre Aquilina a quien llamaban Aquicha. La tierra que una vez un cajamarquino como el tío Víctor que llegó seguramente a cumplir su servicio como miembro de la Guardia Civil y que nunca imaginó enamorarse de una linda chiquiana como la tía Teodora. Una historia de amor que a mi madre le cupo como tía mayor darla en matrimonio al joven enamorado que daría como fruto de amor, nueve hijos.

Mi propio sendero

Sorry pues.

  Por: Néstor Rubén Taype  —Aló, Rebeca. Mi madre me acaba de avisar que te has ido al aeropuerto. —Claro, papito, ¿qué esperabas? ¿Que me q...