"Jugó bien, mereció ganar, pero perdió" de Fernando Morote



Por: Néstor Rubén Taype


En un principio el título me pareció total y absolutamente futbolístico y relacionado exclusivamente a nuestra selección peruana. Muy parecido y dicho de otra forma lo que afirmaba el locutor argentino Oscar Artacho afincado en Lima, cuando nos narraba los partidos de la selección con ese típico acento gaucho que nunca lo abandonó “Que bonito que esta jugando Perú, que va perdiendo dos a cero” 

Aunque las historias están divididas en términos futboleros, ya dentro nos encontramos con una cantidad de personajes muy variopintos. Por ser peruano y limeño puedo identificar muchos lugares conocidos en donde se desarrollan estas escenas, pero, las situaciones que se describen pueden suceder en cualquier parte del planeta. 


El autor delata las debilidades y aciertos  del que solemos tener los seres humanos, nuestras contradicciones y puntos de vista que pueden parecer poco coherentes con la realidad. Sin embargo así somos, una suerte de sorpresas de relaciones humanas imprevistas ante cada evento que se nos presenta. Apunta directamente con dichos o afirmaciones que serian dignos de figurar en su obra anterior “Poesía Metal Mecánica. La narrativa comienza con esta frase “ Cometo errores, pero cada vez me equivoco” verso que va dejando al lector su libre interpretación y que cada quien lo tome a su modo. El tema se desarrolla como si la vida se diera en una cancha de futbol en la que cometemos infracciones y que si tuviéramos un juez (que no sea Dios), te sancione de acuerdo a tus faltas que pueden ser: una posición adelantada, una tarjeta tarjeta roja o un autogol. 


Creo sinceramente que todas estas caídas no necesariamente necesitamos un juez omnipresente, sino mas bien acorde con la lectura encontramos que nosotros mismos nos damos cuenta que la vida esta llena de faltas, aciertos  y mayormente de contradicciones, pero nunca claudicar, nunca dimitir (“Arrójenme a los lobos y volveré siendo el lidere la manada”)

Debo decir que el autor nos describe diferentes escenarios con historias sueltas,(“me gustan los cambios no los procesos”)  y eso encontramos en la lectura. Luego viene una  parte interesante: el de la identificación, una suerte de conversación  con uno mismo y decirse “esta escena es mía, la he vivido, quizás con otro componentes, pero me auto defino como protagonista” 

 

Cualquier lector se va sentir identificado con estas historias que aparecen como si estuvieras viendo un Tik Tok en el celular, escenas absolutamente imprevistas, sin saber como será la siguiente. Considero también que existe una descripción del ciudadano de a pie, que en una sociedad con trampas y juego sucio, trata de salir adelante. De ser un emprendedor que no necesariamente por jugar limpio consigue el éxito, y busca como justificación que sus derrotas son simplemente por ser un incomprendido o quizás un tipo demasiado entendido. Hemos recorrido inevitablemente en plena lectura muchas calles de Lima, en especial el Paseo Colón y los viejos edificios que lo rodeaban (descritos por el autor sin mencionar sus nombres) con ambientes tugurizados y lugares de venta de todo tipo, como una suerte de mercado de pulgas; un lugar en la que solamente faltaba que alguien vendiera las letras del abecedario, como se describía en el cuento de un notable escritor del boom latinoamericano. 


Fernando Morote escribe desde Nueva York, donde reside. Nos cuenta estas historias desde la selva de cemento, capital del mundo, que paradójicamente lo acerca mas al Perú.



 

Mi propio sendero

 ¡Cobarde! - Fue la frase que recibió como una pedrada lanzada sobre su cabeza. Apuró sus pasos y doblando en la esquina se detuvo, su compañero llego tras él y le dijo:

- No te garantizo nada ya tú sabes cómo es esto, estas a favor o en contra, por última vez te voy a decir como amigo, largarte y desaparece, si me dan el encargo lo hare sin ninguna duda. Observaba por la ventana del avión como se iba alejando de Lima, atrás quedaban los apagones, la dinamita, las reuniones secretas, la autoridad vertical del partido. Contra todo y sobre todo el partido. Sumido en sus pensamientos se vio interrumpido por la azafata de a bordo que le ofrecía un pequeño desayuno que degustó con cierto placer.

Carlos Marx, vaya el gusto de su padre por envolverlo en ese nombre solo por la admiración que le prodigaba ese personaje y que lo había marcado de por vida. De joven su progenitor fue parte de las huestes de Luis de la Puente en su afán de cambiar la sociedad peruana sumido en un latifundismo en pleno siglo XX. Impetuoso luchador social y contestatario se enroló sin duda ni murmuraciones a las guerrillas del 65, un sueño romántico que duró muy poco.

Muerto el líder, fue capturado y guardaría prisión por algún tiempo. Su imagen fue portada de diarios luego de su captura cuando en pleno interrogatorio y esposado, se levantó intempestivamente de la silla para propinarle un furibundo cabezazo al oficial que lo interrogaba. Consiguió la libertad gracias al indulto dado por el primer gobierno de Belaunde. Sus sueños de revolucionario habían terminado y pretendió sembrar la semilla de la insurrección en su hijo Carlos, quien era el tercero de tres hermanos, pero el único que siguió con la línea política del patriarca. Los demás en el momento apropiado hicieron el deslinde y se mantuvieron al margen. Ingresó a San Marcos al programa de Derecho - para que defiendas a los compañeros - le había dicho su padre. Amante de la lectura pasaron por sus manos toda la literatura roja que pudo conseguir, desde Marx, Engels hasta el Libro Rojo de Mao.

En su paso por la universidad terminó graduándose en periodismo a pesar de los cuestionamientos de su padre. El pensamiento Gonzalo en la universidad lo entusiasmó y deseaba ciertamente llevar a cabo todos los encargos y misiones que le encomendaban, siempre supo mantenerse al margen del lado militar. Participaba como activista distribuyendo propaganda y dando clases sobre la ideología del partido comunista. Sin embargo, el entorno, sus camaradas lo calificaban de "blando" tenían sospechas que no era el tipo que las difíciles circunstancias exigían. Su compañero era un joven abogado ya graduado con quien trabó buena amistad dentro del grupo y quien ya le había advertido de los comentarios que sobre él hacían los miembros de la célula.

Llegó al aeropuerto de Newark con la esperanza de iniciar una nueva vida, pero al mismo tiempo no podía desterrar cierto malestar consigo mismo por lo que no pudo hacer en Lima. Aconsejado por sus familiares contrajo matrimonio prontamente y regularizó su situación legal como un residente más. Culminaba el gobierno belaundista casi arrinconado por los petardos senderistas a quien en un principio el presidente había calificado de 'abigeos'. Carlos en el fondo de su alma ansiaba que esta lucha terminara pronto y fuera eliminada por el gobierno como ocurrió con las guerrillas del 65, sin embargo, mientras pasaba el tiempo veía con cierta desesperación el relativo éxito. Su vida continuaba adecuándose a su nueva residencia, pero al mismo tiempo siempre asomaba un tormentoso recuerdo, ese fatídico día en que fue llamado por uno de los mandos militares para encargarle la temible tarea de conseguir un arma por sus propios medios.

En su placentera y cómoda residencia lejos de la hecatombe de Lima, en aquel barrio americano que parecían casitas de juguetes rodeados de un verdor increíble, las noches le resultaban insostenibles acosado por una terrible pesadilla; se veía acompañado de una pareja e iban a paso seguro sobre su objetivo: un policía. Uno de ellos extraía un arma de su mochila y se la daba - acércate y haz tal como hemos practicado - le decía. Él con el revolver en mano se iba contra el guardia quien sorprendido retrocedía cayendo de espaldas - dispara - le gritaron - ¡dispara carajo! - frente a él estaba el guardia caído que lo miraba sorprendido. Carlos no disparaba, entonces sintió un jalón y los tres echaron a correr hasta el auto que los esperaba.

De pronto despertaba sudoroso, agitado mientras repetía - la misma mierda de siempre - Una mañana recibió la llamada de su hermana dándole la novedad de la detención increíble y sorpresiva del camarada Gonzalo.

- Tu jefecito pues- le dijo - ya le habían encontrado un videito chupando cómo bueno en una residencia bien bacán, mientras su gente lucha en las punas, seguramente muertos de frio - le seguía contando - de la que te libraste hermanito, ya estarías bien preso por creer en el loco ese.

Carlos vio repetidamente el video de la captura y se admiraba del trabajo de filigrana que hizo la policía. Posteriormente vio con sorpresa a su ex compañero como abogado defensor del líder senderista. Pretendió esa misma mañana escribir algo sobre la captura para el diario de Nueva York, pero al final lo desestimó. No podía evitar sentir un tufillo de traición, como escribir algo sobre un tema en la que el formó parte, entonces apretó prestamente la tecla delete y se quedó presionándola, hubiera querido borrar todo su pasado de una buena vez. 

Con la llegada del siglo veintiuno también llegó la crisis al gobierno de turno que pretendía un tercer mandato. La democracia se instauró nuevamente en el país. Carlos en los años siguientes fue un crítico furibundo de los posteriores gobiernos y a los que no les reconocía absolutamente nada. Igual suerte corría con sus críticas al gobierno americano. No sabía qué hacía en un país que no guardaba su misma política y lejos de llevar a cabo sus ideales de joven, motivado por su padre, había echado raíces en la tierra misma del imperialismo, una ironía que la vida se la guardó. Sus noches eran constantemente acosados por la misma pesadilla. Siempre apuntando al guardia caído que no mostraba miedo, el asustado era él, despertaba sudoroso, el fantasma de sendero no desaparecía. Luego de más de dos décadas desde que comenzó la lucha armada, Carlos solía indagar en internet sobre los líderes de sendero y veía sorprendido que aun después de años de encierro no habían transigido a sus ideales. Se imaginó que el fracaso de sendero le alegraría como tantas veces lo había imaginado, sin embargo nada cambiaba, sentía más bien una frustración personal, la depresión lo consumía.

Una noche después de beberse algunas cervezas se recostó en su cama quedándose profundamente dormido. La pesadilla arremetió contra él nuevamente en el mismo lugar secundado por dos compañeros que se acercaban sin mayor disimulo hacia el guardia en una de las calles populosas de Lima. Uno de ellos sacaba el revólver y se lo entregaba diciéndole - ahora, tal como ensayamos, ve y hazlo - Carlos muy nervioso daba algunos pasos en dirección al policía que al retroceder caía sobre el piso. Este lo miraba sorprendido ¡dispara! - escucharon sus oídos ! dispara carajo!  Carlos vio la imagen de su padre quien subliminalmente lo presionó al uso de la violencia como respuesta a las desigualdades sociales de su país.

 Ejerció una presión contra la que él no pudo luchar ni rebelarse, quizás nunca quiso ser un revolucionario, quizás nunca podría empuñar un arma como lo hizo su padre. Voy a disparar - se dijo - y no voy a dudar, esta vez no, aunque sé que todo esto no es más que un maldito sueño. Pegó el arma contra la sien y sin más preámbulos disparó, el tiro rompió el silencio nocturno en la apacible villa donde residía, los vecinos alertaron a la policía quienes encontraron el cadáver de Carlos sobre su cama ensangrentado por un disparo en la cabeza, pese a una ardua búsqueda no pudieron hallar el arma.

Cojín

 Rodó como ruedan los troncos en el agua dando vueltas hasta terminar en la orilla hecho una masa de arena, las olas lo habían revolcado tal como él lo quería. Levantó la mirada para vernos donde estábamos.

- Oe ya pe’ carajo falta una más, no se hagan los cojudos - gritó. Nos acercamos riéndonos y nuevamente lo tomamos de los brazos y piernas el “loco” Lucho y yo, estuvimos quietos esperando una buena ola y tiramos a cojín con todas nuestras fuerzas, quien cayó nuevamente como un saco de arena contra la ola. Nos quedamos vigilándolo porque la marea estaba un poco alta y temíamos que esta lo jalara para adentro.

– Ya pe’ que chucha, no hay que movernos pa’ tazarlo – dijo Lucho.

La ola felizmente lo sacó nuevamente a la orilla y moviéndose como un lobo marino, se arrastró hasta donde el agua apenas besaba la arena. Se quedó allí mirando la playa haciendo cerritos de arena. De vez en cuando nos llamaba, señalando las chicas que pasaban, haciendo gestos con sus manos tratando de decirnos que las fulanas tenían buen trasero o buenos pechos. Conocí a Cojín cuando teníamos doce años más o menos, estábamos peloteando en la pista, previo calentamiento para jugar al fulbito. Esperábamos a los demás amigos que habíamos llamado y comenzar. Cuando terminó toda la ceremonia de escoger a la gente y en qué lado jugaríamos (porque es así, el fulbito tiene sus reglas que todo el mundo respeta, aunque no haya árbitro) uno de ellos me dijo que si quería tener a cojín para nosotros, le dije que sí.

Váyanse a la mierda – fue su respuesta.

Yo no entendía la razón, por lo demás no hice ningún caso y comenzamos a jugar como si nada. Cuando terminó el partido nos fuimos todos al jardín del frente a tomar agua de la manguera, no había cosa más deliciosa que tomar esa bendita agua sin parar. Pregunté la razón por la que cojín se había molestado, entonces uno de ellos dijo – ese huevón no le gusta jugar de “camote” quiere que lo cuenten y por eso se fue a la “J” allá los malosos si lo hacen.

Vivíamos en una recién estrenada urbanización a fines de los sesentas, en la que cada cadena de edificios estaba señalada por letras. Una noche mientras jugábamos bolero (aquellos juegos perdidos de la época) con la gente del barrio, escuchamos una bronca en el grupo que estaba al lado nuestro. Cojín estaba sentado en una de las bancas que eran una suerte de adoquines de concreto que adornaban el parque, de pronto lo vimos caer por al piso. Corrimos a ver qué estaba pasando, aún en el piso cojín puteaba y pedía que lo levantaran. Estaban jugando “cachito” (dados) y al parecer alguien no quiso perder.

– Cojo pendejeo quieres ganar con trafa – se escuchó.

-Ahora nos agarramos huevón, me empujaste desprevenido – un padrino – dijo – escoge el tuyo cabrón le dijo a su contendor, mientras lo ayudaban a ponerse de pie.

Fueron para el jardín, al sitio donde había suficiente pasto, cojín se acomodó dejando sus muletas a un lado, como ya era su costumbre y la única manera que podía pelear. El otro se sentó a su costado al igual que cojín, así con los torsos frente a frente se miraron y acomodaron.

– Jura por tu madre que no vas a usar las piernas para pelear contra cojín – le dijo uno de los    padrinos - ya lo juro pe’ carajo – respondió.

Ambos tenían las manos hacia atrás tomados por los padrinos, quienes contaron al unísono,¡uno, dos, tres, ya!

Inmediatamente se cruzaron a golpes mientras mucha gente se arremolinó alrededor de ellos. Las luces del jardín parecían iluminarse más alumbrando las figuras de dos cuerpos que se revolcaban jadeantes sin darse tregua. La figura de San Martin de Porres, una estatua de un metro de alto, refugiado en su gruta e iluminado por un par de fluorescentes, era un espectador silencioso de aquel evento. De pronto se vio que Cojín tomaba una de sus piernas y se lo lanzó contra su oponente, éste pegó un grito y dando un salto se puso de pie y vociferando una serie de insultos pateó ferozmente a Cojín, hasta que finalmente los padrinos corrieron a protegerlo. No era la primera vez que Jacinto a quien le decían Cojín, terminaba quebrando las reglas en una pelea, afectado por la polio, usaba unos fierros en las piernas que eran una suerte de soporte, pero que él utilizaba como un arma de defensa cuando creía que era oportuno y claro que hacía daño, pero Jacinto era básicamente un incorregible picón.

Sin duda era Cojín un personaje del barrio por muchas razones, primero que nunca se sintió un minusválido, ni un disminuido para nada. Era atrevido y malcriado para pedir las cosas, además pagaba por cualquier servicio y no rogaba para que aceptaran. Ir a la playa por ejemplo era una de las cosas que le encantaba y previamente hacia todos los arreglos para su estadía. Pagaba para que lo movilicen si había que caminar mucho, entonces lo colocaban en una tabla con ruedas que era la precursora del skate moderno de ahora. Ya en la playa pagaba para que lo tiren al agua contra las olas. Un sol era el costo por tres tiradas, pero tenía que pagar a dos personas. Plata era lo único que jamás le faltaba, lo conseguía pidiendo limosna en los mercados del centro de Lima y a donde algunas veces me lo encontré.

-Circula pe’ carajo, puta no me mires que estoy chambeando pe’ huevón – Decía a media voz.

Cojín vivió su adolescencia sin reparo, nada impedía que se divierta como cualquier otro y ante alguna imposibilidad siempre tenía una salida. Su asistencia al conocido prostíbulo “La Nene” era siempre con mucha bulla.

-¡Hoy me toca cachar carajo! ¿A ver quién viene conmigo?

Los ayayeros abundaban porque él pagaba la entrada y la coima para que les permitieran ingresar por ser menores de edad. Los fines de semana era lo que más caro le salía. Debía tener gente que lo lleve a su casa después de la borrachera que se iba a pegar y el gasto era doble, uno solo no podía dejarlo en su casa.

-Te pago adelantado por dos, tu consigue el otro, no falles huevón me buscas en el jardín de la “K” como a las dos de la mañana, no te olvides de recogerme y dejarme en mi “jato”. Fallarle era sinónimo de mucho riesgo, cualquiera de los malandros y achorados de la zona, con quienes Cojín se llevaba bien, podía caerle encima y dejarle unos buenos recuerdos. En los setentas, cuando andábamos por los quince años, llegó la novedad de la marihuana al barrio, traída por los maleados de la quinta zona. Después de un partido de fulbito uno de ellos repartió los puchitos a toda la gente indicando que eran muestras gratis – pa’ que conozcan la vida cabrones- había dicho. Esa misma noche Cojín se fumó una buena cantidad de tronchos, entonces el asunto término como un loco agarrando a muletazos a todo aquel que tenía cerca. La gente lo dejo solo en el jardín de la “J” no le pegaron, pero una vez dormido se cuadraron frente a él como una suerte de pelotón de fusilamiento y miccionaron sobre su cuerpo. Días después ya repuesto de tremenda malanoche juró nunca más meterse un troncho, ni reclamó el reguero de orines que le dieron. El trato común de Cojín era despectivo, arrochador, otrosdirían creído y como no, vanidoso. Era aliancista a morir, cuando ganaba su equipo invitaba trago y cuando perdía, no aparecía por el barrio durante varios días.

Cuando pasamos la adolescencia Cojín había cambiado un poco, trabajaba como recepcionista en una zapatería del mercado del barrio, otras veces lo hacía en una notaría del centro de Lima, llevando papelería dentro de las oficinas. Un buen día me dijo que se iría a la Argentina con unos amigos a buscar nuevos horizontes y así fue, Cojín desapareció del barrio por una buena cantidad de años. La historia quedo siempre allí, a la pregunta sobre él, – ¿Oe como era el cojo, verdad que….? Antes de terminar la frase llegaba la inmisericorde respuesta de siempre

– ese cojo era un conchasumadre -. Cojín nunca permitió que lo compadecieran ni que lo miren con lástima por arrastrar muletas, tampoco consiguió mayores simpatías, solo quería ser como cualquier otro.


La Nena

¿Mami, porque no tocas la puerta?

Estela se quedó de una pieza, impresionada sorprendida ante el espectáculo que sus ojos veían. Nunca en su vida imaginó ver a su pequeña, a su nena y engreída hija, en aquella escena que solo se ven en las películas, en la televisión, en esos melodramas hechos por algún guionista pervertido. Como de costumbre salió esa mañana a trabajar como ejecutiva en un centro comercial. Aquel día la empresa había programado la refacción de las oficinas y los trabajadores llegarían poco más de la una de la tarde, razón por la cual le dijeron que podía retirarse a esa hora. Tomó de muy buena gana la noticia y pensaba en aprovechar el día con su hija, como almorzar juntas, pero no en casa sino en el restaurante que ella eligiera.

Subió a su auto y partió rumbo al hogar. El verano ya asomaba después de una primavera lluviosa muy propia de Nueva York, el sol se mostraba inclemente con sus rayos, encendiéndolo todo, calles, parques, avenidas, voluntades y sentimientos. Iba dejando una larguísima estela verde de árboles y vegetación donde las casas estaban a muchos metros de distancia entre ellas. El auto devoraba rápidamente la enorme autopista que la llevaría a otra ciudad tan diferente a la que dejaba. Así tomó la salida hacia la derecha y subiendo ya podía observar el barrio donde vivía, lleno de edificios, semáforos, calles llenas de transeúntes que obligaban a disminuir la velocidad.

A los pocos minutos llegó a casa y parqueó en el lugar de siempre. Afuera el calor seguía siendo insoportable, se quedó en el auto recordando cómo había pasado el tiempo para aquella chica que laboraba con mucha dedicación en una agencia de viajes y ahora estaba muy lejos de su país viviendo otra realidad. Atrás quedaron los viajes de trabajo y placer a los diferentes lugares, los traslados al aeropuerto, a los hoteles, los circuitos turísticos, esa etapa que an ella le seguía pareciendo maravillosa. Habían transcurrido quince años desde su arribo a este país y cinco desde que se separó de su siempre complicado y controvertido marido. Fugaces fueron algunos amoríos después de su divorcio, pero la vida le había dado un punto y coma bastante prolongado en el amor, extrañaba una caricia masculina sobre sus manos, un hombro solidario y fraterno en la que dejase recaer su cabeza, descansar y compartir preocupaciones, deseos si, esos deseos. Criada en una familia muy conservadora se avergonzaba de sentir lo que su cuerpo le estaba insinuando. Stop, stop - repitió – Estela, ya está bueno – se dijo. Bajó del auto y camino apuradamente hacia la puerta. Después de introducir la llave, esta no lograba abrirse – otra vez esta cosa que no funciona – dijo- volvió a intentar pero nada – siempre digo que voy a pedirle a la dueña que me arregle esta bendita puerta y se me pasa, ay Dios – Después de varios intentos por fin cedió e ingresó apuradamente, tiró la cartera sobre el sofá de la sala y se encaminó hacia la cocina, se sirvió un jugo de naranja que le pareció incomparablemente delicioso. Se extrañó que su hija no saliera a recibirla, a pesar que había hecho suficiente ruido, supuestamente ya debería estar en la casa.

La hora que marcaba el microondas decía dos de la tarde. Cuando estaba acercándose a su cuarto escuchó un leve gemido y se detuvo, ¿Hay alguien en mi cuarto? Se preguntó. Nuevamente se dejó escuchar otro más, eran quejidos muy leves, no quiso pensar eso que se le vino inmediatamente a la cabeza y abrió la puerta. Su cama lucía un celeste claro, el color de sus sabanas, el cubrecama descansaba en el suelo. La foto colgada en su cuarto que graficaba el inolvidable viaje a Rio de Janeiro con sus amigas, era también mudo testigo de lo que sucedía en la habitación. La radio encendida, se escuchaba casi musitando a Franco de Vita cantar "..Y te dado todo lo que tengo, hasta quedar en deuda conmigo mismo… y todavía preguntas si te quiero…”

Estaba a punto de decir algo, cuando su hija le repitió nuevamente ¿Mami, acaso no sabes tocar la puerta? Su pequeña, que en realidad ya no lo era sino más bien una hermosa joven de dieciocho años, había estado sentada en los muslos del muchacho, pero, ante la imprevista aparición de su madre, se acomodó automáticamente al borde de la cama, quieta y desnuda. Ante este movimiento instintivo, dejó al joven descubierto y con el arma en ristre, quien inmediatamente cogió una almohada para cubrir lo más notorio que su cuerpo mostraba. Había transcurrido unos segundos desde que ingresó a la habitación y su cabeza era un remolino de sentimientos, le provocó ir encima de ellos y desfogar su ira, su frustración. Dentro de ese desconcierto que la abrumaba sintió cierta tranquilidad al haber visto que el joven tenía puesto un preservativo de color verde limón. ¿Mami, puedes salir y dejarnos solos por favor? Estela no respondió y mirando fijamente al muchacho le dijo – quiero a tus padres mañana mismo aquí en mi casa, o de lo contrario yo voy a la tuya.

No pudo ignorar lo que su hija le pidió, ¿Qué salga de mi propia habitación, que se habrá creído? dijo. La frase le había llegado al corazón, atravesándoselo. Buscó la mirada de su hija, pero ella solo miraba a su acompañante. Sintió que ya no tenía nada que hacer allí, había que salir inmediatamente. – Eres menor de edad, no te olvides, tus padres mañana – le volvió decir y salió finalmente de la habitación, de su habitación. Caminando muy lentamente llegó hasta su jardín interior y se sentó en uno de los sillones. Los ojos se le inundaron de lágrimas y con mucha rabia aceptó que ya no podía evitarlo. Se dio cuenta que ella estaba esperando que su hija fuera exactamente igual que ella, que llegó virgen al matrimonio. Las comparaciones estaban por demás, su hija estaba en un país desarrollado no solo económicamente, sino con un sistema de vida que ella no podía controlar. Libertad sexual, y vaya que las chicas se lo tomaban muy en serio. Recordaba que a los veinte años en una fiesta familiar mientras bailaba el tema “Sexo” un rock noventero del grupo chileno “Los Prisioneros” su madre la sorprendió, y le dio tremenda golpiza. – ¿Para qué me cuidaste tanto mami, de que sirvió esa moral barata y cucufata que seguramente me limitó tanta diversión? seguía hablando consigo misma – el único error de mi hija ha sido hacer el amor en mi cama ¿Por qué demonios no lo hizo en su cuarto? Y yo pensando que mi princesa no pasaba de besos y abrazos. Hizo esfuerzos por pensar y razonar como una madre moderna que no puede escandalizarse con estas cosas que suelen ocurrir en las mejores familias. Se arrepentía de no haberle preguntado por su primera vez, de no haber estado a la par con la modernidad, por sentir “vergüenza” de tocar esos “temas” Luego sin poder evitarlo recordó la imagen del jovenzuelo desnudo y le pareció una belleza aquella irreverente erección, el preservativo verde lo imaginó fosforescente, como las espadas de las guerras de las galaxias. Luego se sintió abochornada, nuevamente incomoda – que tonterías se me vienen a la cabeza – dijo. Cerró los ojos para ver si el sueño podría apaciguar sus calores, pero, una coqueta sonrisa apareció en sus labios. 

El abrigo negro.

 

No entendía mucho lo que sucedía a su alrededor, mamá saliendo y entrando al cuarto de la nona, las tías y los otros familiares; después el doctor un señor muy serio con el maletín en mano hablaba muy bajito con su madre.

- Mami tengo hambre

- Ya hijo un minuto más y te sirvo

- No, yo quiero que me sirva mi nona

- Ella está enferma y no puede atenderte hijo

- No, ella me dijo que cuando todos se fueran me iba a servir la comida.

Desde que tuvo uso de razón vio a la nona a su lado, no eran muchos los años que tenia pero había aprendido a quererla mucho, las abuelas suelen tener esa paciencia adicional que los padres no poseen, ese pedacito de tolerancia que se estira lo suficiente para escucharlos, oírlos, contemplarlos y consentirlos. El doctor reflejando preocupación en su rostro se retiró, era el médico de la familia desde hacía muchos años, de allí su pesar por el estado de salud de la nona, no era una paciente más, los unía los años de amistad hacia una persona que estimaba y que siempre le colmó de atenciones. Saber la verdad esa "verdad" era una de las cosas que más detestaba de su profesión, se irá al cielo, musitaba, no hay otro lugar para una mujer como ella. Al oír cerrar la puerta el pequeño corrió al cuarto de la nona, era la primera vez que la veía triste y no lograba comprender por qué estaba enferma, siempre la vio fuerte robusta, saludable y de buen humor, le pidió por favor almorzar con él y ella lógicamente hizo el ademán de levantarse, cuando interrumpió la mamá a decirle que de ninguna manera; le dijo al pequeño que se quedara en el cuarto y le traería la merienda para ambos, lo que él aceptó con mucho entusiasmo.

Sentía mucha pena por la cercanía de su partida había trabajado toda su vida para su familia, conjuntamente con el abuelo quien fue un tipo apuesto, hombre fino y de gustos exquisitos como buen italiano, amante de la buena comida , de los vinos añejos, joven emprendedor que un día dejó su querida Italia pasa sentar sus raíces en tierras peruanas. Estaba conforme con lo que la vida le había dado, un buen esposo e hijos y ahora disfrutaba de los nietos - regalos de Dios y que no tienen precio- solía mencionar en cada conversación. Le apenaba que en sus últimos años, los pocos que le quedaban, tuviera que atender al pequeñín, lo adoraba, bello como un ángel, decía, su cabello rubio y los ojos claros como la madre y la inocencia propia de su edad habían terminado por robarle el corazón; lamentaba que el tiempo no le alcanzara para verlo adolescente siquiera. Ahora lo tenía al frente con una tremenda sonrisa, disfrutando del almuerzo, pero más, por estar cerca de ella.

-¿Estas enfermita, te duele algo nona?

- Lo que pasa es que me ha dado la enfermedad del sueño ¿Sabes cómo es eso mi amor?

- No.

- Pues es una enfermedad que te da mucho sueño y no puedes levantarte por más que quieras, entonces para curarte te ponen en una caja especial, muy cómoda por cierto y luego te llevan a un lugar muy bonito donde te curan.

-¿Y a ti te van a llevar a ese sitio?

- Pues sí, si ya no despierto me llevaran.

- ¿Y porque tiempo nona?

- Deja tu plato un momento y acércate hijo - mientras le tomaba las manos ensayó la mejor sonrisa con el afán de cubrir su verdadero sentir - si me tardara en regresar tu podrás hacer que yo vuelva cuando tú lo quieras.

- ¿Y cómo lo voy a hacer?

- Solo tendrás que desearlo y yo vendré, nada más

- No entiendo mucho, pero creo que cerrare los ojos, cruzaré mis brazos y diré: ven nona como

hacen los magos ¿Verdad?

- Pues algo así mi querido bebe, mi pequeño ángel, entonces yo apareceré en tu mente - le dijo

casi susurrando.

- ¿En mi mente??..... Ahora si no entiendo nona ¿Y en mi mente te voy a ver?

- Claro, claro que me veras, ahora no lo entiendes mi pequeñín, pero después lo harás y vendré a tu cabecita todas las veces que tú quieras.

Él siguió preguntando y preguntando hasta que ella muy ingeniosa le dijo que le relataría un hermoso cuento italiano de un niño que vivía en un lugar llamado Venecia y no era un niño cualquiera sino un pequeño que tenía la virtud de caminar por las aguas sin hundirse, él por supuesto pegó un grito de emoción al oír esto y olvidó sus preguntas, buscó acomodarse al lado de su nona y pedir que ya mismo comenzara con la historia. Los días transcurrieron hasta que una tarde oyó a su madre decir que la nona había partido, el corrió a su cuarto y la vio en su cama, no entendía de que hablaba su madre. Ahora estaba confundido y con cierto enfado, sentado en la sala, muy cerca de la nona, quien como le había dicho, estaba en una caja, vestida con sus mejores ropas, no tenía pijama como él pensó, pues le había llegado la enfermedad del sueño. Veía mucha gente en casa, la mayoría familiares que siempre solían venir de visita, mientras miraba la caja con su nona adentro, pensaba - ahora tengo que esperar y no sé cuánto tiempo, no me dijo, espero que sea pronto nona, sino me molestare contigo - ahora quien jugara conmigo, no hay quien me cuente historias - susurraba. En un momento vio a su madre que se sentó su lado con el rostro muy triste vistiendo un abrigo negro muy grande que inexplicablemente le llamó la atención y lo distrajo un poco de sus pensamientos, se apoyó en ella. El abrigo era afelpado muy cómodo, consiguió acomodarse, como cuando solía escuchar los cuentos de su nona y quedó dormido.

- Hey baby. Wake up ¿Are you ok?

Despertó de su inconsciencia, era su novia , quien sorprendida de verlo estático y con los ojos abiertos pensaba que estaba en trance o algo parecido.

- Wake up honey come on; I've been trying to wake you up for the last two minutes, ¿Do you hear me?

Él estaba sorprendido que el tiempo pasara tan velozmente desde aquel sillón sentado junto a su madre, vestida con aquel abrigo negro tan grande, hasta el lugar donde estaba ahora, la gran ciudad de Atlanta; miró a su novia y se puso de pie, la tomó por la cintura y levantándola muy sonriente le dijo:

* - "Sai una cosa la nonna era la donna piu maravigliosa del mondo, ed io non era addormentato, parlaba con lei, e lo posso fare quando voglio” Ella lo contemplaba sorprendida pero contenta porque sabía que él estaba feliz, mientras él la mantenía en sus brazos dando giros, danzando, cantaba, cantaba en italiano y reía a carcajadas, reía en todos los idiomas.

* Sabes una cosa, la nona era la mujer más maravillosa del mundo y yo no estaba dormido, y puedo hacerlo cuando yo quiera.

Mi propio sendero

El negro.

  Por: Néstor R. Taype Aunque no era precisamente la religiosidad nuestra principal característica, estuvimos rezando esa noche para que las...